2021 · 08 · 04

Diálogos académicos con el Doctor Rafat Ghotme Ghotme 'Por qué la guerra' y otras preguntas y análisis, para abordar las acciones violentas

El sionismo, como movimiento nacionalista y colonialista, utilizó desde un principio el judaísmo como sustento ideológico (legitimador) de su apuesta por un Estado judío en territorio palestino.

 

 Doctor Rafat Ghotme Ghotme, Internacionalista, Magister en Historia, estudioso profundo del Derecho Internacional y las Relaciones Internacionales

 

Por Gilma de los Ríos Tobón

“Solo le pido a Dios, que la guerra no me sea indiferente, es un monstruo grande y pisa fuerte, toda la pobre inocencia de la gente”, dice la bella canción de León Gieco, que interpreta la siempre presente Mercedes Sosa. Y es natural que sea un himno para los pacifistas del mundo. Cuando uno tiene una mínima conciencia planetaria y un anhelo de fraternidad en nuestra especie, con la consecuente empatía, es muy difícil que las guerras, sean donde fuera, no nos duelan, afecten y competan. Y aunque para algunos, entre los que me incluyo, la guerra es una estupidez humana, una derrota de la inteligencia si no podemos resolver los problemas y conflictos sin matarnos, lo triste es que para algunos las guerras siguen siendo un buen negocio o el camino de hacer viable lo injusto con los otros, por medio de la violencia, la devastación y la muerte. Recuerdo una cita de Henry Miller: “Cada guerra es una destrucción del espíritu humano”.

Invito a un diálogo sobre este tema al doctor Rafat Ghotme Ghotme, Internacionalista, Magister en Historia, estudioso profundo del Derecho Internacional y las Relaciones Internacionales, y de la historia pasada y presente de muchos países, incluido Colombia. Autor de varios libros como: «Elementos para una filosofía de las relaciones internacionales», «Neomubarakismo: al-Sisi y la nueva cara del autoritarismo en Egipto»; «Subasta de vidas y humanitarismo estratégico: la Unión Europea y la crisis de refugiados desde una óptica crítica»; «Responsabilidad de proteger (los intereses): el caso de la intervención de la OTAN en Libia»; «Las relaciones internacionales de la guerra civil en Siria» y “La diplomacia del acomodamiento”. Es además reconocido profesor universitario y autor de muchas investigaciones académicas. Cuando se presentan graves hechos internacionales, el doctor Rafat es convocado por los medios en Colombia muy a menudo, para expresar sus serias opiniones y ayudar a comprenderlos. Gentilmente aceptó mi invitación, por lo que me siento honrada y agradecida, más aún, sabiendo que lo que abordaremos es mucho más complejo que una entrevista, en la que nos aportará sus conocimientos, siendo además generoso con su tiempo.

Los bombardeos alemanes sobre la aldea Guernica en 1937, cuyas fotos publicara la prensa francesa y viera Picasso, dan nombre a esta gran obra. El Museo Reina Sofía aclara que “es mucho más que esos hechos concretos”, y así lo asumió el mundo, “y constituye un alegato genérico contra la barbarie y el terror de la guerra. Es el testimonio del horror que supuso la Guerra Civil española, así como la premonición de lo que iba a suceder en la Segunda Guerra Mundial”.

 

Sabemos que son muchos los temas que se relacionan con las guerras y que de alguna forma las determinan. También que hay otras acciones violentas que aunque no son definidas como guerras, generan muerte y destrucción, y violan todos los Derechos Humanos.   Pero iniciando con un texto de referencia, lo ampliaremos con algunos conceptos, análisis y referencias a hechos históricos pasados y presentes, en una aproximación a un tema del que hablamos mucho todos en la vida diaria, más aún en los medios,  pero que poco se profundiza.

