2021 · 03 · 06

Palestina, vacunas, apartheid

Israel ha sido laudado por llevar a cabo “la más exitosa campaña de vacunación a escala mundial”, pero he aquí la otra cara de este “éxito”: motivada racialmente y políticamente. La Cuarta Convención de Ginebra (artículo 56) estipula la responsabilidad del ocupante por salud e higiene de la población ocupada, con referencia particular a enfermedades contagiosas y epidemias. Israel viola aquí el derecho internacional.

Por Maciek Wisniewski 

 
Uno. El coronavirus no sólo exacerbó el racismo y la xenofobia israelí añadiendo otro nivel a la precariedad de las vidas palestinas bajo la ocupación militar (bit.ly/2LA4VcO) −sirviendo incluso como oportunidad para acelerar el proyecto colonial de asentamientos−, sino que dio lugar al surgimiento de un nuevo “ apartheid médico”. Curiosamente tras el desastroso manejo inicial de la pandemia (tres lockdowns, ataques a libertades de sus propios ciudadanos), Israel emergió como un “campeón mundial de vacunación per capita”. Inoculaba a su población a un paso de hasta 150 mil dosis al día, logrando vacunar en breve con ambas dosis a casi dos de sus 9 millones de habitantes ( bbc.in/2N9nKUS ). Pero la negación de las vacunas a los palestinos en Cisjordania ocupada y en Gaza bloqueada, demostraba que su redoblada guerra al virus era al mismo tiempo su vieja guerra a Palestina (bit.ly/2Z3INea).
 
Dos. La Cuarta Convención de Ginebra (artículo 56) estipula la responsabilidad del ocupante por salud e higiene de la población ocupada, con referencia particular a enfermedades contagiosas y epidemias. Israel viola aquí el derecho internacional, al igual que el otro artículo de la convención que prohibe la transferencia de la población civil del ocupante al país ocupado. Desde 1967 −sin parar− expande asentamientos ilegales. Y al mandar vacunas a territorios ocupados los destina, en concordancia con su racismo institucional, sólo a colonos (bit.ly/2N9Mj3Q), excluyendo a 2.7 millones de palestinos de Cisjordania y a otros 2 millones en Gaza. Según los funcionarios israelíes, las responsables por ellos son las mismas autoridades palestinas ( vide Oslo), mientras el que realmente está a cargo de estas áreas −en todos los sentidos− es Israel. Esta postura es un perfecto caso de negación de la responsabilidad, un paradigma necropolítico identificado por A. Mbembe (bit.ly/3qp7GwD) precisamente en el caso de Gaza, que igual es un ejemplo de una larga historia israelí de usar la medicina como arma al ir mutilando su sistema de salud (bit.ly/2Z60CZO). ¿La mejor palabra para todo esto? El ­coronaapartheid.  
 
Tres. Resulta sintomático que justo −aunque sin mencionar las vacunas− B’Tselem, un reconocido organismo israelí de derechos humanos, emitiera un reporte sin precedente en que confirma lo que algunos estudiosos (I. Pappé et al.) argumentaban desde hace tiempo: Israel no es “una democracia con la ‘ocupación temporal’ adjuntada a ella”, sino “un solo régimen del apartheid desde el río Jordán hasta el Mediterráneo donde un grupo de gente (los judíos), ejerce una supremacía racial sobre el otro (los palestinos)” (bit.ly/3pfm0qd). Esta supremacía y “toda la ingeniería demográfica bajo este apartheid” está, según B’Tselem, aplicada a través: a) la negación de derechos políticos y civiles: mientras colonos israelíes en territorios ocupados gozan de todos los derechos y están sujetos a leyes civiles, los 5 millones de palestinos (sin contar los que son ciudadanos de Israel) están sujetos a leyes militares y desprovistos de ellos; b) la expropiación de tierras para más asentamientos, y c) la limitación del libre movimiento: muros, puntos de control, carreteras y túneles sólo para los israelíes.
 
