2018 · 09 · 20 • Fuente: Awad Abdelfattah, Middle East Eye / Rebelión (Traducción para Rebelión de Loles Oliván Hijós)

De las ruinas de Oslo puede nacer un Estado democrático para todos sus ciudadanos y ciudadanas

En septiembre de 1993, a mi regreso de una conferencia sobre la cuestión de Palestina auspiciada por Naciones Unidas en Viena, me enteré por el periódico del acuerdo de Oslo. Me quedé impactado.

Asistí a la conferencia como vicesecretario general de Abnaa al Balad (“Hijos de la Tierra”), un movimiento político que aboga por un único Estado laico en toda Palestina. El compromiso revolucionario y el coraje demostrado frente a las políticas israelíes al identificarse abiertamente con la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) atrajo a cientos de estudiantes palestinos a las universidades israelíes.

A diferencia de buena parte de los partidos políticos, Abnaa al Balad reaccionó sin ambages contra Oslo rechazándolo por considerarlo una traición a la lucha palestina. Intelectuales críticos como Azmi Bishara reaccionaron de manera similar. Las críticas incidían en que el acuerdo se había alcanzado y firmado de manera antidemocrática y a espaldas de la dirección colectiva, de la la OLP y del pueblo palestino.

Legitimar el sionismo

Los críticos también señalamos que aunque en el acuerdo la OLP reconocía al Estado de Israel a la vez que Israel reconocía a la OLP, no admitía el derecho del pueblo palestino a un Estado independiente. El acuerdo evitó proclamar un Estado palestino independiente, reconocer el derecho al retorno y poner fin a la política de asentamientos israelíes que ha acabado provocando un régimen de apartheid al estilo bantustán.

Además, al respaldar la solución de dos Estados y obviar totalmente los derechos y el futuro de los palestinos del interior de Israel, Oslo perpetuaba los obstáculos que padecemos y nuestra inferior condición en el auto-declarado Estado judío. El acuerdo relegaba la difícil situación de esta comunidad –de más de un millón de personas– a un mero asunto interno israelí. Oslo asimismo legitimó el sionismo.

Irónicamente, fueron los palestinos con ciudadanía israelí –a los que algunos palestinos habían llegado a considerar colaboracionistas– los primeros en responder a Oslo con el establecimiento de un nuevo partido que reactivó la lucha ideológica y política contra el sionismo. Balad, que comenzó como una coalición de diferentes partidos y figuras académicas, endorsó un programa político que aboga por que Israel se convierta en un Estado de todos sus ciudadanos y ciudadanas, desafiando con ello su carácter racista.

Conscientes de la imposibilidad de lograr la plena igualdad en Israel mientras siga siendo un “Estado judío”, quienes fundamos Balad intentamos transformar constructivamente las contradicciones inherentes del sionismo. Hicimos esto haciendo campaña entre los ciudadanos palestinos de Israel, explicando que votar por los partidos sionistas de izquierda o de centro y renunciar a nuestra identidad nacional no nos otorgaría ni derechos civiles ni derechos colectivos nacionales en términos de acceso a la tierra, patrimonio nacional y educación independiente.

Este nuevo discurso político se volvió predominante entre los partidos palestinos y vino a paliar la distorsión cultural y política que Oslo había puesto en marcha. Cambiar la “liberación de Palestina” por la noción de transformar Israel en un Estado democrático llevó años de reuniones, debates y seminarios.

Reivindicar la igualdad total

No podíamos ignorar en nuestro nuevo programa político el consenso palestino, árabe e internacional sobre las demandas de un Estado palestino independiente en Cisjordania y Gaza. Pero para mantener viva nuestra visión de un Estado en la Palestina histórica, también incluimos en el programa las reivindicaciones de plena igualdad y ciudadanía.

Mostramos que la plena igualdad solo podría alcanzarse aboliendo la “judeidad” del Estado e incluyendo el derecho al retorno de los refugiados palestinos.

La incesante campaña de provocación que lanzaron el gobierno israelí, los partidos políticos sionistas y sus comentaristas políticos, junto con los reiterados intentos de incapacitar a Balad y a su ex dirigente Azmi Bishara para participar en las elecciones del Knesset, solo consolidaron la relación del partido con sus electores.

Esta beligerante campaña se impulsó afirmando que el partido negaba a los judíos el derecho a tener su propio Estado étnico. Fue esto, combinado con las iniciativas del partido a favor de la organización y la educación, lo que contribuyó a consolidar entre sus electores el enfoque verdaderamente democrático de Balad respecto a la igualdad, la plena ciudadanía y los derechos colectivos.

