2019 · 11 · 13

Gaza: Correr sin poder ir a ningún lado

En 2004, en Atenas, Sanaa se convirtió en la primera atleta palestina en ondear su bandera nacional en unos Juegos Olímpicos. “Conseguir salir de Gaza para participar en una carrera era casi como subir al podio. Era la parte más difícil”.

Sanaa, primera atleta palestina en unos Juegos Olímpicos BEATRIZ LECUMBERRI / DEIR EL BALAH, FRANJA DE GAZA

Trofeos descoloridos, viejos recortes de periódicos cuidadosamente ordenados y el bullicioso ir y devenir de varios niños en el salón de su casa rodean a Sanaa Abu Bkheet. El pasado y el presente chocan feroz pero silenciosamente en esta humilde casa de Deir el Balah. Los éxitos y los sueños de una joven de Gaza, la carrera deportiva que pudo haber sido y no fue y los hijos, que terminaron de alejarla de los entrenamientos y la competición.

“Creo que si no hubiera nacido en Gaza probablemente todo habría sido diferente. Bueno, seguro habría sido diferente. Podría haber tenido entrenamientos de verdad, pistas en condiciones y libertad de movimiento para participar en competiciones”.

A punto de cumplir 35 años, Sanaa recuerda con melancolía y nostalgia sus diez años como atleta profesional y enumera con detalle las contadas veces que logró salir de Gaza para competir: El Cairo, Teherán, Atenas, Doha, Amman, Berlín… “Conseguir salir para participar en una carrera era casi como subir al podio. Era la parte más difícil”.

Rememorar una de esas ocasiones le llena especialmente de orgullo y emoción. En 2004, en Atenas, Sanaa se convirtió en la primera atleta palestina en ondear su bandera nacional en unos Juegos Olímpicos. Corrió los 800 metros como invitada porque su mejor marca, 2 minutos 28 segundos, no le permitió calificarse, pero aquel día rompió una barrera invisible simplemente por el hecho de estar allí.

“Quince años después puedo llorar de alegría cuando pienso en ese momento. Deportivamente no conseguí nada, pero fue una manera de decir al mundo: los palestinos existimos”.

Las fotografías de aquella chica de 20 años sonriente en Atenas no permiten adivinar los obstáculos con los que se peleó desde que comenzó a destacar en atletismo en la escuela primaria de Deir el Balah: por ser mujer y querer competir, por verse obligada a correr de madrugada en calles de arena sin tener seguridad si dos bloques de casas de su barrio representaban aproximadamente 800 metros o por ser testigo de la violencia crónica de Gaza, que impregnó desde niña su espíritu.

“Cuando salía de Gaza a competir veía el abismo que me separaba de otras atletas. Lo sentía mucho, dolorosamente. Ellas podían entrenar en condiciones, tenían pistas y gimnasios. Yo corría con zapatillas viejas por mi barrio y rezaba para tener un espónsor. Además, no es lo mismo entrenar en un contexto de paz que en medio de un conflicto. Nosotros en Gaza hemos visto cosas desde muy pequeños que gran parte del mundo no verá jamás. Guerras, muerte, injusticias… Y a mí eso me pesaba y me pesa”.

Pese a todo, Sanaa, palestina con orígenes sudaneses, fue una atleta nata, completa y determinada. “Correr para mí era la libertad, era un regalo y un alivio: no pensar en nada, dejar lo malo detrás”.

Además del atletismo jugaba al fútbol y formó parte de la selección femenina palestina en varios campeonatos. Fueron tiempos intensos, cargados de dificultades, felices y al mismo tiempo frustrantes. Siete años después de haberse retirado profesionalmente, no puede evitar un gesto de melancolía cuando hace un repaso a su carrera.

“Entrenar aquí es un problema, sobre todo si eres mujer. Siendo adolescente corría en la playa. Con críticas de los vecinos, pero corría. Después empecé a entrenar con mi marido y finalmente corría encerrada en un club. Luego me quedé embarazada y todo se complicó aún más. Ahora ya no corro. A eso se suma la falta de libertad de movimiento que ahora es más grave que cuando yo competía. Gaza está más aislada y los atletas no pueden salir”.