Cuatro. Debido a la distribución desigual de vacunas entre países ricos y pobres, la propia OMS advirtió de la existencia de un “ apartheid mundial vacunal”. Nuevamente, la desigualdad entre Israel y Palestina es paradigmática. Israel compró 10 millones de dosis de la vacuna Oxford-AstraZeneca, 8 millones de Pfizer y 6 millones de Moderna, pagando entre 28 y 62 dólares (!) la dosis, −mientras por ejemplo Estados Unidos pagaba 19.50 dólares−, y Palestina no ha podido comprar ninguna (ni de Rusia o China), esperando sólo recibir algo de la OMS mediante el sistema Covax destinado a países pobres (bit.ly/3rKL0Yd). En el mismo tiempo Tel Aviv rechazó un pedido informal de la OMS para vacunar al menos a los trabajadores de salud palestinos por no ser su responsabilidad (sic), al igual que los pedidos de las autoridades palestinas de compartirles al menos 10 mil dosis para el mismo fin −saboteando de paso los esfuerzos palestinos de luchar contra el virus y destruyendo clínicas de campo destinadas al Covid-19−, sólo para luego transferir 5 mil ( abcn.ws/2LQwXAS ).
 
Cinco. La exclusión de la población palestina ocupada del programa de la vacunación, demuestra que el apartheid israelí no es sólo un sistema de leyes raciales como Basic Law o muros (el control de los cuerpos), sino uno que permea hasta el nivel celular y médico (M. Foucault) −con los oficiales israelíes refiriéndose desde hace tiempo a los palestinos como una enfermedad− y donde la negación de vacunas hace la mancuerna con la cuestión demográfica −una de las preocupaciones fundacionales del sionismo (bit.ly/3jOK9TG)−, volviéndose un nuevo componente biopolítico de la ingeniería demográfica imperante ( vide B’Tselem). Uno que no busca reducir activamente el número de la población indeseada, pero que se abre oportunistamente a la posibilidad de su reducción −el viejo objetivo estratégico del racismo israelí en Palestina (bit.ly/3b9LCjw)−, por una enfermedad natural de la cual la ­población dominante, que ejerce la supremacía racial en el territorio ­disputado (Palestina), queda mejor protegida. ¿Maquiavelismo? ­¿Perversidad? ¿Crimen? Seguro hay un par de más palabras para hablar de esto.
 
Seis. Israel ha sido laudado por llevar a cabo “la más exitosa campaña de vacunación a escala mundial”, pero he aquí la otra cara de este “éxito”: motivada racialmente y políticamente, la negación de vacunas a los palestinos en Cisjordania y Gaza (bit.ly/3q3mNuW). De hecho, el gobierno de B. Netanyahu, a cargo de un impresionante almacén de casi 30 millones de dosis, prefirió enviarles vacunas primero −literalmente− a todos los demás ciudadanos del mundo (guatemaltecos, hondureños, checos, húngaros...) que a los palestinos no-ciudadanos bajo su ocupación militar (bit.ly/2O86HD3). Revelado recientemente −y detenido temporalmente por el fiscal general− el acuerdo secreto con unos 19 países “aliados” (la nueva expresión del soft power: “la diplomacia vacunal”), estaba pensado por Israel para premiarlos por ayudarle a legitimar su −coordinado con el gobierno de Trump e ilegal desde el punto de vista del derecho internacional− apoderamiento del Jerusalén declarado su “capital” en 2018. Guatemala −como EU− ya movió su embajada allí, Honduras prometió hacerlo, República Checa abrir una “oficina diplomática” y Hungría una oficina comercial (nyti.ms/3r2mXE6).
 