Le propongo al doctor Rafat un texto que había conocido hace muchos años, por una publicación de la Universidad Nacional,  y que me impactó por su tema y protagonistas: “¿Por qué la guerra?”. Y así lo había titulado la Sociedad de Naciones cuando lo publicara en 1933, pregunta que resume las inquietudes expresadas en dos cartas de Einstein y Freud. La idea que las hizo posibles fue del Instituto de Cooperación Intelectual que auspiciaba este organismo, que propuso que dos pensadores o científicos intercambiaran cartas con un tema de interés elegido. Uno de  los personajes que contactaron fue a Einstein, quien escogió sin dudarlo el tema de la guerra, y como su interlocutor a Freud. Creo que esta postura humanista del gran físico, que muchas veces evidenció, lo hace merecedor de ese aprecio general que se tiene por él y su genialidad científica, así esta última no la entendamos del todo, y haya traído luego, contribuciones a las más temibles y avanzadas armas de guerra, lo que tanto le dolió después. Y hay algo muy valioso. Que se atreva, con la temeridad que tienen los niños y que pocas veces es asumida por los intelectuales, a  formular a su interlocutor una gran y trascendente pregunta, en este caso una de las que más nos perturba a muchos.  Freud, otro pacifista y humanista, aceptó enseguida.

Como buen científico Einstein formula claramente un problema, dando algunas posibles salidas, pero confiando en que Freud que conoce la mente humana, pueda darle las respuestas  que nos llevan al odio y a la guerra. Einstein enuncia conceptos como soberanía, nacionalismo, organismos supranacionales, los dirigentes políticos y las masas, el poder de la propaganda, entre otros, y aborda la necesidad de entender la psiquis que alberga estos instintos destructivos.

Como el tema es tan amplio y complejo trataremos de encontrar luces generales en estos conceptos, y agregar algunas consecuencias terribles de las guerras y ocupaciones.  Tengo por fortuna a un lúcido interlocutor, que aunque es un serio y riguroso investigador, también es un humanista comprometido y profundo. Y para llegar a nuestra realidad actual se hablará de guerras y crisis de ahora,  en especial en el Medio Oriente, de las que recibimos pocas y descontextualizadas noticias, y en las que el doctor Rafat, de origen libanés, también es un gran estudioso y conocedor.

En  varias entregas semanales serán publicados, para permitir su lectura y reflexión.

Iniciamos en esta primera parte, con nacionalismo, colonialismo e imperialismo, ideologías y prácticas políticas que aparecen muchas veces, cuando hablamos de guerras y violencias.

Nacionalismo y Nación

P. En las cartas aludidas, Einstein plantea la primera gran pregunta: “¿Existe un medio de liberar a los hombres de la maldición de la guerra?” Y añade más adelante, que poco conoce las profundidades de la voluntad y del sentimiento humanos, pero que como científico tratará de formular el problema, aclarando luego que no tiene prejuicios nacionalistas. Acá se toca el primer punto, el nacionalismo, que quisiera nos ahonde profesor Rafat, ya que tiene tanta relación con las guerras pasadas y las actuales. Sabemos que en la época que la escribió, 1932, fue un año entre una guerra vivida, la primera guerra mundial, y la segunda, que empezaba a gestarse. Eran tiempos de nazismo y fascismo y la misma Sociedad de Naciones creada como propósito de paz poco duró, reconociendo su inoperancia ante la segunda guerra mundial.

Se sabe de la importancia de tener una identidad nacional. De tener pertenencia, amor a unas raíces y a una patria. De asumir y continuar los legados que dejan las culturas propias. Pienso que como en muchos términos de las Ciencias Sociales, es necesario precisar  los de nación y nacionalismo, por tantas definiciones e imaginarios, y  eso usted nos lo puede aportar. Pero este mismo sentir se puede manipular hábilmente para poder llevar a los pueblos a legitimar lo violento e injusto, y se exacerba hasta el punto de reconocer solo lo propio como valioso y darse el derecho de negar los derechos de los demás.  ¿Cómo se reconocen estos procesos y qué tanto tienen que ver los nacionalismos en las guerras y crisis actuales, tomando como referencia al Medio Oriente?

