2021 · 12 · 21

Entre Eros y Thánatos, la indeclinable esperanza

Diálogos Académicos con el doctor Rafat Ghotme Ghotme ( V ). De la serie : “Por qué la guerra” y otras preguntas y análisis para abordar las acciones violentas

Por Gilma de los Ríos T.

Dr. Rafat Ghotme Ghotme, Internacionalista e Historiador  y  Gilma de los Ríos Tobón, Comunicadora Social, escritora

“En medio del odio, me pareció que había dentro de mí un amor invencible. En medio de las lágrimas, me pareció que había dentro de mí una sonrisa invencible. En medio del caos, me pareció que había dentro de mí una calma invencible. En medio del invierno, había dentro de mí un verano invencible. Y eso me hace feliz. Porque no importa lo duro que el mundo empuje en mi contra, dentro de mí hay algo más fuerte, algo mejor empujando de vuelta”.

Así resuelve Albert Camus, consciente y a la vez triunfante, el dilema de fuerzas contrarias que nos mueven o que padecemos. Freud, desde la ciencia de la mente, parte de dos pulsiones que rigen lo humano: Eros y Thánatos. Eros, el amor, ampliado de su concepto sexual a la vida misma. Y vida es lo que construye, lo que crea belleza, la unión y las más nobles emociones,  lo que nos permite el conocimiento que nos enaltece,  la fraternidad y empatía. Thánatos, por su parte, solo anhela muerte y destrucción. Quizás se odia a sí mismo más aún, que el odio que siente ante todo y todos. Eros también padece su perfección y no puede ser visto. Pero Thánatos en la oscuridad será incapaz de imaginar posible la alegría y todo lo bello que tiene la vida.

Mas no son solo las pulsaciones que como seres vivos con instintos, tenemos. Es también una cultura que nos enseñó a odiar, como bien lo expresara Mario Mendoza. Cuenta el escritor que alguna vez un espontáneo le pidió la palabra para contar cómo desde niño le enseñaron a odiar. Desde su hogar católico le enseñaron a odiar a los ateos, luego a los comunistas, a los negros. Toda su educación había sido en contra de algo o alguien.

Y ese odio se perpetúa en la mal denominada sabiduría popular en refranes o aforismos que repetían nuestros antepasados y que nos llegaron con el proceso de aprendizaje  en la casa, el colegio o la calle. Es una cultura tan colmada de perversiones, que en nuestras relaciones afectivas hemos unido el amor al odio como si fueran lo mismo, y hemos creído que se puede pasar de uno al otro sin considerarlo algo patológico. Poemas y canciones nos han inculcado que “odiar es una forma de amar”, que “te odio y te quiero” o que “odio quiero más que indiferencia”. En este caso vale recordar la terrible sentencia de “porque te quiero te aporreo”, o la que uniera de una forma tan brutal lo que debe ser el placer de aprender con la violencia, sentenciando, “la letra con sangre entra”.

¿Cómo se puede legitimar el maltrato en nombre del amor? Por todas las limitaciones mentales que nos dejan en manos de fuerzas siniestras, a las que también contribuye la cultura, al hacernos creer, por ejemplo, que poseemos a los demás y que como dicen muchos feminicidas en este caso, “si no es mía, no será para nadie”.

Y conscientes de esta dialéctica de la vida, o de que a pesar de no ver claro el panorama no se puede renunciar a la esperanza de una salida, porque es la vida misma la que está en juego y estamos vivos aún para defenderla, los escritores crean textos que nos dan respuestas.  Al expresar estos dilemas que nos pueden llevar a la total desesperanza, sinónimo de muerte anticipada, encuentran alternativas colmadas de poesía. “La esperanza le pertenece a la vida. Es la vida misma defendiéndose” diría Julio Cortázar. Con la esperanza llega un ojalá. Y ojalá sea ella la insurrección, frente a todos los que celebran que han asesinado el sueño de un mundo mejor. “Ojalá” se titula este texto de Mario Benedetti:

“Ojalá podamos tener el coraje de estar solos y la valentía de poder estar juntos, porque de nada sirve un diente fuera de la boca o un dedo fuera de la mano.

Ojalá podamos ser desobedientes cada vez que recibimos órdenes que humillan nuestra conciencia o violan nuestro sentido común.

Ojalá podamos merecer que nos llamen locos, como han sido llamadas locas las madres de la Plaza de Mayo para cometer la locura de negarnos a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria.

Ojalá podamos ser tan porfiados, contra toda evidencia, que la condición humana vale la pena, porque hemos sido mal hechos, pero no  estamos terminados.

Ojalá podamos seguir caminando los caminos del viento, a pesar de las caídas y las traiciones y las derrotas, porque la historia continúa más allá de nosotros, y cuando ella dice adiós, está diciendo hasta luego.

Ojalá podamos mantener viva la certeza de que es posible ser compatriota y contemporáneo de todo aquel que viva animado por la voluntad de justicia    y la voluntad de belleza, nazca donde nazca y viva donde viva.

Porque no tienen fronteras los mapas del alma y del tiempo.”

El odio en “Por qué la guerra”

Al volver a las cartas de Einstein y Freud, el tema de la mente humana adquiere alta importancia, no solo por la calidad del receptor de la misiva, sino por la pregunta con que aborda Einstein el odio. Einstein habla de la posibilidad de encontrar una fórmula, que controle ese odio que da por hecho, y llega a enunciar un tema que sorprende y es que no solo las mentes denominadas “incultas” aprueban y siguen estos instintos que llevan a la guerra, sino que la gente culta, alejada de la realidad y conectada solo a lo impreso, puede ser “fácil presa de las funestas sugestiones colectivas”. Vemos en la historia que los regímenes totalitarios necesitan fundamentos teóricos para legitimar sus actuaciones, y hay intelectuales que se los dan, y que como en el caso de Carl Schmitt afirman que la política tiene por esencia la noción de amigo y enemigo. Quienes incitan, protagonizan o propician las guerras, tienen la necesidad de crear un enemigo y un odio hacia él.