Desde entonces, se ha intensificado la hostilidad israelí contra la minoría palestina de Israel y contra ciertos movimientos políticos, tal y como plasma su legislación discriminatoria, la confiscación de tierras, la demolición de viviendas y otras formas de represión. En 2016, el movimiento islamista fue declarado ilegal y se enfrentó a una severa ofensiva; más o menos al mismo tiempo, las autoridades israelíes llevaron a cabo detenciones generalizadas contra dirigentes y activistas de Balad, incluido yo mismo. Me detuvieron durante 11 días.

La represión política ha debilitado a los partidos árabes y su capacidad de movilizar a sus electores contra la represión israelí. Los palestinos del interior de Israel sienten que ya no se distinguen de sus hermanos de los territorios ocupados en 1967 porque están cada vez más sujetos a la opresión colonial de Israel. Esta realidad está generando un sentido de urgencia entre los palestinos de todo el mundo para coordinar actividades conjuntas contra el régimen sionista.

Nuevo paradigma

En los últimos 15 años, y en particular desde la Segunda Intifada, se ha ido gestando un nuevo paradigma. A medida que la Autoridad Palestina mantenía las negociaciones con Israel mientras éste persistía en liquidar la solución de dos Estados, comenzaron a surgir iniciativas populares alternativas con el objetivo de reconstruir la narrativa palestina.

Quienes están detrás de tales iniciativas –que están siendo trabajadas por comités populares, activistas, ex dirigentes políticos, académicos e intelectuales críticos sin un paraguas político común– consideran que debemos crear la antítesis de Oslo, y que los palestinos deberíamos centrarnos en 1948, en las raíces del conflicto.

Argumentan que Oslo ha fragmentado al pueblo palestino política y geográficamente; ha creado una falsa conciencia y ha distorsionado la esencia del conflicto al reducirlo a su faceta territorial y no al hecho colonial.

Forma parte integral de este debate la exigencia de reformular la lucha desde el parámetro de un pueblo colonizado y un régimen colonizador de apartheid, y no entre dos movimientos nacionales iguales, o dos Estados, uno de los cuales ni siquiera existe físicamente.

La agresión de las últimas maniobras del presidente estadounidense Donald Trump y del gobierno israelí –el traslado de la embajada de Estados Unidos a Jerusalén y la promulgación de la ley del Estado-nación de Israel– han asestado un golpe de gracia a la ilusión de la opción de dos Estados, así como a la posibilidad de que se alcance la igualdad para aquellos palestinos con ciudadanía israelí que sobrevivieron a la Nakba de 1948 y lograron quedarse en su tierra natal.

Un Estado democrático

Estos desalentadores acontecimientos nos brindan una oportunidad para que los críticos del paradigma de Oslo y todos los palestinos elaboremos una visión alternativa basada en la reconstrucción de la narrativa palestina que enfatice que los palestinos somos un solo pueblo independientemente de dónde residamos, histórica, cultural y políticamente, que re-formule la lucha desde una perspectiva anticolonial, y respalde la solución de un Estado democrático en toda la Palestina histórica.

Según este modelo, todos los palestinos, incluidos los refugiados, así como los judíos israelíes, podrían vivir bajo un régimen igualitario edificado sobre las ruinas del actual apartheid colonial.

El debate sobre el cambio del paradigma de dos Estados al modelo de un solo Estado y la creación [en toda Palestina] del Estado de todos sus ciudadanos y ciudadanas seguramente ganará mayor impulso en los próximos años. En el seno de Balad se ha planteado durante varios años un serio debate. La opción de boicotear las elecciones al Knesset forma parte de este debate, particularmente desde la aprobación de la ley del Estado-nación.

Algunos académicos israelíes antisionistas e intelectuales palestinos de los territorios ocupados en 1967 prevén que los ciudadanos palestinos de Israel podrían desempeñar un papel específico en la reconstrucción del proyecto palestino con una nueva visión inspirada en el modelo igualitario de Sudáfrica.

Si bien la situación actual en Palestina 25 años después de Oslo es más sombría que nunca, el pueblo palestino no se rendirá. Contamos con la justicia de nuestra causa y con nuestra presencia en la tierra. Y con que Israel se consolida cada día como un régimen agresivo, colonial e inmoral.

Aún queda un largo camino por recorrer pero esta es la única forma de conseguir la liberación, la justicia y la paz duradera en Tierra Santa.

Sobre el autor: Awad Abdelfatah, palestino del interior de Israel, es analista político y ex secretario general del partido Balad. Es el coordinador de la Campaña por un Estado Democrático fundada en 2017 y con sede en Haifa.

Fuente: Out of the ruins of Oslo, a democratic state of all its citizens can be born

Fuente: Awad Abdelfattah, Middle East Eye / Rebelión (Traducción para Rebelión de Loles Oliván Hijós)