2018 · 09 · 11 • Fuente: Dra Dr. Swee Chai Ang, Refugees Deeply / Traducción: Palestinalibre.org

Los refugiados olvidados: supervivientes de la masacre de Sabra y Shatila

Cuando los refugiados palestinos fueron masacrados en Beirut en 1982, la Dra. Swee Chai Ang, refugiada que vivía en Reino Unido, trabajaba como médica voluntaria en el campamento de refugiados palestinos. En el aniversario, Ang describe sus recuerdos y preguntas sin respuesta.

Una anciana palestina reza frente a un póster con fotos de sus parientes asesinados durante una ceremonia conmemorativa en recuerdo de la masacre de Sabra-Shatila en 2010. AFP PHOTO / ANWAR AMOR

En el año 1982 Israel invadió Beirut occidental, alentando a milicianos cristianos libaneses entrar en los campos de refugiados palestinos de Sabra y Shatila al oeste de Beirut. Durante tres días, las fuerzas israelíes sellaron el campo y les permitieron matar a varios miles de refugiados.

Yo era entonces una joven aprendiz de ortopedista que había renunciado al Hospital St. Thomas de Londres para unirse a un equipo médico de la asociación Christian Aid, ayudando a los heridos durante la invasión de Israel en Líbano unos meses antes. Beirut estaba sitiada. El agua, la comida, la electricidad y los medicamentos fueron bloqueados. La invasión dejó miles de muertos y heridos, y dejó a unas 100.000 personas sin hogar.

Fui reclutada por la Sociedad de la Media Luna Roja Palestina para encargarme del departamento ortopédico del hospital de Gaza en el campamento de Sabra y Shatila, en Beirut Occidental. Conocí a refugiados palestinos en sus hogares bombardeados y aprendí cómo se convirtieron en refugiados en uno de los 12 campos palestinos de Líbano. Hasta entonces no sabía que existían los palestinos.

Me relataron cómo fueron expulsados de sus hogares en Palestina durante 1948, a menudo a punta de pistola. Tuvieron que huir con todas las posesiones que pudieron llevarse, hasta el Líbano, Jordania y Siria.

Naciones Unidas instaló para estos refugiados tiendas de campaña mientras que el mundo les prometía que pronto volverían a sus casas. Esa expectativa nunca se materializó. Ahora cumplen 70 años viviendo como refugiados. Palestina fue borrada del mapa del mundo. Los 750.000 refugiados, que comprendían la mitad de la población palestina en 1948, han crecido a uno 5 millones.

Poco después de mi llegada a Beirut, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de Yasser Arafat abandonó la ciudad. Era el precio exigido por Israel para detener el bombardeo en el Líbano y para levantar el bloqueo militar de 10 semanas. A los catorce mil hombres y mujeres que abandonaron el Líbano las potencias occidentales les garantizaron que sus familias, que quedaron atrás, estarían protegidas por la Fuerza Multinacional de Paz.

Los que se marcharon eran combatientes, funcionarios, médicos, enfermeras, profesores, sindicalistas, periodistas, ingenieros y técnicos. La OLP era el gobierno de los palestinos en el exilio. Miles de familias palestinas, muchas de las cuales habían perdido algún familiar durante la invasión, ahora estaban sin el pilar principal de la familia, a menudo el padre o el hermano mayor de la familia.

El alto el fuego duró solo tres semanas. Las Fuerzas Multinacional de Paz, encargadas por el acuerdo de cese del fuego para proteger a los civiles, se retiraron abruptamente. Poco después, el nuevo presidente cristiano de Líbano, Bashir Gemayel, fue asesinado.

El 15 de septiembre, varios cientos de tanques israelíes entraron al oeste de Beirut. Algunos de ellos rodearon y sellaron Sabra y Chatila, impidiendo que los habitantes huyeran. Un grupo de milicianos cristianos, entrenados y armados por Israel, entraron en el campamento. Cuando los tanques se retiraron del perímetro del campamento el 18 de septiembre, varios miles de civiles fueron encontrados muertos dentro del campamento, mientras que otros habían sido secuestrados y otros muchos desaparecidos.