R. El nacionalismo es uno de los procesos históricos más importantes que se pueden reconocer desde la Revolución Francesa. Aunque es un término que ha sido ampliamente discutido y múltiples definiciones e implicaciones han sido adoptadas por diversos autores, es posible discernir algunos elementos que le dan sentido a este proceso. El nacionalismo ante todo es una ideología (o doctrina) pero también una teoría que explica cómo y por qué las comunidades humanas se organizan social y políticamente de un modo específico: en Estados-naciones. Todos los nacionalismos, en ese sentido, sostienen que el mundo está y debe estar dividido en organizaciones políticas separadas dentro de las cuales hay un sentimiento de lealtad hacia el “grupo”, un grupo de cuenta con características distintivas.

Para poder entender este proceso, por tanto, es preciso remitirse al grupo en cuestión: la nación. Una nación es un tipo de comunidad o sociedad política que comparte las siguientes características: Un sentido de unicidad, de identidad de unos con otros, así no se conozcan, con lazos de solidaridad y fidelidad; una cultura particular en la que se comparten creencias, creaciones y prácticas; un sentido de superioridad que tiende a menospreciar a los otros o llevar a la violencia; una historia compartida y un territorio sagrado por ser tierra de los antepasados y como sociedad política tiene soberanía, precisamente porque ese grupo considera que tienen el derecho a gobernarse por sí solos, a elegir su destino y crear sus instituciones de gobierno¿Y cómo se da ese proceso, profesor Rafat?

Este proceso de construcción y sostenimiento de una nación se da principalmente por tres razones: la geografía, la cultura y las instituciones políticas. La geografía, por ejemplo, traza fronteras, y esta, a su vez, delimita rasgos culturales que con el tiempo y la aparición de nuevas técnicas de comunicación y transporte generan una mayor necesidad o impulso de unificación; esto último también indica que el nacionalismo tiene tanto funciones psicológicas, como económicas. Ahora bien, la nación también es moldeada por instituciones políticas previas, que a través de la coerción o un sentido moral de apego a la autoridad, termina generando cierta -cohesión entre comunidades pre-nacionales.

El nacionalismo, en resumen, sostiene que las comunidades o sociedades con aquellos rasgos, tienen “derecho” a conformarse como Estados y decidir su propio futuro sin interferencias de otras sociedades políticas. Esto es particularmente agudo en la era moderna por los avances de las sociedades más avanzadas, que buscaban absorber a las minorías culturales y eliminarlas; o porque los Estados más poderosos buscaban hacer frente a los avances de la modernización a través de sociedades homogéneas o educadas con un sentido de fidelidad al Estado. Los Estados-naciones, por tanto, son una fuente de estabilidad y seguridad de sus miembros frente a amenazas externas o internas.

Asimismo, el nacionalismo puede ser fuente de conflictos, aunque también de satisfacción de necesidades psicológicas y económicas. A veces, una nación considera que otras son inferiores o un obstáculo para su seguridad y progreso; otras veces es fuente de inspiración y resistencia frente a otras sociedades que usan un discurso hipernacionalista (una ideología de agresión y conquista). En ese sentido, el nacionalismo es una ideología que ha producido múltiples conflictos violentos en la era moderna (aunque no es la única causa, ya que las guerras son fenómenos complejos). El conflicto palestino-israelí, por ejemplo, es un conflicto entre dos nacionalismos: el nacionalismo sionista (conquistador) y el nacionalismo palestino (de resistencia); el nacionalismo de Hezbollah en El Líbano (de resistencia contra las agresiones israelíes y en general de potencias occidentales); y en Siria, que desde el fin de la segunda guerra mundial, y particularmente desde la década de 1970, se ha convertido en un bastión de la resistencia anti-imperialista y anti-sionista en el Medio Oriente.

Para terminar, vale la pena advertir que los nacionalismos referenciados en el Medio Oriente son una consecuencia tanto de proyectos hipernacionalistas como imperialistas (razones económicas y geopolíticas).