En este proceso y con el apoyo de la propaganda y el poder, perfilan un “otro” que de entrada menosprecian, que consideran inferior, o que ni siquiera alcanza el estatus de humano. ¿Qué piensa usted, profesor Rafat del papel de los intelectuales en las guerras, algunos dando argumentos para justificarlas, y de lo que pueden hacer otros de espíritu libre frente a ellas?

R. Como dice Noam Chomsky, los intelectuales están obligados a decir la verdad, “seguir la senda de la integridad, lleve adonde lleve”. Sin embargo, desafortunadamente, muchos de ellos, quizás una importante mayoría, adoptan de forma acrítica las normas y prácticas impuestas por las élites dominantes. Estas figuras son tan leales a los detentadores del poder que difícilmente pueden ser denominados intelectuales; en realidad, se trata de propagandistas o ideólogos del sistema imperante. Algunos de ellos lo hacen por conformismo, por tradición o simplemente por apego a una idea –como el patriotismo, el nacionalismo o el militarismo de Estado-, mientras que otros lo hacen por intereses personales o materiales –ascenso en su carrera política o profesional, preservación de sus trabajos- o una combinación de ambas cosas.

Como ideólogos o pseudointelectuales, no es fácil establecer si para ellos es muy cómodo eludir sus responsabilidades morales o intelectuales (posiblemente algún tipo de conciencia moral e intelectual les queda), y ni qué decir de sus responsabilidades académicas o científicas. Vale la pena ilustrar el punto con algunos ejemplos. Estados Unidos ha violado permanentemente el Derecho Internacional desde el fin de la Segunda Guerra Mundial –e incluso antes-, causando a su paso la destrucción de culturas y la muerte de millones de personas a lo largo del mundo; los “intelectuales” del Imperio, en ese sentido, no condenan o juzgan esas acciones, y los pocos que lo hacen se enfocan en la “estrategia” pero no en los costos humanos y el orden institucional legal vigente: cuál es la estrategia más racional para promover esta o aquella política expansionista, cómo evitar muertes estadounidenses, cuál es la mejor vía para controlar a los países aliados o cooptar a los reacios, estas son las preguntas “realistas” de los estrategas del Imperio. Por supuesto, existen excepciones notables, excepciones que ya ni siquiera tienen la denominación de intelectuales sino de “disidentes”.

¿Cómo reaccionarían los ideólogos del Imperio si países que han sido agredidos por Estados Unidos emprendieran una acción militar de legítima defensa? ¿Qué dirían esos mismos “intelectuales” si el gobierno de Venezuela emitiera sanciones contra Estados Unidos, o si el presidente Maduro ordenara la “captura” de Trump o Biden por violar los derechos humanos? Seguramente se burlarían. Después de ello inundarían los medios con burlas endulzadas con su típica aversión eurocentrista por los países del Sur Global. En cualquier caso, países como Venezuela no tienen el poder para llevar a cabo este tipo de acciones, pero incluso de tenerlo no lo haría. Los intelectuales del Imperio –y de sus secuaces, como en Colombia-, por tanto, ridiculizan y deshumanizan a los “otros” y naturalizan sus acciones desde que estas sirvan para perpetuar el orden imperante.

P. Y sobre el caso colombiano, ¿qué nos dice profesor?

R. El caso colombiano puede ser ilustrado con los bombardeos de las Fuerzas Militares a campamentos insurgentes donde se encontraban niños o menores de edad armados. Los intelectuales del establecimiento –junto con los funcionarios del gobierno- aseguran que esos bombardeos son “legales” y que no incumplen la normatividad internacional; ello, por supuesto, no es cierto: el Derecho Internacional Humanitario, si bien permite el combate en tierra y la defensa frente a ataques de combatientes armados, no permite esos bombardeos de forma indiscriminada. Uno se puede preguntar si esos intelectuales tendrían la misma posición si los bombardeos se hicieran en barrios citadinos de estratos socio-económicos altos, o si efectivamente justificarían una acción de ese tipo antes incluso de que esta se planeara; ciertamente, ni siquiera les pasaría por la cabeza.

Los niños y jóvenes en la guerra

                                                              De Matador, Colombia.

P. Permítame profesor que me detenga en el tema de los niños, al hablar de la guerra, y en el caso colombiano, para dar un breve contexto a los lectores. Por un lado la presencia de menores en ella, y el tema específico de bombardeos donde se sabe que hay menores. El reclutamiento de menores en la guerra es una realidad dolorosa, con muchas causas que la generan, desde la aplicación de la fuerza o amenaza a la familia, hasta el camino que aparece para niños del campo que no ven futuro y que fácilmente pueden ser seducidos con falsas promesas.

