2018 · 07 · 05 • Fuente: Mauricio Amar Díaz, Revista Pueblos

Palestina: Del Apartheid a la Resistencia del BDS

Lejos de cualquier reivindicación étnica, la población palestina es precisamente la enunciación, en términos políticos, de una identidad que asume una historia de mezcla.

Pocos lugares del mundo concitan tanta atención como Palestina. Un territorio pequeño que a lo largo de la historia ha sido escenario de importantes empresas de conquista y del surgimiento de religiones masivas como el judaísmo, el cristianismo y el islam. Todo ello, sin embargo, en un proceso de enorme intercambio, porque Palestina nunca fue el centro de un imperio, ni el lugar exclusivo de un determinado pueblo, sino un punto de contacto intercontinental en el que el flujo migratorio fue la constante. Lejos de cualquier reivindicación étnica, la población palestina es precisamente la enunciación, en términos políticos, de una identidad que asume una historia de mezcla.

En contraposición, a fines del siglo XIX aparece un proyecto nacionalista judío europeo, el sionismo, que se funda en la idea de la inmunización necesaria de un pueblo respecto a cualquier otro, modelo, por lo demás, que sirvió de plataforma ideológica para la creación de los Estados nacionales modernos. Israel nace, en este sentido, adoptando las propias tesis del antisemitismo europeo, que indicaba que las personas judías no podrían más que vivir en un Estadojudío, en un nuevo gueto que, sin embargo, al separarse de Europa, acuerda con ella y con las potencias mimetizarse lo más posible, hacer una réplica europea de gran poderío militar, con un mito fundacional poderoso, el sueño de la civilización frente a la barbarie nativa y el imaginario ingenuo, pero letal, de ser parte de un grupo homogéneo e impermeable. El antisemitismo es, de esta manera, consumado por Israel.

Decir esto resulta importante porque, tras la colonización de Palestina por parte del sionismo a fines del siglo XIX, pero especialmente con la Nakba (Catástrofe) de 1948, de la que nació el Estado de Israel en el 78 por ciento del territorio palestino, lo que se produce es el quiebre de un flujo histórico que hacía de Palestina un lugar de encuentro entre formas de vida singulares. Con la creación de Israel, avalada por Naciones Unidas, miles de palestinas y palestinos son asesinados y más de seiscientos mil son expulsados, conformando lo que hoy es una de las piedras de tope para cualquier solución al conflicto: el problema de los refugiados.

Pero la Nakba representa, además, el momento de la captura de Palestina, una absorción dentro del mundo estatal occidental que separa como un peligro contra la civilización quienes se han resistido a ser incorporados, sin más, en la gradiente clasificatoria de lo humano que el racismo decimonónico había establecido como lugar común. Una vez conquistada, la imaginaria oposición entre Oriente y Occidente funciona a partir de la incorporación definitiva de lo judío dentro de Occidente y la segregación y control colonial de las palestinas y palestinos: “terroristas”, “subversivos”, “incivilizados”.

Esta segregación adquiere otro cariz a partir de 1967, cuando Israel ocupa militarmente el 22 por ciento restante, conformado por Gaza (que había sido administrada hasta entonces por Egipto) y Cisjordania (administrada por Jordania), expulsando a otros cientos de miles de palestinos y palestinas de sus hogares y estableciendo de facto un gobierno militar sobre una población despojada de todo tipo de derechos, como el de moverse libremente por su territorio, establecer una economía propia, fundar partidos políticos o reunirse sin permiso militar, entre otros. Desde 1967, la ocupación de Palestina fue tomando cada vez más un enorme parecido a lo que Sudáfrica conocía como Apartheid, motivando la Intifada de 1987, momento en el que la población civil palestina decide sublevarse contra Israel para poner en jaque no solo su economía (cuyo consumo interno se basaba en gran parte en los Territorios Ocupados), sino la imagen del Estado sionista, que la prensa global deja en evidencia como potencia ocupante.

