2022 · 11 · 27

‘Israel invierte millones para impedir la solidaridad con Palestina’

Israelíes y antisionistas, Bronstein y Shapira explican cómo Israel intensifica sus esfuerzos internacionales para extender un relato que condena las críticas a las políticas israelíes como antisemitismo, criminalizando la solidaridad con el pueblo palestino.

Bronstein y Shapira en Granada, una de las paradas de su gira para denunciar la criminalización de la solidaridad con Palestina.

Por Sarah Babiker

El pasado 4 de octubre, una Ley sobre antisemitismo pasó el primer trámite en el Congreso. Su promotora, Isabel Díaz Ayuso, política que no oculta sus simpatías por el Estado de Israel, ya había presentado esta reforma legislativa en el Comunidad de Madrid, un texto que, según quienes lo defienden, intenta evitar que lleguen subvenciones y ayudas públicas a empresas y organizaciones que apoyen el antisemitismo.

El PSOE, que en la cámara regional madrileña se había abstenido ante la propuesta de Ayuso, en la Cámara baja, votó a favor. Activistas y organizaciones alertan que esta medida tiene una segunda intención, ahogar económicamente a las entidades solidarias con el pueblo palestino. La propuesta bebe de una definición de antisemitismo que está en el centro de la polémica, al considerar que se genera confusión entre lo que sería el odio a las personas judías y la crítica al Estado de Israel. Promovida por la IHRA (Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto), una institución intergubernamental en la que participan una treintena de países del ámbito occidental tradicionalmente alienados con Israel, la incorporación de este enfoque en las legislaciones ha tenido como consecuencia una intensificación de la presión sobre las organizaciones críticas con las políticas israelíes, también las judías.

Para denunciar la gravedad del proyecto legislativo de Ayuso y el enfoque que abraza, los activistas Eitan Bronstein y Yonatan Shapira, israelíes que denuncia la vulneración de los derechos humanos del pueblo palestino por parte de Israel, hicieron a mediados de noviembre una breve gira en el España, durante la que recalaron en el Congreso. Invitados por Unidas Podemos, los israelíes hablaron junto a la histórica judía antisionista, Liliana Córdova, en una mesa moderada por el diputado Mauricio Valiente, sobre la presión ejercida por Israel para garantizar la impunidad de sus políticas.

Mientras Bronstein es documentalista —su corto documental ¿Portarias la Nakba en el día de la Independencia de Israel? fue mostrado en la sala, antes del debate— y busca profundizar en la cuestión colonialista israelí, un impulso que está lejos de cesar, Shapira, músico y ex piloto de combate, en 2003 firmó una carta junto a otros 27 militares, en la que se negaban a bombardear los territorios palestinos. Expulsado del ejército, apoya que el Estado de Israel sea juzgado por lo que considera crímenes de guerra.  Ambos conversan sobre cómo, un Israel que no tiene visos de abandonar una postura beligerante contra cualquier disidencia, intenta acallar toda crítica interior y exterior.

El hecho de que existan judíos que cuestionan el sionismo desmonta el relato que quiere equiparar antisemitismo y antisionismo, ¿cómo reacciona Israel ante esta impugnación?

Eitan Bronstein: Para empezar, a veces Israel deniega la entrada en el país a activistas judíos que piensan como nosotros, pero que no son israelíes. Esto suele suceder con personalidades prominentes, digamos. Es el caso de Rebecca Vilkomerson, líder de Jewish Voice For Peace (JVP), o, hace unos años, Norman Finkelstein. Ante estas denegaciones de entrada, mucha gente me pregunta, ‘cuando viajas a Israel, ¿puedes entrar sin problemas?’ Hasta ahora, el gobierno israelí no ha impedido la entrada de personas como nosotros que lo denunciamos públicamente, pero que contamos con pasaporte israelí. Esa posibilidad no estaba sobre la mesa. Pero creo que estoy en condiciones de afirmar que, dados los discursos que provienen del país, no estamos lejos de que esto suceda, con este nuevo gobierno que plantea legislar en el sentido de expulsar del país a quienes no apoyan al Estado de Israel y su ejército.