Colonialismo y sionismo en Palestina 

P.Usted ha hablado de los hipernacionalismos, con enfoque de conquista y agresión, y por supuesto nos remite también a las colonizaciones, que difícilmente encuentran tierras sin habitantes ni dueño, y que por lo tanto se dan en medio de genocidios y guerras terribles y siempre desiguales. Emprendidas con banderas religiosas, con el pretexto de cumplir misión divina y conseguir las reliquias sagradas al precio que sea, o por el oro que llevaban esos seres sin alma,  como lo hicieron los cruzados o los conquistadores de América, aparecen razones como la ambición de riqueza, el desborde de narcisismo que lleva a algunos a pensar que pueden ser dueños del mundo o consideraciones de alto interés geopolítico. Vemos que llevan siempre a manipular ese amor por lo nacional que se tiene, y que llegan,  supuestamente, en un papel “civilizador”, despreciando y acabando con violencia las culturas que encuentran, y que denominan salvajes. 

La llegada de Hernán Cortés a México. La conquista española de la nación azteca. Escenas relacionadas con la situación de los indígenas americanos tras la llegada de los españoles. Detalle del mural del Palacio Nacional de México, obra de Diego Rivera, 1937.


En el caso de Palestina se mezclan varios de estos conceptos. Como bien usted lo explicaba en una de sus conferencias, Palestina ya era colonia británica y se posesiona del territorio hasta que se formaliza la ocupación, mientras permitió a los sionistas establecerse, en un actuar que lo convierte en un movimiento nacionalista, etnocentrista, pero también colonialista. Del etnocentrismo usted aclara que al reconocer solo los propios, se expulsa o segrega a quienes no lo son. Sabemos de los intereses geopolíticos que la volvieron apetecible y de los mitos fundacionales que la eligieron como lugar para la creación del “hogar nacional para los judíos”. Y hay otro punto importante con lo que usted hablaba de nación. Los judíos como sabemos no son una raza sino una religión, y cuando ahora  hablan de motivos religiosos que los mueven, se hace evidente que la ocupación lleva un fin de apropiación del territorio y destierro o muerte de sus habitantes. Los asentamientos se multiplican y avanzan ante los ojos impotentes del mundo. ¿Cómo resume usted la situación de Palestina, con esta colonización continuada y el nacionalismo israelí acompañado de ese apartheid?

R. El sionismo, como movimiento nacionalista y colonialista, utilizó desde un principio el judaísmo como sustento ideológico (legitimador) de su apuesta por un Estado judío en territorio palestino. Los fundadores, seguidores y propagadores de esta ideología fueron y siguen siendo principalmente judíos seculares, esto es, personas o colectividades de origen europeo que eran identificados como parte de una nación foránea –esto es, la “nación” judía-, pero que en realidad no profesaban la religión o incluso eran ateos; lo que termina ocurriendo es que los judíos seculares aprovecharon esta identificación como “nación” y la usaron para justificar su supuesto derecho a establecer un Estado. Vale la pena recordar que en ese periodo fundacional, entre fines del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, esta fue la solución planteada por una minoría judía de Europa central y oriental para hacer frente a la llamada cuestión judía (la persecución y el antisemitismo); el sionismo surge por tanto como una apuesta para solucionar esa “cuestión” a través de un Estado-nación para los judíos del mundo, un Estado exclusivo donde ellos podían garantizar su supervivencia como “nación”.

Esto último lo hubieran podido hacer los sionistas, y de hecho contaban con alguna suerte de paralelismos históricos con todos los demás nacionalismos etnocentristas y románticos europeos del siglo XIX y XX –que recurrían a los mismos mitos fundacionales de un etnos nacional eterno-, pero solo allí donde tuvieran una mayoría numérica y estuvieran habitando un territorio. En otras palabras, los sionistas debieron buscar el establecimiento de un Estado en alguna parte de Europa donde eran mayoría –por ejemplo, en las comunidades yiddish de Europa central y Oriental-, y no en Palestina.

P. Pero después la opción y la obsesión para ellos fue y ha sido Palestina…

R. El sionismo ha sido radicalmente intransigente en este postulado ideológico: el supuesto Estado-nación judío solo debe echar raíces y expandirse en suelo palestino (e incluso más allá, de acuerdo a algunos maximalistas sionistas que defienden la expansión hacia un espacio más amplio, hasta Irak). Los sionistas sustentan este postulado en diversos mitos. Uno de ellos es la existencia de diversos reinos o Estados judíos de la antigüedad; otro es que esos judíos seculares descienden directamente de los antiguos judíos exiliados por el Imperio romano y que en algún punto de la historia (siglo XIX) revivieron su conciencia nacional y por tanto el derecho al “retorno”.