Pero la protección de los derechos de los niños, real obligación del Estado cuando hablamos de sus derechos, es lo fundamental y más en nuestro país donde la misma Constitución define sus derechos como preferentes. Sin embargo, a la vez escuchamos con estupor declaraciones del actual Ministro de Defensa, tantas veces desafortunadas, como definir a los niños reclutados como “máquinas de guerra”. Como un paréntesis este ministro que bien podría llamarse ministro de guerra, dio además hace poco declaraciones en el medio oriente diciendo que Irán, un país con el que tenemos relaciones y tiene su Embajada en Colombia, y además poseedor de un gran poderío militar, era nuestro enemigo. Tampoco olvidamos que el exministro Guillermo Botero debió dejar su cargo después de dar un parte de victoria, al igual que el presidente, a finales de 2019, después de un bombardeo en Caquetá a un campamento guerrillero, donde se sabía había niños.

Y en esto dos hechos graves: Primero que se negó que hubiera niños aún después de recoger los cadáveres del bombardeo, lo que salió a la luz por otras fuentes. Segundo, que el personero de Puerto Rico, Caquetá, ya había dado meses antes, el aviso del reclutamiento forzado de niños de la región, lo que no fue escuchado. Ante esto el delegado del Ministerio Público dijo que él había dado las alertas al gobierno pero que no hubo actuación del Estado, concluyendo que “los menores fueron dos veces victimizados ya que primero los reclutaron y después los mataron”. 

Como bien usted lo ha enunciado, profesor Rafat, el Derecho Internacional y los organismos internacionales en los que participa Colombia como miembro, obligan cumplir las normas a los gobiernos. Quisiera por favor que nos hable más del tema y de las acciones que se puedan hacer para dignificar a los niños, a quienes parece hemos vuelto a considerar cosas, o sujetos sin derechos, como tanto tiempo se creyó, y a quienes el mundo en general no ha protegido como se debe, como hemos visto con los niños palestinos presos por Israel.

R. Básicamente, lo que ocurrió en esos campamentos fue un simple y brutal bombardeo de víctimas. Si seguimos la normatividad colombiana vigente, de hecho, los menores de 18 años que combaten en un grupo armado ilegal son considerados víctimas del delito de reclutamiento forzado. Esto no debe estar sujeto a discusión, ni puede estar por encima de los “objetivos” de valor estratégico para las Fuerzas Militares. Donde hay menores de edad no es legítimo bombardear, ya que priman los derechos de estos y por el contrario el Estado debe resguardarlos y rescatarlos, incluso si en el futuro estos llegan a ser actores de una confrontación.

También está claro que, por los diversos informes entregados por la Procuraduría colombiana, así como por informes de inteligencia, la Fuerza Aérea conocía el tipo de población que se encontraba en los campos guerrilleros; si esto último no fuera cierto, es decir, si se llevó a cabo la acción sin haber recabado información de inteligencia previamente, el bombardeo sería aún más ilegítimo. También vale la pena recordar que la Fuerza Militar colombiana se rige por la llamada Doctrina Damasco (que hasta donde sé está vigente); esta Doctrina recoge un conjunto de principios y normas que regulan las operaciones militares, incluyendo la ubicación de esos grupos y la recopilación de datos de inteligencia antes del ataque. De acuerdo a ello, por tanto, la Fuerza Militar colombiana está obligada por diversos mecanismos legales y operacionales a identificar qué personas pueden ser afectadas por un bombardeo y prevenir excesos en contra de la población victimizada.

El Estado colombiano también está sujeto a un marco normativo internacional -nos referimos al DIH y el DIDH- que lo obliga a seguir el espíritu y la letra de este marco. Del mismo modo, el reclutamiento forzado –o voluntario- de niñas y niños es un acto de victimización que llevan a cabo esos grupos ilegales violando la normatividad internacional. Sin embargo, es al Estado al que le toca la mayor responsabilidad, y es quien debe ejemplarizar con el acatamiento estricto de la normatividad nacional e internacional. La normatividad internacional vigente, de hecho, se creó con el fin de darle cierta “humanidad” a las acciones militares de los Estados que están inmersos en un conflicto; también es seguro que esos bombardeos hayan violado otras normas como la “proporcionalidad” y el principio de la “necesidad militar”. Este último principio establece que una acción militar solo se puede ejecutar contra un o unos objetivos militares que produzca un efecto estratégico de valor para el Estado. De ese modo, si el objetivo era dar de baja a “Gildardo Cucho”, o Gentil Duarte, no había razón para atacar a otros uniformados menores de edad incluso si estos estaban armados y hacían parte de la guerrilla –como en efecto lo estaban, pero, como ya se dijo, por ser menores reclutados debían tener otro tratamiento.

P. Y el Estado también debe evitar la muerte de menores…

R. Esos mismos principios y normas obligan al Estado colombiano a evitar muertes de menores cuando en efecto está en sus manos evitarlas. Los intelectuales y altos funcionarios del Estado no pueden justificar estos asesinatos, que, peor aún, son ejecutados en medio del abandono estatal. A veces, uno duda si se trata de actos impulsados por la ignorancia y la barbarie que dejan décadas de guerra; y aunque es legítimo pensar en esta posibilidad, lo más probable es que estos actos hagan parte de una atrocidad calculada que ejecutan las élites dominantes para avanzar en sus intereses, incluyendo el afán de mostrar resultados y/o conseguir ventajas estratégicas en el campo de batalla (o incluso por razones ideológicas, de clase o raza).

Estas acciones deben detenerse. En principio, un Estado Social de Derecho debe usar su poder para proteger los derechos constitucionales de los menores, incluyendo la prevención del reclutamiento y la investigación y enjuiciamiento de los reclutadores. Al Estado colombiano, por cierto, le gusta alardear con su supuesta virtud excepcional de “legalismo” o apego a las normas internacionales, pero si ese fuera el caso, entonces no debería legitimar ese tipo de acciones ilegales o desviando la atención con engaños o sofismas para la galería pública. Aunque es posible que la presión de la opinión pública y de los partidos opositores surta algún efecto para que el gobierno evite este tipo de situaciones, ello aún no es suficiente. Se necesita sumar mayores esfuerzos: visibilizar ante instancias jurídicas internacionales y fomentar un cambio por una verdadera democratización del país.