De la colonización al Apartheid

Fue, sin embargo, a partir de la firma de los Acuerdos de Oslo en 1993, con los que Yasser Arafat y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) decidieron poner término a la Intifada, que el proceso de colonización de Cisjordania y Gaza llegó a convertirse en un Apartheid. La política de asentamientos por parte de Israel (iniciada en 1967) adquirió una fuerza imparable, haciendo surgir un nuevo paradigma de sionismo basado en la religión, de modo que el eterno coqueteo entre sionismo y mesianismo se plasmó en una unidad. Fomentada durante los años noventa por gobiernos laboristas y del Likud, la política de los asentamientos llegó a transformar los Territorios Ocupados en bantustanes, islotes desconectados, atravesados por viviendas de población colona judía protegidas por el ejército y con plena conexión a todo el resto del territorio israelí.

El proceso de paz, firmado por la OLP e Israel bajo el patrocinio de Estados Unidos, creó una nueva realidad sobre el territorio. Los palestinos formaron una entelequia propia, la Autoridad Nacional Palestina (ANP), que a la luz de los años ha mostrado ser una institución vicaria de la ocupación israelí y, en muchos casos (como ocurre con la persecución de militantes de partidos críticos al proceso de Oslo), responsable directa de la represión sobre el pueblo palestino.

Pero, tal vez, uno de los mayores efectos de dichos acuerdos sobre la sociedad palestina sea la implementación de un marco económico neoliberal en los Territorios Ocupados, administrado conjuntamente por el Estado sionista y la ANP, que contó con el respaldo de las potencias que se incluirían en la lista de donantes. Todo ello, por supuesto, con el apoyo del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. La primera consecuencia fue la creación de un modelo de dependencia absoluta de la población palestina a las políticas fiscales israelíes, incluyendo el veto de Israel a cualquier inversión que considerara ajena a sus intereses. Asimismo, se llevó a cabo un proceso de bancarización y creditización de la vida palestina, la aniquilación de su industria y la conformación de una pequeña élite económica local, la que dirige la ANP.

De esta manera, un gran número de trabajadoras y trabajadores palestinos desempleados o precarizados queda en disposición de trabajar a bajo costo, incluso en los asentamientos israelíes, mientras Israel controla todos los recursos naturales y, por supuesto, el uso del suelo. Esto beneficia la malla de asentamientos ilegales, que anulan cualquier posibilidad de dar autonomía a la economía palestina. Las colonias sionistas, por el contrario, se integran de manera completa con el resto de Israel, creando empresas e interconectándose sin ninguna traba, llegando incluso a operar como fábricas offshore para la propia economía israelí[1].

En 2002 Israel inició la construcción de un muro de hormigón que sigue la trayectoria del límite de Cisjordania desde su interior, confiscando más territorio palestino, separando a familias enteras y dejando a los tres millones y medio de personas que viven allí con mínimas posibilidades de desplazamiento. Este muro, símbolo del Apartheid, no funciona como una estructura cerrada, sino que está compuesto por módulos que permiten en cualquier momento el desplazamiento de la población colona, para lo cual Israel ha llevado a cabo la construcción de una serie de carreteras y túneles por las que solo pueden circular israelíes.

El Muro fue declarado ilegal por la Corte Internacional de Justicia en 2004 por constituir una anexión de facto, no justificarse por motivos de seguridad y violar los Derechos Humanos de la población palestina. La Corte hizo un llamado a desmantelarlo completamente, a que Israel indemnizara y a que los Estados del mundo y Naciones Unidas actuasen. Pero de parte del Estado sionista no hubo ninguna respuesta más que el reforzamiento de la ocupación y el término del recorrido del Muro.

El Apartheid es un asunto estratégico para Israel. La segregación territorial, el control total del movimiento de la población palestina y la continua colonización (que significa la expulsión de miles de personas de sus hogares), que ha llegado a Jerusalén en la forma de un programa de judaización de los barrios del sector oriental, ha permitido al Estado alimentar el nacionalismo (y la cohesión interna), así como cumplir con las demandas de los sectores fundamentalistas religiosos.