 

“To where?” Ismail Shammout, 1953. Sobre la Nabka, o la catástrofe, el doloroso, masivo y forzado exilio del pueblo palestino, en 1948.

 

Estos postulados ideológicos son los que sirven de base para entender por qué los sionistas no van a descansar hasta completar su proyecto de un Estado judío en suelo palestino; esto es lo que explica por qué Israel actualmente no tiene interés en avanzar en una negociación, sino más bien mantener la situación de ocupación de Cisjordania y Gaza. La ocupación, en ese sentido, ha adoptado múltiples formas, pero con una unidad de criterio y un objetivo común a largo plazo. Una de esas formas es la ocupación permanente de Cisjordania, dentro de la cual existen múltiples espacios colonizados –asentamientos judíos en territorios palestinos arrebatados por colonos y legalizados por el Estado de Israel-, otros espacios bajo control militar israelí –la ribera del río Jordán-, y control militar de los territorios autónomos bajo la administración palestina. En Cisjordania, de hecho, encontramos una forma de colonización que encaja con el régimen de apartheid, esto es, de comunidades segregadas, excluidas, reprimidas, violentadas y degradadas.

El artista palestino Basel al-Maqosui tomó fotografías de la Franja de Gaza, durante la reciente ofensiva de Israel, y colocó en ellas, digitalmente, recortes de famosas pinturas de artistas como Pablo Picasso para mostrar su idea de la relación entre el arte y la realidad, 2014. https://palestinalibre.org/articulo.php?a=52552.

 

La otra forma de ocupación se  refleja en Gaza. Este territorio fue “desocupado” por Israel en 2005, pero el retiro de las fuerzas israelíes no significó el fin de la ocupación. De acuerdo al Derecho Internacional, la ocupación no tiene que ser necesariamente en el terreno, sino que se puede hacer de otras formas, como un “bloqueo” de sus fronteras terrestres, marítimas y aéreas; esto es en efecto lo que está ocurriendo en Gaza desde la retirada de las tropas israelíes, un bloqueo inhumano que no solo degrada las condiciones de vida de los palestinos de Gaza –unos 2 millones de habitantes en un espacio muy reducido- sino que se refuerza constantemente con bombardeos indiscriminados contra los grupos de resistencia y la población civil.

Los bombardeos a Gaza, como el que ocurrió últimamente, en mayo de 2021, buscan mantener la ocupación, reducir o eliminar la resistencia palestina, provocar un éxodo masivo y finalmente expandir las fronteras israelíes; desafortunadamente, además, Israel cuenta con la legitimidad y apoyo político y financiero de grandes potencias como Estados Unidos, que replican en coro el supuesto derecho a la legítima defensa de Israel. Como se sabe, una potencia ocupante no puede tener ese derecho –ya que es el ocupante y esta ocupación es ilegal-; las acciones que llevan a cabo los ocupantes como Israel no pueden sustentarse en la legítima defensa, ya que sus acciones son per se ilegales e ilegítimas, en tanto que lo que busca es la prolongación de la ocupación.

En ese sentido, no existen perspectivas reales para una solución rápida en torno al sufrimiento palestino –que es lo más urgente- y mucho menos para la llamada solución de los dos Estados.

Colonizaciones del mundo contemporáneo

P. Las colonizaciones y conquistas violentas dejan unas huellas imborrables en la historia de los pueblos. Vemos que en nuestra historia de más de 500 años, las heridas siguen vivas en las comunidades indígenas que la padecieron. Y en nosotros quedan imaginarios racistas con los antepasados y muchos otros que alteran la visión del mundo. Los efectos de estos hechos pueden continuar por siglos. ¿Cómo son las colonizaciones de ahora? ¿Y cómo continúan y actúan en una región víctima de una de las más despiadadas, como las que sufrió el Medio Oriente, donde los colonizadores desterraron a los palestinos, y dividieron a su gusto esos países, como tajadas de un pastel que se repartirían? ¿No es este el gran problema que subyace a la realidad tan compleja que viven ahora?