P. También sobre el tema es triste ver de la otra parte: el reclutamiento forzado de soldados que tanto se ha dado. A veces en pescas del ejército u otras, en el caso de los campesinos, movidos por la única posibilidad que les da el Estado para salir de su difícil situación social. Uno piensa que la elección de coger un camino que puede llevar a la guerra, debía darse para los que sientan que quieren ese camino y que crean que tienen condiciones. Qué dice la comunidad internacional frente a esto, pues es doloroso ver morir a jóvenes campesinos que dejaron el azadón por el fusil y la objeción de conciencia que tanto se ha pedido, todavía no se admite para todos los que la consideran un derecho legítimo. A la hora de elegir quiénes van a la guerra, y lo vemos en un caso especial, una gran potencia elige preferiblemente a migrantes, y en el ingreso al ejército en Colombia las clases altas han podido evadirlo con diversas estrategias.

R. Sobre este punto, los Estados tienen soberanía o potestad para llevar a cabo el reclutamiento. En términos generales, el reclutamiento tiene una relación estrecha con variables tales como “clase”, “raza” y “estatus”. Con relación a los dos primeros casos –clase y raza-, el reclutamiento cumple una doble función, aunque ciertamente contradictoria: por un lado, las élites dominantes buscan fomentar una reducción de la población que ellos consideran “peligrosa” para el orden social instituido. Esto ha sido así antes y ahora. Por ejemplo, recuerdo al Libertador Simón Bolívar diciéndole al general Santander cuál debía ser el rol de los pardos o negros en la guerra insurgente y después de esta: “¿No será útil que éstos adquieran sus derechos en el campo de batalla y que se disminuya su peligroso número por un medio necesario y legítimo?”. Esta idea fue planteada en 1820. Y no tengo duda de que sigue vigente en el siglo XXI.

Sin embargo, el reclutamiento también es visto por las diversas clases como un instrumento para escalar socialmente, adquirir estatus, llenar un vacío emocional o simplemente para que los individuos posen como héroes sociales. Esto último no depende únicamente de las vicisitudes de la guerra, sino también de la sociedad en su conjunto. En las sociedades inequitativas, desiguales y violentas, el reclutamiento es efectivo como mecanismo de movilidad social; en las sociedades equitativas y democráticas, el reclutamiento tiende a ser más una profesión normal y una forma de satisfacer ciertos valores como el patriotismo.

Discursos de odio

Frente al odio que se exhibe en camisetas, las prácticas de tiro con mujeres palestinas como blanco, y  los continuos ataques a la población, esta obra responde con la resistencia y dignidad del pueblo palestino. Obra de Leen Ali Alshrouf.

P. Al pensar en el odio como arma de guerra y legitimación de la violencia con sus peores consecuencias, pienso en la imagen de una mujer palestina, usada como blanco para prácticas de puntería en entrenamientos que hizo el ejército de Israel, inclusive en otros países. Solo pensar en esto, actos ejecutados por hombres que quieran o no, tuvieron madres, se estremece uno hasta lo más profundo, con un acto tan deleznable y repudiable. Supe de la venta y uso de camisetas en Israel, contra las madres y niños palestinos, y los palestinos en general. Poder hacer esto tiene que venir después de un largo proceso de adoctrinamiento amoral, donde la dignidad humana poco importa. A diario vemos que en otros espacios el odio se exacerba, y que este fenómeno se da a la par de la incapacidad de mirarse a sí mismo y al deseo de  ganar reconocimiento celebrando o propiciando lo más ruin. A ello se suma la ignorancia, buen caldo de cultivo para todo, y que bien se podría subsanar si se leyera, se investigara, se compararan puntos de vista, lo que también se puede hacer con internet. ¿Cómo ve este fenómeno?

R. Estas expresiones de odio, como la de las fuerzas israelíes haciendo prácticas de tiro con imágenes de mujeres o disparando efectivamente a mujeres inocentes, se ha extendido incluso a otros escenarios. Recientemente, salió a la luz pública un ejercicio de entrenamiento donde las fuerzas israelíes enseñaban a la policía panameña tiro al blanco con imágenes de personas con un pañuelo árabe. Estos actos no solo pueden ser peligrosos para el país que recibe este tipo de instrucción, sino que hacen que estos sean vistos como cómplices de las atrocidades israelíes, o por lo menos “normalizadores” y “racionalizadores” de los crímenes de Israel. Más aún, este tipo de prácticas tienen el efecto de estigmatizar a los árabes –más de lo que ya lo están- en otros escenarios donde estas prácticas han sido virtualmente inexistentes; no sería extraño encontrar en esos países casos de detenciones o ejecuciones extra judiciales fundados simplemente en concepciones erróneas, por el simple “pecado” de portar un pañuelo o tener una fisonomía “oriental”.