A través de las colonias Israel controla todos los recursos naturales de Cisjordania, suministrándolos de forma reducida a la población palestina y abundantemente a la colona. El agua, el recurso más preciado en la región, es destinado a los palestinos en menor proporción de la necesaria según los estándares de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Un ejemplo: en Ramallah, las palestinas y palestinos disponen de 70 litros diarios por persona, mientras que los israelíes, incluidos los colonos, pueden emplear 300. Los habitantes de Londres consumen de promedio 150 litros por persona al día.[2]

Fractura interna

Tras casi una década sin que los acuerdos de paz tuvieran algún tipo de mejora en la vida de los palestinos y palestinas, el islamismo de Hamas (fundado en 1987) fue reemplazando en el horizonte político a los laicos burócratas de Al Fatah. La población comenzó a dividirse entre los dos partidos (en esa desesperanza estalló en 2000 la Intifada de Al Aqsa) y cuando Hamas ganó las elecciones internas se produjo la fractura total. Divididos para ser gobernados, la solución de dos Estados quedó en el suelo y el Apartheid se proyectó como el único futuro posible.

La no aceptación por parte de Mahmud Abbas del triunfo electoral de Hamas condujo a una guerra civil. Era una posibilidad ya incorporada en el diseño del plan de desconexión unilateral de Gaza en 2005, llevado a cabo por el entonces primer ministro, Ariel Sharon. Si el muro representó para Cisjordania el dispositivo fundamental para llevar a cabo el Apartheid, en Gaza esta función la cumplieron el retiro de los asentamientos y la entrega del control a la población palestina.

Esto puede parecer paradójico, pero Sharon sabía perfectamente que en Gaza la popularidad de Hamas era mayor a la de Al Fatah y una retirada generaría las condiciones favorables al enfrentamiento entre los partidos palestinos. La trampa fue perfecta: se marcharon los colonos ilegales pero nunca se entregó a la ANP el control territorio, que Israel domina por aire, mar y subsuelo. La toma del poder por parte de Hamas en Gaza fue la excusa para establecer lo que desde enero de 2008 se conoce como “bloqueo de Gaza”.

De ahí en adelante, la Franja de Gaza debe ser comprendida al mismo tiempo como parte integral del problema palestino y como un caso excepcional. Porque en Gaza la racionalidad del poder sionista no se manifiesta paradigmáticamente como un Apartheid, sino como un campo de concentración donde la muerte asoma como el destino más probable. Con sus aguas contaminadas en un 90 por ciento, sin acceso a medicamentos y ninguna posibilidad de comerciar con el exterior si no es a través del contrabando, Gaza se ha convertido en un lugar a punto de ser inhabitable, ante la mirada indolente de la comunidad internacional. La maquinaria de muerte sionista ha llevado a cabo innumerables campañas de bombardeos militares, entre ellas las de 2008 y 2014, cuando Israel asesinó a más de tres mil personas, la mayoría de ellas civiles.

Dos racionalidades de muerte: el Apartheid de Cisjordania y el campo de Gaza. Ambas conviven, se nutren mutuamente y se fundan en una ideología que ha cobrado en nuestros días una fuerza destructiva. En vez de los puntos de flujo, de movimiento, tal racionalidad establece muros y espacios de excepción, lugares de tortura y de muerte.

La resistencia del BDS

En 2005 grupos palestinos organizados en torno a las protestas contra el Muro del Apartheid lanzaron un llamado a la comunidad internacional conocido como campaña internacional de Boicot, Desinversión y Sanciones a Israel (BDS). Inspirado en la línea de acción que terminó por poner en jaque al Apartheid sudafricano, el BDS presenta una oportunidad para la acción política ciudadana a nivel global, que ejerce presión sobre los gobiernos locales al tiempo que permite evidenciar las injusticias a las que el Estado de Israel somete a los palestinos y palestinas de los Territorios Ocupados, a quienes viven dentro de Israel y a las personas exiliadas, imposibilitadas de retornar a su país.

El boicot se ha convertido en una seria amenaza para Israel. Ha sido declarado una prioridad para la seguridad del Estado, iniciándose desde el campo sionista una contracampaña que busca designarlo como una forma de antisemitismo. Acusación absurda si se considera que la premisa que organiza esta campaña internacional es el rechazo a cualquier forma de racismo, porque este es el componente fundamental que el sionismo ha instalado en Palestina desde la colonización.