Esto puede implicar que en un futuro quienes critican duramente Israel y no viven en el país tengan problemas para entrar. Respecto a quienes viven allí, la expulsión suena probable para los palestinos que son ciudadanos israelíes. Y creo que no estamos lejos de que empiecen a mirar a gente como nosotros, trabajando sobre todo en el exterior, desde donde criticamos las políticas israelíes, hablamos de boicot, tiene sentido que quieran evitar nuestra entrada en el país.

¿No hay límite en las políticas que el nuevo gobierno podría aplicar?

Yonatan Shapira: El contexto es, que si eres un ciudadano israelí palestino, con tu documento de identidad israelí, y viajas al exterior hablando de boicot o la lucha del pueblo palestino, las autoridades encontrarán el modo de presionarte, de ponerte trampas. Son muchos los casos de gente que tiene que irse, o que acaban en prisión por mucho tiempo. 

Pero nosotros, como israelíes judíos, somos privilegiados, podemos tener pequeños problemas aquí o allá, pero no más. Cuando yo participaba en las flotillas hacia Gaza era sometido a interrogatorios o cacheos, y ese tipo de cosas, pero nada más que eso. Pero creo que Eitan tiene razón, que las cosas están por empeorar, y los problemas serán mucho más significativos. Por eso, yo aconsejo a todos mis amigos que son activistas y viven en el exterior que conserven sus pasaportes israelíes, pues si no eres ciudadano, te lo ponen muy complicado para entrar.

E.B.: El nuevo gobierno de extrema derecha quiere hacer muchas cosas, pero algunas de ellas no podrán hacerlas fácilmente. Por ejemplo, hace tiempo que Israel decidió expulsar a los habitantes de la aldea Khan Al-Ahmar en Cisjordania, pero este proyecto fue detenido sobre todo por el apoyo internacional en torno a la resistencia palestina, también ciudadanos israelíes se opusieron. No estoy seguro de que el gobierno israelí tenga el suficiente poder político o a nivel internacional para cumplir sus objetivos.

Una cosa son decisiones como impedir a activistas entrar, ante lo que la comunidad internacional puede decir: “no nos gusta, lo condenamos”, pero aún así, lo perciben como un asunto interno: no estamos expulsando a nadie, simplemente no dejamos entrar a gente que no vive aquí. Esto está entre las cosas que pueden hacer. También presionar a las organizaciones dentro del país. Eso también se va a intensificar. Creo que Breaking the Silence, muchas de estas organizaciones que tienen un gran eco, sobre todo en el extranjero, van a ser atacadas de manera más contundente.

¿Qué consecuencias tienen leyes como la que ha entrado en el Congreso español?

J.S. En Estados Unidos son varios los estados que han adoptado la definición de antisemitismo de la IHRA, incorporándola en las leyes estatales. Hace unos años, hubo un caso en Texas, en el que una mujer palestino-americana que trabajaba como logopeda en una escuela, tuvo que firmar una declaración comprometiéndose a no hablar contra Israel. Era parte de su contrato. Así que esto forma parte del resultado de adoptar este paradigma.

Recuerdo el caso de una pequeña empresa de construcción, en algún lugar en el sur de Estados Unidos, cuyo propietario tuvo que firmar una declaración de que no criticaría a Israel ni promovería la campaña BDS, a la hora de cerrar un contrato. 

Son ejemplos absurdos, pero sirven para ilustrar a qué vamos a tener que enfrentarnos si esta tendencia no se revierte. Al mismo tiempo, estos casos también suponen un imán para atraer más activismo. Así que estas leyes estúpidas siempre tienen otros efectos: hacen que más personas se involucren. Se trata de un arma de doble filo.

