2018 · 08 · 07 • Fuente: Mauricio Amar Díaz, El Desconcierto

Lo que oponemos al 'Estado Judío'

La tarea de oponerse al Apartheid israelí, entonces, es también una tarea judía. Una lucha necesaria por desprenderse de la mitología nacionalista y encontrar en la propia historia los pliegues de la experiencia común con otros pueblos. Y es, por supuesto, también una tarea de todos, independiente de sus adscripciones religiosas o étnicas, desprenderse de sus propios mitos fundacionales y aceptar que la existencia no es otra cosa que el ser-en-común.

Hace algunos días el parlamento israelí promulgó una ley que designa a la entidad sionista como el “Estado nación del Pueblo judío”, estableciendo el hebreo como única lengua nacional y estableciendo que “El derecho a ejercer la autodeterminación nacional en el Estado de Israel es exclusivo del pueblo judío”. Si es evidente que esta ley atenta contra los anhelos de autodeterminación de los palestinos, el efecto primero no se verá tanto en los Territorios Ocupados que seguirán viviendo la opresión del colonialismo armado ni en Gaza, cuya realidad no puede ser peor. El gran efecto de esta ley es consagrar a los propios ciudadanos del Estado a la experiencia de un Apartheid en la que más de un millón seiscientos mil palestinos, que viven al interior de Israel, pasarán a ser formalmente ciudadanos de segunda clase.

Digo formalmente, porque en los hechos, los palestinos del 48’ o (árabes israelíes como los han designado, con el fin de borrar su vínculo histórico con Palestina) han sido siempre discriminados por medio de diversas fórmulas, quizá la más conocida de ellas, la imposibilidad de adquirir tierras, dado que el 93% de éstas están en manos del Estado o de organizaciones privadas como el Fondo Nacional Judío, que sólo permiten la adquisición de propiedades por parte de judíos (propiedades, que dicho sea de paso, tienen su origen en la confiscación de tierras a los palestinos desde 1948). Esta situación imposibilita el crecimiento natural de las comunidades palestinas, asfixiándolas. A ello debemos sumar más de 50 leyes que discriminan directa o indirectamente a dicha población, desde la imposibilidad de crear instituciones hasta la inversión desigual en las escuelas judías y árabes, lo que lleva a una esperada pauperización de la población palestina, utilizada finalmente como mano de obra barata para el mantenimiento de un sistema de desigualdad.

Como contrapunto a la realidad de sus “ciudadanos” árabes, cualquier judío del mundo puede vivir en Israel, adquirir la ciudadanía e, incluso, vivir en asentamientos ilegales dentro de los Territorios Ocupados. Al otro lado de la vereda, se encuentran, por supuesto, los más de cuatro millones de palestinos refugiados, expulsados en 1948 y 1967, a los que se les ha negado por décadas el derecho al retorno. Israel siempre ha sido, en este sentido, un Estado para los judíos, es decir, un dispositivo de inmunización para un grupo etno-religioso, desestimando concebirse como un Estado de sus ciudadanos. Por ello la gravedad de lo que ha ocurrido con esta ley es de carácter formal, pues no hace más que sincerar que desde su creación Israel es un Apartheid. Ahora es un Apartheid legal.

Este Apartheid no puede ser separado del proceso de limpieza étnica que Israel ha llevado a cabo contra los palestinos desde la Nakba o Catástrofe de 1948. Para comprenderlo, debemos tener en cuenta la configuración de los tres territorios que hoy ocupa este Estado colonial. Por una parte está Cisjordania, donde Israel ha desarrollado un sistema de carreteras segregado que imposibilita cualquier movimiento palestino y permite total conectividad a los asentamientos ilegales judíos. Allí persiste el muro de segregación que sólo abre sus puertas a los colonos, aislando totalmente a los palestinos, lo que va de la mano con un recorte del territorio que impide a estos últimos no sólo desplazarse, sino también establecer una economía autónoma. Los escasos derechos derechos civiles de los palestinos al interior de Israel son reemplazados aquí por la justicia militar que, como hemos vista, castiga con altas penas de cárceles a niños y niñas que se opongan a vivir bajo los vejámenes de la ocupación.

Un segundo elemento del ensamblaje del Apartheid es Gaza, un territorio densamente poblado, que habiendo sido desconectado de la realidad de los Territorios Ocupados, se convirtió un campo de concentración a cielo abierto, donde la realidad más próxima es la del exterminio. Israel controla Gaza a través de drones, puestos de vigilancia armados sin humanos, por medio del bombardeo de las playas y los túneles a través de los cuáles los palestinos intentan contrabandear productos básicos para sobrevivir.

Si la tercera parte del ensamblaje son los palestinos del 48’, la nueva ley viene a convertirse en sí misma en un dispositivo, una cuarta articulación porque rige de forma jerárquica para las tres realidades. El derecho ordena intentando reemplazar la experiencia del diálogo y la potencia de lo común por un mandato imperativo, por una realidad inamovible. Con ello, Israel busca proteger, cercar, lo que es evidentemente inestable: la identidad judío-sionista, que comprende como impermeable y opuesta a la de los palestinos. Inestable porque como creación reciente (a fines del siglo XIX) nunca convenció a la totalidad de los judíos en el mundo y como realidad presente cada vez más espanta a aquellos que sintiéndose parte de la historia de los judíos no querrían que tal historia fuese vinculada a las atrocidades del sionismo.

Este último es un punto muy importante, porque el sionismo se ha presentado ante el mundo moderno como el rostro hegemónico del judaísmo, impidiendo que los propios judíos puedan reconocerse como parte de historias más diversas que las de los colonizadores de Palestina. Historias en las que la distinción entre árabes y judíos tenía amplias zonas difusas y donde la discriminación y el exilio provocado a uno no salvaban al otro. Historias en las que el único refugio de uno era el otro. Estas historias son desechadas por el sionismo que representa linealmente el tiempo de los judíos como expulsión-diáspora-retorno, reduciendo toda historia judía a una suerte de anhelo por volver a Palestina que se consumaría sólo a través de su conquista.

La tarea de oponerse al Apartheid israelí, entonces, es también una tarea judía. Una lucha necesaria por desprenderse de la mitología nacionalista y encontrar en la propia historia los pliegues de la experiencia común con otros pueblos. Y es, por supuesto, también una tarea de todos, independiente de sus adscripciones religiosas o étnicas, desprenderse de sus propios mitos fundacionales y aceptar que la existencia no es otra cosa que el ser-en-común. Frente a ella no hay ley que resista a la condena de verse inoperante. Para lo común como experiencia no es aceptable un Apartheid en ningún lugar del planeta.

Esto es lo que oponemos al sionismo y a su “Estado judío”: una política de lo común, de lo inapropiable. Una política imaginativa, que destruye los mitos nacionales, desactiva los discursos etno-religiosos y desmantela la idea de lo propio para abrir lo común al uso de todos.

Fuente: Mauricio Amar Díaz, El Desconcierto