“La unión hace la fuerza”

P. Al retomar las cartas y el tema del odio que planteara Einstein a Freud, este responde con consideraciones desalentadoras también sobre nuestros instintos destructores, pero encuentra una salida en su misma dialéctica de opuestos, y dice: “Partiendo de nuestras leyes mitológicas del instinto, llegamos fácilmente a una fórmula que abre indirectamente una vía a la lucha contra la guerra. Si la propensión a la guerra es producto de la pulsión destructora, hay que apelar entonces al adversario de esa inclinación, al eros. Todo lo que engendra, entre los hombres, lazos sentimentales debe reaccionar contra la guerra”. Y sobre los lazos continúa: “Esos lazos pueden ser de dos tipos. En primer lugar, relaciones como las que se manifiestan frente a un objeto de amor, incluso sin intenciones sexuales. El psicoanálisis no debe ruborizarse de hablar de amor en este caso, pues la religión emplea un lenguaje semejante: ama a tu prójimo como a ti mismo. Obligación fácil de enunciar, pero difícil de cumplir. La segunda categoría de lazos sentimentales es la que procede de la identificación. En ellos descansa, en gran medida, el edificio de la sociedad humana”.

En la carta original en alemán, Freud cita en francés la frase “la unión hace la fuerza”. A esta sentencia que seguimos repitiendo, se le atribuye un origen por similitud de idea con una holandesa, fue adoptada por Bélgica después de su revolución, y luego se fue convirtiendo en universal.  En otro aparte dice: “Dos factores garantizan la cohesión de una comunidad: el poder de la violencia y las relaciones basadas en los sentimientos las identificaciones, como se las llamaría en lenguaje técnico, entre los miembros del grupo.”

La unión hace la fuerza,    05/03/2017 Diario16

Quisiera conocer su opinión profesor Rafat, sobre este planteamiento de Freud, a la luz de la realidad actual, en la que parece cada vez más difícil unirnos, aún sabiendo que la unión, así no sea tan clara, nos ha dado la posibilidad de subsistencia, y podría ser la salida para conjurar la guerra.

R. Lo que puedo decir al respecto es que la solidaridad o la cooperación de un grupo, ya sea este débil y con más razón si es fuerte, pueden alcanzar sus objetivos, venciendo los obstáculos, derrotando a un rival o salir airosos de situaciones duras que afectan sus vidas o identidad como grupo. El problema de ello, es que la cooperación de un grupo también puede ser usada para agredir a otro grupo. Todo depende de los rasgos culturales o morales del grupo en cuestión. De hecho, algunos de estos –desafortunadamente muchos-como los sionistas, han unido sus fuerzas para avanzar en un proyecto de ocupación colonial, proyecto que a su vez ha propagado una ideología relativamente hegemónica en torno a sus aspiraciones: dictaminan las ideas, estigmatizan a los críticos, vuelven normal lo anormal y cooptan o coaccionan tanto a los políticos como a los medios de comunicación.

Por supuesto, la aspiración de establecer una moral universal es alcanzable a través de una educación plural e incluyente, una democratización verdadera y la concreción de las aspiraciones populares/nacionales con un código ético que incluya la voz de los pueblos. Hasta ahora, sin embargo, las aspiraciones morales universalistas han sido aspiraciones de imperios (hegemónicos o no) que han desembocado en una férrea jerarquización, explotación o racialización de los pueblos, con el fin de que estos reproduzcan de forma “disciplinada” el orden social y económico vigente.

Las pseudodemocracias

P. Un tema en el que debemos detenernos en este análisis dada la crisis que afronta, es la democracia. Definida como forma de organización del Estado, o sistema político, que defiende la soberanía del pueblo y su derecho a participar en las decisiones y a elegir, que incluye entre sus derechos los derechos humanos y las libertades fundamentales, pone un límite a los gobiernos, por la misma evolución de su concepto, y se sigue perfilando como el único sistema que defiende las libertades y que por tanto propicia la paz. Pero las democracias requieren cuidado y mimo, como bien lo afirmara hace poco el economista y periodista José Antonio Montenegro, quien a su vez formula la metáfora de que la democracia es una “flor de invernadero” que debe protegerse de las tempestades.

Sin embargo vemos, profesor Rafat, como van en aumento las pseudodemocracias, que se disfrazan de democracias y atentan contra la paz y los derechos, internamente y en otros países y, aún así, continúan siendo parte de organismos internacionales que se sustentan en principios democráticos.  En algunos casos, por su mismo poder, evitando o bloqueando el actuar de estos organismos con eficacia real, ante reclamos justos de violación de derechos de algunos.

Al tiempo la desigualdad social, que deja en duda los derechos iguales para todos, y por lo tanto hace que se pierda confianza y credibilidad en la democracia, es aprovechada por gobiernos populistas y corruptos, agravando su situación. ¿Cómo ve usted este preocupante panorama profesor Rafat de las pseudodemocracias, y cómo cree usted que podemos proteger la democracia y hacerla más evidente y efectiva, en tan compleja y desigual realidad social, y en el vínculo con la paz y el respeto entre los pueblos que debe tener este régimen?

En la imagen un miembro de B’tselem, una ONG israelí que defiende a Palestina, muestra el mundo la realidad de una Palestina ocupada y oprimida, que se oculta tras la bandera de la publicitada democracia de Israel, con su reconocido apartheid y violación de Derechos Humanos.

R. Es un panorama preocupante y que cada vez cobra mayor notoriedad. De hecho, en el último tercio de siglo, los sistemas políticos en el mundo occidental se han caracterizado por ser pseudodemocracias o también llamadas “poliarquías”. Las pseudodemocracias o poliarquías no son dictaduras propiamente dichas, pero sí tienen elementos de esta. Una pseudodemocracia es básicamente una dictadura socioeconómica de élites que se hace elegir para legitimar sus intereses de clase, recurriendo para ello a instituciones electorales relativamente abiertas. Una democracia real –o verdaderamente popular- la encontramos cuando la mayoría crea un sistema político que institucionalice el poder político como un medio para cambiar o mantener los cambios socio-económicos que beneficien a la población: en otras palabras, eliminar las injusticias socio-económicas y volver abierta y transparente la participación social y cultural del conjunto de la población de manera permanente. En ese sentido, las élites socio-económicas de un país separan la dimensión política de la esfera socio-económica, como si una democracia fuera tan solo ir a votar y ser elegido, pero no una distribución de la riqueza de forma equitativa.