Algunas formas de boicot han logrado tener una amplia aceptación, como la petición a la ciudadanía y los Estados para que no consuman productos elaborados en los asentamientos judíos declarados ilegales por el derecho internacional. Esta idea se ha instalado de tal forma que la Unión Europea decidió en 2015 etiquetar estos productos indicando su procedencia y no simplemente como Made in Israel. Por otro lado, la exigencia ética de nuestro tiempo deja muy corta esta respuesta. Debemos avanzar hacia el fin de todo vínculo comercial entre nuestros Estados e Israel hasta que este termine con la ocupación de Palestina.

El llamado del BDS ha tenido un enorme éxito en el mundo cultural, dado que muchos artistas han cancelado conciertos en Israel, solidarizándose con el movimiento. Pero también se ha hecho fuerte en los espacios universitarios, donde cada vez más organizaciones estudiantiles que se reconocen como parte de la campaña, logrando que a las autoridades israelíes les resulte difícil patrocinar eventos o mantener acuerdos con sus universidades.

El temor de Israel y sus lobbistas en el mundo tiene sustento real. El boicot es la forma de lucha que no dejará incólume ningún programa racista, ni en Sudáfrica, ni en Israel, porque su fuerza no es la de la diplomacia, tan acostumbrada a tolerar lo intolerable, sino la de la justicia, defendida por quienes dejan de estar disponibles para ser espectadores del horror y el exterminio de un pueblo. El historiador israelí Ilan Pappé señala[3], en este sentido, que “es nuestro primer y sagrado deber terminar con la opresiva ocupación y prevenir otra Nakba, y el mejor medio para lograr aquello es sostener la campaña por el boicot, desinversión y sanciones”.

La relevancia de la campaña BDS reside en que apela a la construcción de una nueva ética, que desarticula completamente el particularismo con el que el sionismo ha capturado la identidad judía, haciendo de la palestina un continuo entre todos los pueblos oprimidos. Palestina funciona, por medio del BDS, como una praxis política sin límites territoriales. Una puerta abierta hacia lo común de nuestra especie. Por eso Palestina puede tomar nombres prestados (Apartheid, diáspora) y puede donar otros para el libre uso por parte de los oprimidos (Intifada). Diluir los límites de nuestras identidades para denunciar la injusticia donde quiera que esta se produzca es lo que hace que Palestina sea el lugar en que todas las luchas se hacen una.

Sobre el autor: Mauricio Amar Díaz es doctor en Filosofía y profesor del Centro de Estudios Árabes en la Universidad de Chile.

Artículo publicado en el nº77 de Pueblos – Revista de Información y Debate, segundo cuatrimestre de 2018.

NOTAS:

1.- Ver Algazi, G., “Offshore Zionism”, en New Left Review, nº40, julio-agosto de 2006. http://newleftreview. org/II/40/gadi-algazi-offshore-zionism.

2.- Para más información sobre los recursos hídricos se puede consultar: www.phg.org.

3.- Pappé, I. (2015): “The boycott Will Work: An Israeli Perspective”, en Dawson, A.; Mullen, Bill V. (Eds.), Against Apartheid. The Case for Boycotting Israeli Universities, Haymarket Books, Chicago.

Sobre el caricaturista: Carlos Latuff (Río de Janeiro, 1968) estampa muros y pancartas alrededor del mundo desde el inicio de los años noventa.

Sus dibujos, diseminados a través de la red, ya tradujeron la lucha zapatista en México, la violencia policial en Brasil y las protestas en Egipto.

Gran parte de su energía está permanentemente enfocada hacia la resistencia palestina, una dedicación tan profunda que ya le ha costado ocupar el tercer puesto en la lista de “mayores antisemitas del mundo” e incontables críticas y amenazas por parte de instituciones cercanas a Israel.

Laura Daudén (Sâo Paulo) es periodista.  

Fuente: Mauricio Amar Díaz, Revista Pueblos