R. Las colonizaciones del mundo contemporáneo ya no son como las de la era del imperialismo clásico. Por supuesto, existen excepciones (Palestina, el Sahara, entre otras). Hoy en día, las colonizaciones son más bien culturales, y vienen acompañadas de un pasado colonial clásico o territorial. Es decir, los viejos colonialismo imperiales, que dividían pueblos a conveniencia de los Imperios europeos, son apuestas geopolíticas que aún perviven y son reproducidas por potencias como Estados Unidos y sus socios occidentales. Esta apuesta geopolítica no solo viene acompañada por la fuerza militar y las alianzas geopolíticas con los regímenes del Medio Oriente, sino por toda una campaña de aculturación y cooptación por el centro imperial: ideologías de libre mercado, discursos hegemónicos-liberales, educación occidental. Diversos regímenes en el Medio Oriente han sido cooptados y forzados a aceptar esa realidad geopolítica, y los que se resisten son reprimidos, anulados o deslegitimados (como ocurre con Siria, Irán o actores no estatales o movimientos de resistencia.

Imperialismo, pasado y presente

«La batalla de Salamina», óleo pintado por Wilhelm Van Kaulbach. Con estrategia y valorlos grupos infligieron una aplastante derrota naval a los invasores, el imperio persa, a pesar de su inmenso número y fuerza.

 

P- Muy cercano al colonialismo está el imperialismo. Edward Said define esta relación en su libro “Cultura e Imperialismo”, diciendo que el colonialismo es una consecuencia de una práctica, el imperialismo. El imperialismo es definido como una forma de actuación política para dominar otras tierras, basado en una creencia de superioridad sustentada casi siempre en el poder económico o militar que les da ese derecho a expandirse y a ejercer autoridad sobre otro pueblo. Los encontramos a lo largo de la historia antigua y actual, y hasta en nuestra historia precolombina, por ejemplo en el caso de los Incas, quienes ejercieron control sobre casi toda la costa pacífica de Suramérica, especialmente para cobrar tributos para gobernantes que desconocían.

Se sabe además que los imperialismos también son culturales, e invaden todo lo social, imponiendo sus ideas como verdaderas y civilizadas, para desconocer todo los legados culturales anteriores que menosprecian. Occidente por ejemplo desconoció por mucho tiempo los grandes aportes del Medio Oriente en todos los campos de los saberes y las artes, y siendo además cuna de las primeras y más importantes civilizaciones como los Sumerios. Quisiera nos hable de los imperialismos de ahora que en muchos casos reconocen supuestamente a las otras naciones, pero que manejan su acontecer histórico y político de acuerdo a sus intereses, como se evidencia en la intervención de Trump para manipular acuerdos de paz de algunos países árabes con Israel, en los que primaban los intereses norteamericanos, y ventas de armamento u otras “asistencias”. Acá aparece la paz que creemos opuesta a la guerra, como una palabra que camufla los intereses económicos, y el deseo de un mandatario foráneo de aparecer como un líder de la concordia, cuando sabemos que no es así, y que sí desintegraba aún más, la posibilidad de la unidad árabe que alguna vez se soñó.

R. Efectivamente, los Estados imperiales de hoy han cambiado los métodos para someter a otros pueblos. A ello se le conoce comúnmente como “nuevo imperialismo” o “neo-imperialismo”. El imperialismo se caracteriza por ser un proceso de dominación que llevan a cabo algunos países sin siquiera estar sometidos a algunas reglas básicas de humanidad o legalidad internacional; esta dominación implica el control político de los asuntos del resorte soberano del pueblo subordinado y la explotación económica siguiendo ciertos arreglos institucionales (como un tratado de libre comercio, por ejemplo). Si se toman en consideración estas características básicas del Imperio, este proceso se puede reconocer no solo cuando un Estado poderoso conquista y gobierna un territorio extranjero; en realidad, este proceso también se materializa a través de mecanismos indirectos e informales de ejercicio del poder imperial.