Siete. Por más que Israel esté apegado a su “ apartheid médico” (bit.ly/3uCRzxZ) y a seguir separando a los israelíes de los palestinos −sea en una “omniabarcadora” y hardcore versión del apartheid de Netanyahu o “civilizada” y light versión de E. Barak (nyti.ms/3uR17Wg)−, los dos pueblos viven consigo. Y si los palestinos siguen negados de las vacunas, la epidemia nunca acabará. La “autorización” de la entrada por el Consejo de Seguridad israelí (sic) de unas dosis a Gaza (bit.ly/2Mw5Lrv) que alcanzarán a vacunar a... mil de los 2 millones habitantes del enclave (y serán destinados a los más vulnerables y los pacientes de mayor riesgo, sólo después al personal médico), sigue siendo un sadismo, pero las donaciones a la Autoridad Palestina (que a su vez acaba de procurar 30 mil dosis de la vacuna rusa y espera otras 50 mil de la OMS), o los programas de inoculación de los habitantes de Jerusalén Este o los palestinos que tienen permiso de trabajar en Israel y en los asentamientos (ilegales) en Cisjordania (nbcnews.to/3r3kYj0), indican un cambio. No el abandono del segregacionismo. Pero sí un abrazamiento de una “ realpolitik pandémica”.
 
Ocho. Cuando hace una semana Saturday Night Live adornó la noticia de que “Israel ya vacunó la mitad de su población” con un punch line de que seguro “sólo su mitad judía” −despertando críticas de los apologetas de Israel (bit.ly/3dUywtg)− lo que estaba haciendo era exhibir el racismo sistémico y un régimen que ni siquiera oculta sus crueles y elaboradas políticas de exclusión y discriminación −tanto “dentro” de su propia sociedad, como “fuera” respecto de la población colonizada/ocupada−, siendo la negación de las vacunas a los palestinos “el directo e inevitable resultado del supremacismo judío en Israel-Palestina” (bit.ly/37UjCzi). Una confirmación de −denunciada desde hace tiempo por J. Massad, el discípulo del gran E. W. Said (bit.ly/3qhtzNu)− “fundamental diferencia y yuxtaposición entre los ‘racialmente privilegiados’ cuerpos israelíes y los deshumanizados y ‘exterminables’ cuerpos palestinos” (bit.ly/2Oigkz0).
 
Nueve. “¿Entonces, según usted −dice un periodista a la ex ministra israelí de Justicia (sic) A. Shaked, “famosa” por llamar a los niños palestinos “pequeñas víboras a matar junto con sus madres” (bit.ly/3qhyRIW)−, Israel no debería permitir la entrada de las vacunas y que los gazaítas no más deben morir de coronavirus?” “Sí, así es. Hasta que tienen ‘secuestrados’ los cuerpos de nuestros soldados, que se lo arreglen solos... Ni siquiera ayuda humanitaria” (bit.ly/3uHba0e). Aunque la entrada de vacunas fue por fin “autorizada” −igual después de uno de los más vergonzosos debates en la historia de Knesset (bit.ly/3r5mRLV)− el posicionamiento del tema de dos soldados muertos “retenidos” por Hamas, por encima de la suerte de los 2 millones de palestinos retenidos por Israel en “la más grande prisión al aire abierto en el mundo” (Gaza), al mismo tiempo que está en pie la política de “retención indefinida” de cuerpos de los palestinos asesinados por el IDF (bit.ly/3q0Ik7j), es revelador, siendo ésta sólo una de las palabras para hablar de esto.
 
Diez. Si de algo −finalmente− Israel es ejemplo, no es de una “exitosa campaña de vacunación” −irrepetible, por varios factores, en otros países y que no iba tan suave como se publicitaba (bit.ly/3ssBQ2K)−, sino de volver enemigos a sus ciudadanos, hacer de la lucha con el virus un asunto de seguridad nacional o igualarla con la “guerra” y/o la “lucha con el terror” (bit.ly/3bIBApLbit.ly/3dTQ492), consumación de todas las nefastas tendencias: vigilancia digital, violación de derechos civiles, privacidad, confidencialidad de datos médicos, la “securitización” etcétera, que disparó la pandemia y de los que nos advertía en su momento, bajo la forma de un “despotismo tecno-medical”, G. Agamben. Netanyahu, recolectando los datos de los no-vacunados o aplicándoles a los ciudadanos el mismo panóptico aplicado rutinariamente a los no-ciudadanos colonizados (excluidos encima por él de las vacunas) no es un “campeón de la lucha contra el virus”, sino el oscuro precursor de los tiempos por venir.

 

Fuentes: www.jornada.com.mxwww.jornada.com.mx