Como decía, este es un proceso común en buena parte del mundo occidental. El caso colombiano es emblemático en este sentido, aunque con una particularidad: en Colombia existe una pseudodemocracia anclada en la corrupción endémica y la violencia política. En otras palabras, la estructura de todo el sistema –esto es, el neoliberalismo como principio organizador y los intereses de las élites que lo sostienen- está soportada por la violencia para-estatal y la corrupción. La regla dorada de la democracia en Colombia es algo así como “la libre competencia del juego sucio”.

Esto significa que a las élites dominantes no les importa el medio para lograr el fin que persiguen, y esto es tan evidente que incluso entre estas élites aceptan tácita o expresamente la regla referida incluso si ven ante sí que un contrincante que hace parte del sistema llegó al poder de forma turbulenta o tiene un pasado altamente cuestionable. Por otra parte, vale la pena advertir que la violencia paramilitar ha acompañado este proceso de construcción de un Estado poliárquico. La violencia paramilitar no es solo violencia defensiva; también es violencia instrumentalizada para ampliar las instituciones estatales en el marco de la globalización económica y la acumulación de capital, tanto de las élites socio-económicas nacionales como sobre todo de las transnacionales. Ese es precisamente el orden vigente en Colombia.

También vale la pena devolvernos a uno de los puntos planteados en una entrega anterior de esta entrevista: el imperialismo liberal. Estados Unidos, que es el ejemplo más destacado de poliarquías en el mundo occidental, ha intervenido en diversas partes del mundo con el fin de cambiar regímenes e instaurar allí democracias liberales. En efecto, cuando Estados Unidos dice que quiere instaurar una democracia liberal, lo que está queriendo decir es “poliarquía”, una poliarquía que por supuesto debe estar gobernada por un régimen títere. Esto tampoco significa que Estados Unidos sea un sincero promotor de la democratización del mundo; de hecho, Estados Unidos cuenta con aliados dictatoriales, monarquías ultraconservadoras o regímenes represivos y racistas.

Lo que estoy queriendo decir es que la llamada promoción de la democracia es una herramienta para “legitimar” cambios de regímenes que no son afines a los intereses de Estados Unidos, y la mejor excusa para hacerlo en el mundo de hoy es haciendo un llamado a los principios democráticos (aunque en todo caso también hay que reconocer que esa política está impulsada por una ideología eurocentrista y un liberalismo doméstico intolerante con todo aquello que no sea liberal). Sin embargo, como ya vimos, la democracia que promueve Estados Unidos no es la democracia popular, sino la liberal, lo que equivale a poliarquía.

En mi concepto, la instauración de una democracia social –distribución equitativa de la riqueza y participación efectiva en la toma de decisiones del Estado- requiere un triple compromiso: una permanente presión por parte de la sociedad, educación y resistencia al imperialismo o hegemonismo. Por fortuna, hoy las redes sociales ayudan en este propósito, informando o dando más alternativas a la ciudadanía.

P. Habla usted, profesor Rafat, de Educación, y sobre ella lo propongo que nos detengamos, pues es la que puede permitir la formación de mejores ciudadanos o mejores seres humanos. Sin embargo, la sensación y realidad en muchos casos, es que las disciplinas que pueden ayudar a formarnos como personas de paz y con mayor consciencia frente a la realidad de nuestro planeta y la fraternidad posible y necesaria en nuestra especie, parece que han pasado a un segundo secundario.  Supimos hace poco, por ejemplo, del debate que se ha dado en España frente a la exclusión de la Filosofía como materia obligatoria, como si la necesidad fundamental de preguntar en el ser humano, fuera algo accesorio.

Mientras tanto el odio se aprende y se adhiere a diversos procesos de aprendizaje. En los colegios vemos el impulso que se ha dado al bulling, favorecido con las redes sociales, y cómo son comunes los estigmas por raza, orientación sexual, nivel económico, etc, de profesores y alumnos,  que han llevado al suicidio a niños y jóvenes. Y hace poco escuchamos a un Coronel Retirado del Ejército de Colombia frente a la Comisión de la verdad, instancia fundamental del proceso de paz en Colombia, confesando su participación en 57 asesinatos extrajudiciales, denominados falsos positivos que se presentaban como resultados en el gobierno del expresidente Uribe, y que se cuentan por miles, acompañando esta confesión con una afirmación que estremece: “La verdad es que en las escuelas de formación nos fueron enseñando a pisotear la dignidad humana”.

Ese concepto fundamental de dignidad humana debería ser el inicio de todo proceso educativo a cualquier nivel. Solo reconociendo la dignidad propia y ajena, se puede conseguir ese respeto por los derechos de todos. Solo así se podría mirar críticamente la cultura y empezar a desaprendrer todos los prejuicios y estigmatizaciones que alimentan la violencia. Al tiempo tener claro que el Estado debe protegernos y garantizar el ejercicio de los derechos, entre ellos el de la paz, derecho que garantiza el de la vida misma.

