2018 · 09 · 13 • Fuente: Eugenio García Gascón, Público - España

25 años de los acuerdos de Oslo: la farsa continúa en Oriente Próximo

En el veinticinco aniversario del histórico apretón de manos entre Rabin y Arafat en la Casa Blanca, se revela con claridad que el proceso de paz ha ido alejándose paulatinamente de sus objetivos. Se ha alejado tanto con el impulso de los dirigentes israelíes como con la pasividad de la Unión Europea.

El primer ministro israelí, Isaac Rabin, y el líder de la OLP, Yasser Arafat, se estrechan la mano en presencia del presidente de EEUU, Bill Clinton, en los jardines de la Casa Blanca, en Washington, para sellar los Acuerdos de Oslo, el 13 de septiembre de 1993. AFP/J.David Ake

Un cuarto de siglo después de la firma de los Acuerdos de Oslo entre israelíes y palestinos, el engaño se observa en todo su esplendor. Los dos grandes impulsores de aquella acción, el primer ministro Yitzhak Rabin y el presidente Yaser Arafat, están enterrados, uno en el monte Herzl de Jerusalén y otro en la Muqata de Ramala.

La Conferencia de Madrid que se había celebrado dos años antes y los Acuerdos de Oslo de 1993 suscitaron una gran esperanza entre los ingenuos. Quien esto escribe estaba el día de la firma en Jericó. Los vecinos de esa ciudad palestina señalaban la casa donde probablemente iría a residir Arafat cuando regresara del exilio, un edificio de dos plantas que estaba a la entrada de Jericó, al lado izquierdo de la carretera.

En Jericó las calles estaban llenas de gente y en los restaurantes las pantallas de televisión mostraban la ceremonia que se celebraba en la Casa Blanca. No es exagerado decir que los palestinos eran optimistas, la mayoría de ellos al menos, quizá porque sinceramente querían acabar con el centenario conflicto.

Menos de un año después, Yaser Arafat entraría triunfalmente en la Franja de Gaza. Su helicóptero levantó una gran polvareda y todos los palestinos de la Franja saludaron la caravana que conducía a aquel hombre a gran velocidad hasta la ciudad de Gaza.

Quien esto firma fue uno de tantos insensatos que confiaron en las secuencias que en septiembre de 1993 transmitían desde la Casa Blanca los televisores locales. Aunque la imagen que llegaba a Jericó a través de la televisión israelí era confusa por momentos y no se veía con claridad, pocos previeron que aquello en realidad era un oscuro presagio de lo que vendría después.

Foto del 1 de septiembre de dos niñas palestinas, en la localidad de Jericó. Los muros de sus casas tienen pintadas de la OLP a favor del acuerdo de paz con Israel. AFP/Yoav Lemmer

De mis compañeros periodistas de entonces, el más clarividente fue Tomás Alcoverro, el veterano corresponsal de La Vanguardia que residía en Beirut y que de tanto en tanto venía a la zona israelo-palestina a cubrir noticias importantes. Alcoverro nos miraba a los novicios con simpatía y escepticismo, y sonreía levemente al vernos a todos tan optimistas.

La historia pronto le iba a dar la razón, y de qué manera. Es cierto que Israel permitió la entrada de Arafat al año siguiente, pero también es cierto que la idea que los israelíes tenían de la paz no se ajustaba en nada a la que tenían los palestinos. Enseguida se vio con claridad que aquello no podía ir mucho más lejos.

Cuando Yitzhak Rabin hizo un amago de ceder en algunos puntos, la derecha se le echó encima, con el actual primer ministro Benjamín Netanyahu a la cabeza. El ambiente que se vivió en Israel en los dos años siguientes fue irrespirable desde el punto de vista político.

Arafat se dio cuenta de que aquello no conducía a ninguna parte, aún más cuando en noviembre de 1995, dos años después de los acuerdos de Oslo, Rabin fue asesinado en Tel Aviv por un joven judío nacionalista y religioso, Yigal Amir, que se convirtió en héroe para una buena parte de la población israelí.

Los palestinos celebran en las calles de Gaza la firma del acuerdo de paz entre la OLP e Israel. AFP/Eric Feferberg

Tras el magnicidio, la dirección política recayó en Shimon Peres, un hombre con unas ideas excelentes pero que tanto daño ha hecho al proceso de paz. En el medio año que estuvo a cargo de la presidencia del Gobierno, dio carpetazo a las negociaciones con Siria que Rabin había emprendido y dio carpetazo a la aplicación de los Acuerdos de Oslo.

La política israelí se vio entonces con toda la claridad posible: el número de viviendas que los primeros ministros construyeron en las colonias de los territorios ocupados no paró de crecer, con independencia de que los gobiernos fueran del Likud o de los laboristas. Era evidente que las ideas de la paz de unos y otros no podían congeniarse.

Benjamin Netanyahu y Shimon Peres se estrechan la mano en la ceremonia de traspaso de poderes al frente del Gobierno de Israel, en junio de 1996. AFP/Menahem Kahana

Cuando el nefasto Shimon Peres dejó claro cuáles eran sus intenciones, los atentados palestinos se multiplicaron, especialmente dentro de Israel, atentados terribles que solo consiguieron encabronar más a Peres. Este convocó elecciones y las perdió ante Netanyahu. No se lo esperaba pero las urnas simplemente reflejaron la realidad dominante: la voluntad de los israelíes era contraria a cualquier proceso de paz.

Desde el asesinato de Rabin pocas cosas han cambiado, con la excepción de que las colonias judías han crecido y siguen creciendo día a día. El presidente estadunidense, Donald Trump, se ha empeñado en buscar un acuerdo a la medida de los israelíes más reaccionarios, y lo conseguirá si el presidente Mahmud Abás se descuida un momento.

Esto será posible gracias a la pasividad de la Unión Europea. La UE ha permanecido durante estos 25 años con los brazos cruzados, ha permitido que la expansión colonial israelí siga adelante sin ponerle freno, y ha estimulado la ocupación sin adoptar medidas decisivas para acabar con ella. Todo esto hace que solo se pueda mirar al futuro con pesimismo.

Fuente: Eugenio García Gascón, Público - España