Es decir, los Imperios de hoy no necesitan conquistar y gobernar directamente un territorio extranjero, sino que lo pueden hacer indirectamente a través de las élites de otro Estado, reconociendo al mismo tiempo la calidad formal de entidad soberana de este último. Es más, el imperialismo de hoy no requiere el uso de métodos coercitivos o la fuerza (aunque no lo descarta); un Imperio se puede crear y mantener a través de la oferta de “bienes públicos”, es decir, cuando un Imperio ofrece al Estado que va a quedar subordinado bienes como seguridad o comercio abierto, a cambio de obediencia o alienación a los intereses de la gran potencia. En ese sentido, los Estados subordinados deben adaptar sus instituciones nacionales a los intereses o los valores de la gran potencia.

“American progress”, de John Gast 1873. Constituye una alegoría al “Manifiest Destinity”, o “doctrina del destino manifiesto”, que algunos afirman fue dado por “autoridad divina”, y que expresaba la creencia de que EE.UU era una nación “elegida” y destinada a expandirse, en una expansión que se consideraba “obvia y buena”.

 

P. Inevitable pensar en Estados Unidos…

R. El ejemplo más notable del mundo contemporáneo en todos estos sentidos es Estados Unidos. En diversas partes del mundo Estados Unidos ha construido un Imperio –en diversos círculos académicos e intelectuales le llaman a ese proceso hegemonía o hegemonía liberal. Vale la pena observar el caso colombiano o de otras partes de América Latina con condiciones similares –como México. En estos casos Estados Unidos ha subordinado los intereses de Colombia o México, tanto económicamente como políticamente, aunque este proceso se materializó en un contexto donde esos países ya venían abriendo sus mercados al sistema económico y financiero internacional dominado por Estados Unidos; desde inicios de la década de 1990, con la firma de tratados de libre comercio y el posterior ingreso a las instituciones de cooperación multilateral como la OCDE, estos países cada vez más han tenido que adaptar sus instituciones al orden neoliberal y los intereses de las grandes corporaciones estadounidenses. Lo mismo cabe decir de la dimensión política y de seguridad: Colombia y México han tenido que adaptar sus instituciones para hacer frente al narcotráfico o al terrorismo siguiendo las pautas y valores estadounidenses.

El hecho de que diversos Estados hoy en día se hayan adaptado “pacíficamente” al Imperio estadounidense no implica que la coerción o la fuerza hayan sido descartadas como herramientas imperiales de dominación. Ahí está el caso venezolano para probarlo. Los pseudo-intelectuales del Imperio –así como sus secuaces en diversas partes del mundo-, sostienen que cuando se trata de llevar democracia y derechos humanos a otra sociedad, no se trata de Imperio, sino de un “bondadoso” favor que hace Estados Unidos a los pueblos sometidos. Aparte de lo dudoso o cuestionable de esta afirmación, incluso si el fin es muy noble, ello no deja de ser imperialismo: al fin de cuentas Estados Unidos está interviniendo en los asuntos de otro Estado.

Sin embargo, la mejor prueba de que el nuevo imperialismo no descarta el uso de la fuerza, es la invasión de Afganistán e Irak en 2001 y 2003 respectivamente, a lo cual se debe agregar una lista más larga: bombardeos o incursiones en Libia, Serbia, Somalia, Siria, entre otros. De ese modo, el nuevo imperialismo sigue siendo igual de brutal que el clásico imperialismo colonial; lo que lo hace diferente es que hoy en día no hace falta gobernar directamente ese territorio, sino mantener la apariencia de un supuesto reconocimiento a la soberanía del Estado agredido. Incluso en los casos en que se hace “pacíficamente”, alguien termina perdiendo, y ese alguien es una gran parte de la población sometida. Los Imperios benefician solo a unos sectores privilegiados –grandes corporaciones-, a una élite minoritaria del Estado subordinado, y perjudica a una gran masa explotada y marginada.

 

Fuente: www.eje21.com.co