Usted, profesor Rafat, como docente de larga experiencia, conocedor de todos los horrores que los hombres han protagonizado en la Historia, y valga decirlo también de los actos de grandeza, qué nos puede decir y proponer en este tema que en últimas define lo que somos y hacemos, pero que no vemos que esté cumpliendo a cabalidad su misión de enaltecernos.

 

Mafalda, creación de Quino; crítica aguda de la realidad social

R. La educación, en términos generales, se concibe como un sistema que aglutina diversos frentes que van más allá de las instituciones educativas como tal. Este frente es sin duda determinante, pero solo uno; la familia y la estructura cultural y socio-económica dominante también desempeñan un rol decisivo a la hora de entender cómo es el proceso de formación del individuo. En otras entregas de esta entrevista efectivamente he manifestado que la educación es un pilar fundamental para el cambio: la formación y los límites morales para una convivencia pacífica en sociedad no solo requiere los más altos estándares académicos, sino una transformación en el modelo socio-económico, cultural y político que lo soporta.

Miremos por ejemplo el caso de Estados Unidos. En este país existen altos estándares en la educación superior, una gran apuesta por la tecnología y rigurosidad académica, elementos todos que lo hacen el país más atractivo del mundo para adquirir una formación especializada; pero así como hay intelectuales honestos que ponen al servicio de la sociedad sus conocimientos y expresan verdades científicas de forma rigurosa, también hay otros –los pseudointelectuales- que más bien usan sus conocimientos para servir a los más poderosos defensores del statu quo.

En el mundo occidental en general, y en otras partes del mundo con mayor frecuencia, encontramos que la educación sirve como base para perpetuar un modelo socioeconómico que privilegia la libertad, el individualismo y el egoísmo a ultranza. Privilegiar la libertad y el individualismo no son mecanismos morales necesariamente condenables; lo condenable es que este modelo solo privilegie estos mecanismos de relacionamiento y excluya otros que sirvan para promover la solidaridad y la justicia equitativa. De ese modo, el sistema educativo de estos países se encarga de educar gente para “producir” y “competir”, en lugar de fomentar un equilibrio entre los diversos mecanismos morales que permitan desarrollar una sociedad más equitativa y justa.

Una transformación de este modelo educativo, por tanto, requiere también una transformación de la cultura y la forma de hacer política. Se requiere cambiar el modelo socioeconómico. Y ello es posible a través de mecanismos pacíficos de transformación, para lo cual hoy en día las redes sociales desempeñan un rol vital.

P. Hay una esperanza que aparece, con la conciencia de protección del planeta en términos medioambientales que las nuevas generaciones están adquiriendo. Surgen líderes, niños y jóvenes, que asumen estas causas que defienden el planeta y denuncian todos los males que el “progreso” le ha traído, o más aún, la ambición económica de quienes dicen ofrecer desarrollo al precio de la vida. Pero hay algo que le quita un poder mayor a este reclamo.

No se escucha al mismo tiempo con igual contundencia,  la defensa de la vida  armónica entre los hombres, de la bandera necesaria de la paz y respeto por los derechos humanos de todos. El planeta como suma de ecosistemas, paga un precio inmenso con las guerras, pero el precio que paga la humanidad como tal es tanto o más grande. En septiembre pasado el Secretario de la ONU lanzó su voz de alarma diciendo que existían ahora casi 14.000 armas nucleares.  Aunque desde 1946 la ONU habló de la necesidad de desarme de bombas atómicas o altamente destructivas, reconoce la difícil y lenta tarea que implica  este desarme. Al respecto dijo el pasado mes de septiembre: “Nos enfrentamos al mayor riesgo nuclear en casi cuatro décadas” y dando la cifra mencionada, agregó: “solo hace falta oprimir un botón para ser lanzadas”.

Ante riesgos de guerras inimaginables por su devastación, ¿cómo ve el papel de los movimientos medioambientales?

R. Los movimientos antiarmas nucleares y en general contra las armas de fuego, tienen sus propias experiencias y necesidades. Estos están enfocados en prevenir la devastación o desaparición del planeta como producto de una guerra. Y si bien estos movimientos han comenzado a tener preocupación por el medio ambiente, son los ambientalistas los que han colocado en el centro de su agenda el problema de las armas nucleares. La energía nuclear, como sostienen los ambientalistas, es peligrosa e inútil para el ambiente y las libertades (aunque sí puede ser útil para prevenir una guerra catastrófica, debido a su poder disuasorio).

En lo que concierne a esta pregunta, las armas nucleares (y la energía nuclear en general) es inútil y peligrosa por diversos motivos: en primer lugar, porque entre más proliferen, más riesgos de accidentes catastróficos; en segundo lugar, porque un Estado nuclear puede dar paso, y en efecto es lo que ocurre, a un Estado policial, que vigila a todos los movimientos antinucleares y los reprime. Recuerdo que en la era de la Guerra Fría, a esos movimientos los acusaban de ser instrumentos de la Unión Soviética, esta última interesada en frenar el desarrollo nuclear de los países occidentales. Los ambientalistas desde ese entonces han sido acusados por la derecha de ser “izquierdistas”, y por la izquierda de ser “reaccionarios”. En realidad, los ambientalistas o ecologistas apuntan a modelos alternativos de desarrollo y de fuentes de energía amigables con el medio ambiente.

El hecho es que el mundo puede atravesar una catástrofe sin precedentes, una destrucción de enormes proporciones por cuenta del desarrollo nuclear y el deterioro ambiental. Todos estos movimientos tendrán que sumar esfuerzos y presionar más desde la movilización, la educación y la participación política democrática. 