Bornstein: Alemania es un caso paradigmático de este enfoque [que considera antisemitas las críticas contra Israel, es donde este tipo de legislación ha progresado más. En Berlín, no se permitió la conmemoración de la Nakba este año. En Tel Aviv se puede conmemorar aún la Nakba, en Berlín no

 

E.B. Alemania es un caso paradigmático de este enfoque, es donde este tipo de legislación ha progresado más. En Berlín, no se permitió la conmemoración de la Nakba este año. En Tel Aviv se puede conmemorar aún la Nakba, en Berlín no. Recientemente hubo también un escándalo bastante grande en torno a un festival de documentales en la ciudad de Kassel, también en Alemania. El contexto es el de una Bienal muy importante, la segunda en relevancia en el mundo, después de la de Venecia.

Se mostró un enorme mural realizado por un colectivo artístico de Indonesia —se buscaba traer propuestas del Sur global a Europa—  en el que encontraba una imagen que realmente era antisemita. Esto desató un escándalo enorme, se formó un comité para investigar y revisar todas las obras. Unos artistas palestinos provenientes de Bruselas, que se hacen llamar Subversive films, presentaron un proyecto muy interesante: encontraron una serie de 26 documentales japoneses filmados en Palestina, películas realizadas en los años 70 y 80. Su proyecto artístico consistía en revisar todo ese material y traducirlo. En las películas puedes encontrar las clásicas reivindicaciones palestinas contra el sionismo, contra la opresión. Pues bien, esta propuesta fue calificada como antisemita. Justamente como propone esta definición.

J.S.: Sí, creo que Alemania es el epicentro de esta forma de mezclar antisionismo y antisemitismo. Así, quienes se encargan de luchar contra el antisemitismo —hay un cargo público que tiene este mandato en el Parlamento— acaba persiguiendo activistas, organizaciones, miembros de la academia y artistas. En mi opinión, esta es una forma de antisemitismo, no quieren criticar al Estado de Israel, porque, si lo piensas, tras el Holocausto, si realmente querían redimirse, arrepentirse, deberían haber permitido a la población judía quedarse en Alemania, pero no querían que los judíos se quedaran en el país porque siguen siendo antisemitas. 

Así que apoyaron el Estado sionista de Israel, y así se sintieron bien consigo mismos. De ahí que a quienes, como nosotros, denuncian las vulneraciones de los derechos humanos de los palestinos, en seguida les señalan como antisemita. Es el mundo al revés: quienes gritan, ¡antisemitismo! Son en cierto modo antisemitas. 

Y cómo opera esta confusión en la sociedad israelí, ¿se entiende que la disidencia interna es una forma de racismo, de auto-odio?

E.B.: No estoy seguro de que la sociedad identifique toda disidencia con antisemitismo, pero claramente ese discurso existe. El argumento funciona así: Ok, vosotros habláis en nombre de los derechos humanos, pero luego estáis en contra del derecho del pueblo judío a tener su propio estado. Pero no creo que consideren la crítica racismo. 

Shapira: El discurso del auto-odio es la forma que la gente tiene de explicarse a sí misma cómo puede alguien que es judío e israelí hablar en contra de las políticas del Estado de Israel

 

J.S.: No, no creo que a nosotros nos piensen como racistas, sino que de lo que se nos acusa es de traidores. El discurso del auto-odio es la forma que la gente tiene de explicarse a sí misma cómo puede alguien que es judío e israelí hablar en contra de las políticas del Estado de Israel. A muchos les cuesta entenderlo porque se supone que tú formas parte de esto, etc. Creo que pensar que se trata de auto-odio es como una herramienta psicológica para que la gente pueda entender cómo es posible que tú, uno de los nuestros, estés hablando contra nosotros. Si hablas así es que probablemente te odies a tí mismo. 

Habéis hablado del proceso personal de cada uno, el paso por el ejército tiene un lugar fundamental. ¿Es este viaje algo frecuente en una sociedad socializada en el derecho a defenderse del enemigo palestino por encima de todo? 

