2018 · 06 · 12 • Fuente: Alejandro Duchini, El Intransigente

Cine Palestino: Una historia de fútbol, balas y libertad

Hasta este miércoles inclusive se podrá ver “Yallah Yallah” en el cine Cosmos (Argentina), película que cuenta cómo el deporte puede ayudar a vivir en medio de un permanente clima de guerra.

“Estoy contento desde todo punto de vista de que se haya suspendido el amistoso entre Israel y Argentina en Jerusalén. La Selección argentina no se podía presentar a lavar la imagen de Israel mientras se mata gente inocente. Encima, metiéndose en Jerusalén, tierra ocupada a la fuerza con el apoyo de Trump. Ese partido era un acuerdo político entre Macri y (el primer ministro israelí Benjamín) Netanyahu al que por suerte la Selección no se prestó. Las manifestaciones de repudio iban a hacer que la camiseta argentina se manchara de sangre, porque la sangre derramada del pueblo palestino se iba a limpiar con una camiseta argentina. Por suerte no pasó. Por suerte, como dice Diego, la pelota no se manchó”, le dice a El Intransigente el cineasta Fernando Romanazzo, hincha de All Boys y socio de Cristian Pirovano en “¡Yallah! ¡Yallah!” (¡Dale! ¡Dale!), producción argentino-palestina en la que se cuenta cómo se vive el fútbol en las calles y canchas de Palestina. Casi tres mil espectadores en las primeras dos semanas desde el estreno en el cine Gaumont. Para verla, quedan apenas horas: hoy y mañana son los últimos días que estará en la cartelera del cine Cosmos UBA, en la avenida Corrientes.

El amistoso entre Argentina e Israel iba a disputarse el sábado pasado como parte de un ritual-cábala (y viejo contrato) del seleccionado nacional previo a cada Mundial. “Es increíble las cosas que hicimos por pensar que así íbamos a ganar partidos”, se refiere a las cábalas Ricardo Giusti -integrante del campeón de 1986- en diálogo con el periodista Ricardo Gotta, autor del recomendado “Cábalas del fútbol”, que acaba de editar Edhasa. Pero ese partido, por el que la AFA había cobrado por adelantado casi dos millones de dólares, se tornó álgido cuando Israel decidió utilizar como escenario a Jerusalén, terreno de conflicto internacional en el que el presidente norteamericano Donald Trump avivó el fuego al anunciar el traslado de su embajada a esa ciudad. Lo que siguieron fueron amenazas a la seguridad de los jugadores argentinos (Messi, puntualmente) y reclamos para su suspensión. En medio del conflicto, el equipo de Sampaoli decidió no asistir.

Para entender mejor en qué marco iba a disputarse Israel-Argentina bien sirve “¡Yallah! ¡Yallah!”, cuya historia no empezó con el fútbol sino con la Primavera Árabe: Pirovano (hincha de Defensa y Justicia en primer lugar y de Boca en segundo) había viajado para hacer un trabajo de fotoperiodismo en un campo de refugiados en Palestina. Tan movilizado quedó que le propuso a Romanazzo hacer una película. La historia a contar era la de un palestino fanático del seleccionado argentino que decía tener la fórmula para que el equipo de Sabella ganara el Mundial de Brasil. Viajaron en 2014 y a los tres días de empezar a filmar su vida el hombre se bajó del proyecto. Romanazzo y Pirovano se encontraron en un país ajeno con contactos pero sin historias para contar. “Nos enteramos de que su hijo estaba por salir de la cárcel y por miedo a represalias decidió no participar de la película”, recuerda Romanazzo. 

Con el apoyo de la Federación Palestina de Fútbol y de la embajada de ese país en Argentina, pero sin el de la AFA, aparecieron cada vez más historias vinculadas al fútbol. “Me pareció fabuloso utilizar al fútbol para mostrar lo que no se suele mostrar, la cosa sencilla, diaria. Porque es más fácil empatizar con algo habitual como el fútbol que con bombardeos”, opina Romanazzo. Conocieron a Susan Shalabi, una alta dirigente del fútbol palestino que, con su trabajo,  les hizo dudar respecto del rol de la mujer en el mundo árabe. Por otro lado, un director técnico los contactó con otros futbolistas y aparecieron cada vez más vidas para contar. En el medio, dos viajes a Palestina: el primero en 2014 y el segundo en 2015. Registraron la intimidad hogareña de futbolistas, la precaria recuperación de un lesionado, partidos mixtos en potreros, hinchas alentando (casi siempre invocando a Dios) y calles custodiadas por soldados. 

“¡Yallah! ¡Yallah!” -declarada de Interés por el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales- está dedicada a la memoria de Mohammad Al-Qatri, un palestino que ayudó desde que llegaron. Tan compañero fue que se convirtió en amigo. Trabajaba en la Federación Palestina de Fútbol y vivía en un campo de refugiados. Una noche, tras una marcha, el ejército israelí entró a su barrio a buscar manifestantes. Cuando Al-Qatri salió a la calle y vio que los soldados querían detener a un menor de edad, intentó ayudarlo. La respuesta fue tajante: un disparo en el pecho. “Recibir la noticia de su muerte fue tremendo. Lo mataron entre que hicimos el primer y segundo viaje”, lamenta Romanazzo. Y agrega: “Desde lo personal, lo más duro fue la muerte de ese compañero nuestro entre la filmación. Me puso muy mal. Fue durísimo. Una impotencia tremenda. Además, es tremendo lo que se ve, cosas que no se pueden entender. Vimos cómo al hermano con síndrome de Down de un compañero se lo llevó preso el ejército israelí, sabiendo que son seres sin una gota de odio. Ahí te das cuenta del grado de odio que hay”.

Como contrapartida, Romanazzo apunta su optimismo en “la resistencia y la pasión” que ponen los palestinos en la vida diaria: “El famoso ‘vivir el día’. Ellos viven el día a día de verdad. Lo que hacen, lo hacen con muchas ganas. Por más que tengan trabas. Disfrutan de jugar al fútbol, de ver un partido, de comer en familia, de tomar un café. Cualquier situación la viven con felicidad: no saben si mañana estarán vivos o presos o qué. No saben qué va a pasar de un día al otro. Se nota que tampoco los pudieron doblegar. Esa pasión, esas ganas de vivir, aunque sea por pequeñeces, es un triunfo de todo el pueblo palestino”.

“En general son súper fanáticos del fútbol”, describe a los palestinos antes de decir que “te preguntan de dónde sos y enseguida hablan de Messi y Maradona. Después quieren saber si sos del Barcelona o del Real Madrid. Son muy fanáticos de ambos. Se me complicó explicarles que soy hincha de All Boys”, dice Romanazzo. Y después: “Me sorprendió gratamente la cultura de potrero que tienen. En cada lugar en el que se pueda hacer un picadito, lo hacen. Los más chiquitos juegan con chicas en el barrio y es fantástico. Pero la ocupación hace que no se consigan recursos, pelotas, camisetas. Si uno se lesiona no hay especialistas. En el torneo de Primera de la Liga sólo dos equipos tienen preparador físico”.

En medio de un habitual clima de violencia, para los palestinos el fútbol puede ser una válvula de escape, una ilusión a la que aferrarse. O una resistencia, como cuenta Romanazzo. “Para ellos es también una lucha. No una lucha armada sino desde la vida. Triunfar en cualquier ámbito en Palestina es un triunfo del ser palestino. De visibilizar que son seres humanos, que también quieren progresar y ser abanderados de la causa palestina a través del deporte, en este caso. La fuerza del deporte es muy importante”.

Fuente: Alejandro Duchini, El Intransigente