P. Es natural que los lectores hayan sentido como yo, esa desesperanza y frustración cuando vemos que los caminos que debían servir para frenar las violencias actuales, no han operado como se debiera. Lo hemos escuchado sobre el actuar de la ONU y sobre todos los obstáculos para hacer su deseo de entendimiento de los pueblos y defensa de la paz, un objetivo que pueda alcanzar por los mecanismos con que cuenta. Sabemos que de poco o nada sirven las resoluciones, cuando no cambian en algo la dura realidad que viven muchos.

Escuchaba al Señor Embajador de Palestina hace poco, en el día de solidaridad internacional con Palestina que la misma ONU instauró, quizás reconociendo la injusticia que a partir de una resolución no vinculante sobre su partición,  se había cometido con el pueblo palestino en 1947, decir que tantas resoluciones en tantos años ni siquiera han logrado recuperar un centímetro de territorio. Territorio que además sigue padeciendo una colonización y ocupación desde 1967, reconocida también por la ONU. Sin embargo, los asentamientos continúan y parece que esa expropiación de territorio, con la consiguiente violación de todos los derechos de sus habitantes,  nadie la puede parar.

En algunas respuestas usted hablaba del desarrollo del Derecho Internacional y a la vez de cambios que podrían hacer más efectiva la misión de estos organismos internacionales. ¿Cúales cree usted, profesor Rafat, que deberían ser los cambios o acciones posibles y cercanas que urge realizar, para que estos Organismos cumplan a cabalidad con su objetivo?

R. Efectivamente, Gilma. Tanto las Organizaciones Internacionales como el Derecho Internacional, hasta este momento, son instrumentos de los Estados para avanzar en sus intereses. Una transformación radical implicaría dar paso a un Estado o Gobierno mundial que haga cumplir las “reglas”. Este paso es esencialmente utópico, por lo que las esperanzas de un cambio pasan por una transformación de las sociedades –una democratización real con todos los elementos planteados en estas entregas-.

Un sistema internacional poblado por pueblos autodeterminados, democráticos y plurales, puede dar paso a instituciones más eficientes y equitativas.

P. Reafirmando toda la gratitud  mía y de los lectores, con usted profesor Rafat,  y admitiendo que son muchos los temas que se nos quedan por fuera en esta aproximación a la guerra y a las acciones violentas, llegamos al final de esta serie, donde la claridad y profundidad de sus respuestas tanto nos ha aportado. Su compromiso generoso con esta tarea ha sido inmenso, y  sus reflexiones han sido y serán un gran aporte para muchos y para la realidad que vivimos.

Quisiera por favor que usted nos deje un mensaje sobre este recorrido que hemos hecho y el camino que debemos seguir en la búsqueda de la paz.

R. En este recorrido hemos visto, Gilma, que la violencia y los conflictos armados son complejos: una buena dosis de intolerancia y odio arraigados producto de la manipulación política, ideologías excluyentes y los intereses económicos, y ciertas variables estructurales relacionadas con el modelo de organización social y las élites que lo defienden. Es decir, encontramos una mezcla de rasgos individuales (la llamada naturaleza humana) y variables sociales.

Sin embargo, el individuo también tiene diversos mecanismos psicológicos que lo hacen por su propia naturaleza colocar límites a sus impulsos, ser más tolerante y convivir con otras tradiciones y aspiraciones moralistas. Como dijo el Papa Francisco en una visita a Japón, los seres humanos son capaces de “escuchar” los caminos de la memoria histórica, y aprender de ello para encauzarse por el camino de la solidaridad y la fraternidad.

Un punto azul pálido

Al concluir estos diálogos, pienso en la fragilidad y belleza de nuestro planeta, y aparece la necesidad urgente de continuar con acciones que lo defiendan  frente las constantes amenazas de las fuerzas de la naturaleza, del universo, pero ante todo del actuar humano insensato o violento.  Recuerdo entonces,  la reflexión de Carl Sagan sobre esta fotografía, que tomara en 1990 la sonda  Voyager 1:

Un punto azul pálido, en fotografía de la NASA utilizando un moderno software, de 2020.

Mira ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros. En él, todos los que amas, todos los que conoces, todos de los que alguna vez escuchaste, cada ser humano que ha existido, que vivió su vida. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de religiones seguras de sí mismas, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, niño esperanzado, inventor y explorador, cada maestro de la moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie, vivió ahí – en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol. La Tierra es un escenario muy pequeño en la vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que en su gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades cometidas por los habitantes de una esquina del punto, sobre los apenas distinguibles habitantes de alguna otra esquina. Cuán frecuentes sus malentendidos, cuán ávidos están de matarse los unos a los otros, cómo de fervientes son sus odios. Nuestras posturas, nuestra importancia imaginaria, la ilusión de que ocupamos una posición privilegiada en el Universo, es desafiada por este punto de luz pálida.

Nuestro planeta es una solitaria mancha en la gran y envolvente penumbra cósmica. En nuestra oscuridad —en toda esta vastedad—, no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos. La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Asentarnos, aún no. Nos guste o no, por el momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos. Se ha dicho que la astronomía es una formadora de humildad y carácter. Tal vez no hay mejor demostración de la locura de los conceptos humanos, que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos mejor los unos a los otros, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que siempre hemos conocido”.

 

VER:

  1. Diálogos académicos con el Doctor Rafat Ghotme Ghotme 'Por qué la guerra' y otras preguntas y análisis, para abordar las acciones violentas 
  2. Organismos internacionales para la paz, nacidos de las guerras
  3. Contra el olvido y la impunidad para los más graves crímenes
  4. Los que tienen que huir porque otros llegan a matar