Ser deportista bajo el bloqueo israelí

Gaza es objeto de un bloqueo israelí desde hace 12 años que cuenta también con la ayuda de Egipto y que aísla y empobrece a los casi dos millones habitantes de la franja. Gaza tiene dos puertas de entrada y salida de personas. Una al norte, limítrofe con Israel, por la que salen a cuentagotas, enfermos y trabajadores de organismos internacionales con un permiso israelí. Y otra al sur, hacia Egipto, que está abierta con restricciones y se rige por unas listas de salida que exigen tiempo, dinero y a menudo un visado si se viaja a un tercer país.

Los atletas palestinos comenzaron a participar en competiciones deportivas internacionales después de los acuerdos de Oslo de 1993, pero la segunda Intifada (levantamiento palestino contra la ocupación israelí, que estalló en el 2000) y posteriormente el bloqueo impuesto a Gaza tras la victoria electoral y la toma de poder del movimiento islamista Hamas limitan el desarrollo de los deportistas palestinos y su presencia en las citas deportivas más importantes.

En 2013 fue la última vez que Sanaa intentó salir de Gaza para correr. Ella y una veintena de atletas de la Franja pidieron permiso a las autoridades israelíes para ir a Belén, en Cisjordania, y participar en la primera maratón organizada por aquella ciudad que después se convirtió en una cita anual. Ninguno de ellos recibió la autorización para salir de Gaza.

“Estamos encerrados”. Sanaa se refiere al bloqueo israelí pero también a las leyes no escritas de la sociedad gazatí, hermética, tradicional y muy religiosa, donde las mujeres tienen menos posibilidades que los hombres en prácticamente todos los ámbitos de la vida pública y familiar. “Yo tuve suerte porque mis padres me apoyaron siempre, pero eso no ocurre en todas las familias y menos actualmente”.

Sanaa tiene una sonrisa que le llena la cara y unos ojos grandes y curiosos. Se disculpa varias veces por no poder hablar bien inglés. Va maquillada cuidadosamente y pese a las desventuras que describe, resplandece en su túnica roja bajo la que se percibe su embarazo de casi ocho meses. Será su tercer hijo en menos de cinco años. Para su marido, que enviudó hace algunos años, el séptimo. La familia vive gracias a la ayuda humanitaria de UNRWA, al apoyo familiar y al trabajo de auxiliar de enfermero del padre de familia.

Desde hace tres años, Sanaa trabaja como voluntaria en la Federación de atletismo de Gaza. Se ocupa de promover el deporte femenino y de incentivar a las niñas con potencial.

“Hay un grupo de chicas en Gaza con muchas cualidades, pero entrenan a puerta cerrada y no tienen posibilidades de salir a competir fuera. Lo mismo pasa con otras disciplinas: boxeo, fútbol… Es el problema de nuestra sociedad y de nuestra mentalidad”.

Es imposible ver en Gaza actualmente un campeonato de fútbol femenino abierto al público o a una mujer que sale a correr sola, vestida con ropa deportiva.

“A veces, temprano, veo chicas que van andando rápido pero no parecen ir a ninguna parte. Están entrenando discretamente, salen al amanecer cuando no hay casi nadie en la calle, con leggins debajo de la túnica”.

Sanaa quiere posar sola junto a sus medallas y sus trofeos mientras suspira. “Echo tanto de menos correr…”.

Sueña con que sus hijos experimenten el mismo amor por el deporte que ella siente y puedan desarrollar su talento libremente.

“Cuando veo estas medallas me siento feliz, orgullosa y al mismo tiempo triste porque hay muchas niñas de Gaza con talento que no podrán llegar hasta donde yo llegué porque desgraciadamente hoy las circunstancias están contra ellas”

Fuente: Beatriz Lecumberri, UNRWA / El Diario - España