Y.S.: Yo creo que esto pasa todo el tiempo, no solo en el caso de los israelíes. Siempre hay gente en los ejércitos, en Estados Unidos, en España, que atraviesan un proceso en el que se dan cuenta de que les han engañado, que deben afrontar la realidad, y necesitan dar un paso adelante para salir de ahí.  

Históricamente, en los imperios, los soldados atravesaban ese proceso en el que se daban cuenta de que todo era mentira, que los habían mandado a morir en guerras innecesarias, que estaban luchando, como nosotros nos dimos cuenta, en el bando equivocado.

Sí, creo que ocurre en todas partes, pero quizás algo que es particular en la sociedad israelí es que todavía hay una brecha de libertad para las personas judías, como judíos en el apartheid, es decir, como ciudadanos privilegiados podemos atravesar estos procesos y que no nos disparen. Quizás, si estuviéramos en Siria, Eitan no podría haber grabado su película y yo no podría haber escrito ninguna carta, porque hubiésemos sido ejecutados. Así, nosotros nos aprovechamos de este extraño apartheid que en cierto modo es democrático para los judíos. Tenemos más privilegios y los usamos. Por eso es que podemos atravesar estos procesos, y contarlo, y viajar para explicarlo, y con todo, no ser asesinados por ello.

Habéis hablado de alianzas en vuestras intervenciones, ¿son las alianzas lo suficientemente importantes para enfrentar un poder como el israelí?

E.B.: Son bastante eficaces. De hecho en términos de la cantidad de gente que participa, yo creo que el movimiento de solidaridad con Palestina es muy grande. Creo que esta es una de las causas que más movilizan en el mundo. Vale, es verdad que ahora tenemos Ucrania, pero piensa en Siria por ejemplo. Una vez fui invitado a hablar en un evento en Bruselas, le dije a un amigo sirio que si quería venir. En el evento había al menos 50 personas reunidas para ver una película palestina y debatir. Mi amigo, que fue expulsado de su país, que no puede volver, que no sabe si volverá a ver a sus padres porque no les conceden el estatus de refugiados, estaba sorprendido: no hay movilizaciones por lo que sucede a los sirios, pero por Palestina hay mucha gente en el mundo que se manifiesta. Pasa todo el tiempo, por eso creo que Israel está luchando todo el tiempo contra esta solidaridad, invierte muchísimo dinero para contrearrestarla, porque supone una verdadera amenaza para Israel.

Y.S: Con todo, yo creo que en este momento, Israel está ganando, al menos a nivel político. Por eso creo que lo único que podemos hacer es unirnos para combatirlo, palestinos, judíos, gente de todas partes. En Estados Unidos, por ejemplo, la organización Jewish Voice for Peace, que apuesta por el boicot a Israel y se mantiene del lado de los palestinos, tenían siete filiales en Estados Unidos, cuando yo empecé a viajar para dar charlas por el país, te estoy hablando de 2004 o 2005. Ahora creo que son más de 50, hay cientos, miles de judíos estadounidenses, en los campus, sumándose a los grupos de solidaridad con Palestina, más de los que se suman a organizaciones como la AIPAC (American Israel Public Affairs Committee) y otras entidades sionistas. Así que la tendencia se decanta hacia el lado palestino, por eso Israel invierte millones y millones para luchar contra estas iniciativas.

¿No son las últimas elecciones la enésima demostración de que el pueblo israelí apoya la mano dura contra el pueblo palestino?

Y.S: Israel es como un edificio podrido con una bonita fachada, de colores agradables, pero a medida que pasan los años, la fachada se va cayendo, y puedes ver las estructuras podridas que lo conforman. Después de estas últimas elecciones hemos visto emerger con fuerza la apuesta por un supremacismo judío que clama por la limpieza étnica, la podredumbre del edificio queda más clara para todo el mundo y también para alguna gente dentro de la comunidad israelí. La fachada se está cayendo, así se puede ver que en realidad todo está podrido, y que, por supuesto, Israel no es una democracia.

Fuente: www.elsaltodiario.com