Nuestro equipo del hospital, que había trabajado sin parar durante 72 horas, recibió la orden de dejar a nuestros pacientes a punto de ametralladora, obligados a salir del campamento el 18 de septiembre. Cuando salí del quirófano en el sótano, comprendí la dolorosa verdad. Mientras luchábamos por salvar unas pocas vidas, miles eran asesinados.

Algunos de los cuerpos ya comenzaban a pudrirse bajo el cálido sol de Beirut. Las imágenes de la masacre se quedaron grabadas a fuego en mi memoria. Incluían cadáveres mutilados que se encontraban alineados en los callejones del campamento. Solo unos días antes, estos seres humanos, que estaban llenos de vida y esperanza, creían que la OLP los sacaría de allí.

Estas fueron las personas que me acogieron en sus hogares destrozados. Me sirvieron café árabe y cualquier alimento que encontraban, comida sencilla pero ofrecida con calidez y generosidad. Compartieron conmigo sus vidas desgarradas. Me mostraron fotografías descoloridas de sus hogares y familias en Palestina antes de 1948 y las llaves de sus casas que todavía guardaban todavía tenían consigo. Las mujeres compartieron conmigo sus hermosos bordados, cada uno con motivos de los pueblos que dejaron atrás. Muchas de estas aldeas fueron destruidas tras su partida.

Durante la masacre, algunas de estas personas se convirtieron en pacientes que no pudimos salvar. Otros murieron al llegar. Dejaron huérfanos y viudas. Una madre herida nos rogó que le quitáramos la última gota de sangre para dársela a su hijo. Ella murió poco después. Los niños que tuvieron que presenciar las violaciones de sus madres y hermanas sufrirían el trauma de por vida.

Caras aterrorizadas de familias reunidas por hombres armados mientras esperaban la muerte; una joven madre desesperada que trató de darme a su bebé para que lo pusiera a salvo; el hedor de los cuerpos en descomposición como fosas comunes al aire libre; los gritos penetrantes de mujeres que descubrían los restos de sus seres queridos por los pedazos de ropa y tarjetas de identidad; todos  estos recuerdos siempre vivirán conmigo.

Los supervivientes volvieron a vivir en las mismas casas donde sus familias y vecinos fueron masacrados. Fueron personas valientes, y no tenían otro lugar al que huir.

En la actualidad, los refugiados palestinos en Líbano están excluidos de 30 profesiones sindicadas, y solo el 2% de los palestinos en trabajos no profesionales tienen permisos de trabajo adecuados. No tienen pasaportes. Se les prohíbe poseer y heredar propiedades. Si se les niega el derecho a regresar a sus hogares en Palestina, no sólo nacen como refugiados, sino que crecerán como refugiados y morirán como tales.

En cuanto a mí, todavía tengo preguntas dolorosas que deben ser respondidas. ¿Por qué fueron masacrados? ¿Ha olvidado el mundo a los supervivientes? ¿Cómo podemos permitir una situación en la que la única reclamación de una persona sea recibir una tarjeta de identidad de refugiado? Estas preguntas me han perseguido desde que conocí a los refugiados palestinos de Sabra y Shatila. Todavía hoy siento la necesidad de recibir una respuesta.

Mira la charla de TED de la Dra. Swee Chai Ang aquí:

Este artículo fue publicado por Refugees Deeply el 15/09/2017.

Sobre el autor: La Dra. Swee Chai Ang es consultora de cirugía ortopédica en St. Bartholomew's y los hospitales de Londres, cofundadora de Medical Aid for Palestinians. Nacida en Malasia y criada en Singapur, llegó a Reino Unido como refugiada. Es autora de "De Beirut a Jerusalén: una mujer cirujana con los palestinos", publicada por The Other Press.

Fuente: The Forgotten Refugees: Survivors of the Sabra and Shatila Massacre

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Fuente: Dra Dr. Swee Chai Ang, Refugees Deeply / Traducción: Palestinalibre.org