2019 · 12 · 26

De las bombas de Siria a las de Gaza

Ocho ciudadanos sirios permanecen atrapados en Gaza a donde llegaron huyendo de la guerra en su país. El bloqueo impuesto por Israel y Egipto hace que su única salida posible sea con la mediación de Naciones Unidas

Un cocinero sirio trabajando en un restaurante en Gaza - M. A.

Más de 500.000 muertos, al menos 6,6 millones de desplazados internos y 5,6 millones de refugiados. Esta es la fotografía en números de la guerra que sufre Siria desde 2011, un conflicto que ha provocado «la crisis humanitaria más devastadora del siglo XXI», según Naciones Unidas. Un conflicto que no ha terminado. Las fuerzas leales a Bashar Al Assad, con el firme apoyo de Rusia e Irán, han logrado retomar el control de la mayor parte de un país que tiene amplias zonas arrasadas y al que muchos refugiados no quieren volver por temor a la temida mujabarat, los servicios de seguridad, que vuelven a estar plenamente operativos, o a tener que cumplir el servicio militar obligatorio. Desde el estallido de la guerra un sirio sabe cuándo se alista, pero no cuándo va a poder colgar el uniforme porque el Ejército necesita muchos hombres para mantener todos los frentes abiertos. Los sirios emigraron a todo el mundo, en Turquía hay 3,6 millones, en Jordania son 654.000, en Líbano casi un millón, a Europa llegaron más de un millón en la oleada que se produjo en el verano de 2015… y esa búsqueda de un lugar seguro empujó a algunos a pasar de una guerra a otra y acabar, incluso, en sitios como Gaza.

«Éramos 24, pero ya solo quedamos ocho sirios sirios, hay también otros sirios palestinos que llegaron a partir de 2011 y que tienen parientes aquí. En Gaza la vida es más segura que en nuestro país, pero el bloqueo hace que todo sea complicado, te sientes ahogado», confiesa Anas Abou Ajineh desde una de las dos habitaciones que alquila en Beit Lahia, al norte de la Franja. Este joven de 25 años, natural de Damasco, asegura que forman un grupo diferente al de los refugiados palestinos expulsados en 1948 de Israel, que buscaron refugio en Siria y que 70 años después se convierten en refugiados por segunda vez, pero esta vez en la Franja.

El Comité para los Palestinos de Siria en Gaza eleva a 360 familias, unas 1.200 personas, las que forman parte de estos refugiados por partida doble. Refugiados que llegaron a una Franja en la que un 70 por ciento de sus dos millones de habitantes lo forman también palestinos que, como ellos, fueron expulsados de sus tierras por Israel en 1948. Los palestinos quieren regresar a sus raíces, donde hoy se levanta el Estado judío, y recuerdan que la resolución 194 de la ONU defiende su derecho al retorno. Los sirios, en cambio, no quieren volver a Siria mientras siga Bashar Al Assad en el poder y apuntan a Europa, Estados Unidos o Canadá.

Anas guarda su pasaporte, ya caducado, que contiene los sellos de Líbano y Egipto, los dos países que pisó antes de llegar a la Franja. Un documento sin vigencia, pero guardado con mimo y que no presenta una sola doblez. «La guerra no llegó a mi barrio, yo vivo a las faldas del monte Qasium, pero me negaba a ir al servicio militar y escapé con la excusa de que quería estudiar en Egipto. Eran los últimos días de Mohamed Mursi como presidente, no me gustaba nada la situación en El Cairo, me comentaron la opción de venir aquí y lo hice. Llegué en 2013 y desde entonces no he podido salir. Llevo dos años en la lista de espera de Acnur (agencia de la ONU para los refugiados), la única forma que tenemos para poder abandonar la Franja», cuenta este joven de sonrisa risueña, que habla con tono calmado desde una habitación tan pequeña y humilde, como limpia y ordenada. Mursi fue un paréntesis en la historia reciente de Egipto, el primer presidente elegido de forma democrática en el país pertenecía a los Hermanos Musulmanes y tenía muy buena relación con Hamás, grupo islamista que también ganó las elecciones, gobierna en Gaza desde 2007 y que es el brazo palestino de la cofradía. El golpe militar de Abdel Fatah Al Sisi, puso fin a la buena relación entre El Cairo y Gaza y volvió el férreo bloqueo en la línea que marca Israel.

Lo más duro para Anas es no poder encontrarse con su familia, que permanece en Damasco. «Nos vemos gracias al Skype, sabemos que es imposible juntarnos porque estoy encerrado por Israel y Egipto, pero es mejor que estar muerto, ¿no? Era muy arriesgado ir al Ejército en esos momentos. Algún día podrá salir y desde mi país de acogida será más fácil organizar un encuentro», comenta Anas, quien sabe que «no podré volver a pisar Damasco con este régimen porque al haber estado tantos años en Gaza me considerarán terrorista, no sería prudente». Resignación y realismo.

Cocinero cotizado

La soledad de Anas en su piso de soltero del norte de la Franja contrasta con la vida social de Warif Qassem. Llegó en 2012 a Gaza después de abandonar Alepo, cruzar a Turquía y de allí volar a Egipto. «Mi plan inicial era alcanzar Polonia e incluso presenté todos los papeles necesarios para solicitar un visado, pero me salió la oportunidad de un buen trabajo en un restaurante de la Franja. Primero vine unos días de visita y me gustó porque tiene un aire a la costa siria, a Tartús, así que acepté el trabajo y regresé», recuerda con una amplia sonrisa en la cocina del Cedar, el restaurante en el que trabaja. «Los palestinos son mucho más próximos a nosotros que los egipcios», añade al tiempo que repasa la lista de los primeros encargos que tiene para la noche. Además de pizzas y pasta, ha establecido un espacio especial en la cocina en el que elabora recetas tradicionales que preparaba en el Café de Alepo y que son muy solicitadas por el público.

Warif entró a Gaza por un túnel, el problema es que tras la caída de Mursi Al Sisi ordenó dinamitar todos los túneles de contrabando por los que mercancía de todo tipo, armas incluidas, y personas cruzaban de forma ilegal a Gaza. Con cada explosión se cerraba una puerta de salida para Warif. Pese a todo, este cocinero se siente «afortunado porque tengo un buen contrato y me he casado aquí tengo una hija». Su problema es el mismo que el de su compatriota Anas, «la sensación de vivir cercado es asfixiante y por eso busco una salida y espero la llamada de Acnur». A la espera de esa llamada, sigue con su frenético día a día en el que su trabajo se ha convertido en una escuela para los aspirantes a chef que le rodean y que, por culpa del bloqueo, no pueden ni soñar con salir de Gaza para perfeccionar sus recetas.

El cerco asfixia, pero a Warif la Franja le parece un lugar más seguro que una Siria en la que ya no le queda familia. «Estamos repartidos en Dinamarca, Alemania y Turquía… todos fuera. Nadie se plantea volver porque lo que vivimos allí fue brutal y el régimen sigue en el poder», asegura. La vida le ha puesto bajo las bombas en su Alepo natal y en el lugar que eligió para refugiarse, «pero no se puede comparar el tipo de bombardeo, allí nos lanzaban barriles explosivos que pueden caer en cualquier parte. Aquí los ataques tienen mucha más precisión. Son dos formas diferentes de entender la guerra, pero ya escapé de una en mi país y ahora tengo que hacerlo de otra».

Fuente: Mikel Ayestaran, ABC.es