2018 · 05 · 18 • Fuente: Ramón Hdez. de Ávila, Nuevatribuna.es

Gaza: la vergüenza judía

La población de Gaza quiere mostrar su indignación ante el 70 aniversario de la Nakba, cuando el ejército israelí expulsó a casi 730.000 palestinos de su hogar

Foto: Twitter @Palestina

Hay pueblos que todavía, después de 5000 años de creerse culta y civilizada la Humanidad, pensando que progresaba, siguen estando sometidos y oprimidos, cuando no exterminados. Armenios, saharauis, kurdos, sirios, afganos, tibetanos, yemeníes, rohingyas, palestinos, pueblos y etnias de África y Latinoamérica, desde Méjico a Tierra del Fuego, y tantos otros para quienes las desgracias que impone la naturaleza, no son comparables a las que les imponen sus congéneres, sus  vecinos, las naciones que con armas de destrucción masiva e instantánea les borran del mapa, y con otras técnicas más sutiles, les exterminan día tras día, obligándoles a abandonar su tierra y sus hogares. Los desplazados, los refugiados, los emigrantes por múltiples y variados motivos, que vagan de frontera en frontera, convertidas en frentes de batalla, atentados a los derechos humanos, son la vergüenza de una humanidad que no quiere proteger a los suyos. Que vive sumida en la mentira, aceptada como verdad para seguir tranquila, conformarse, y vivir a su costa unos cuantos. La mentira institucionalizada de organizaciones internacionales, con rimbombantes nombres y grandes presupuestos, que miran para otro lado, inoperantes, porque quien las maneja, los Estados Unidos, dependen del capital judío. Una humanidad que desde los tiempos bíblicos no es capaz de plantearse la más mínima y fácil solución a esta tragedia cotidiana, mal endémico, que vive esta estúpida sociedad, guiada por locos y ciegos que se encamina al desastre universal.  Desde los tiempos bíblicos en que el único dios que cuenta es el dinero, desde el vellocino de oro de un pueblo que se creyó elegido por Yavé, y comenzó a adorar dioses falsos a sabiendas de que lo eran, andan los humanos catatónicos persiguiendo quimeras pensando que les darán la felicidad a cambio de matar a otros y ocupar sus tierras. Esto hace, sobre todo, el pueblo judío, confundiendo la tierra prometida con una bolsa de dinero. Un pueblo que despreciado y expulsado por otros que lo veían como un grave peligro desde dentro, ha venido haciendo alarde de esa elección divina, a la que dio la espalda, y de ese desprecio humano, exaltando, como única víctima, un holocausto, que ellos repiten desde hace más de medio siglo con sus vecinos. Un pueblo que fija su progreso en la industria armamentística y domina el mundo desde sus anónimos despachos industriales y financieros. Sobre todo financieros, como ha venido haciendo desde la caída del imperio romano. Por algo les echaban de todas partes, desde Egipto a acá. Incluso países y mandatarios de nula sospecha, como los visigodos o la reina Isabel, en España, su segunda patria, la Sefarad querida y ansiada que con tan buen corazón les acogió, y a la que pretendían manejar -como hicieron con otras naciones desde su esclavitud (Moisés, hijo adoptivo del faraón, José, administrador de sus silos...)- a su antojo y ganancia. Inventores de la usura, del interés, y de los bancos cuya influencia social se nota hoy como nunca.

Por si no tuvieran suficiente con haberles concedido hace 70 años un país, la “tierra prometida” que tanto añoraban, en perjuicio de sus vecinos, siguen invadiendo terreno, declarando guerras y  haciendo alarde de poderío a sabiendas de que los Estados Unidos y las organizaciones por ellos manejadas, como la ONU, se mantendrían calladas ante tanto desmán.

El conflicto entre Israel y Palestina, constante, violento y cotidiano, desde los inicios del siglo XX, como otros muchos, algunos señalados al principio de estas líneas, ha provocado en estos últimos años más de cinco millones de refugiados palestinos, a la par que siembra de cadáveres las desoladas ciudades palestinas, sus calles en ruinas, asesinando familias y asolando viviendas, haya o no guerra. Es uno de los conflictos históricos que se alarga en el tiempo y que hace años, al contrario de hoy, recrudecido con el desquiciado presidente de EE. UU, sr. Trump, estuvo a punto de encontrar una solución en las famosas e infructíferas conversaciones de Camp David bajo el patrocinio de Clinton, entre Yasser Arafat e Isaac Rabin. Desde finales del siglo pasado se han sucedido reuniones en las que nunca se ha llegado a nada concreto. Un loco -siempre hay un loco- echó para atrás los proyectos de paz, entonces, con el asesinato del líder israelita, Rabin, y ahora con la provocación del traslado de la embajada estadounidense a Jerusalén, inaugurada con gran parafernalia, y respondida con el agravamiento del conflicto. Mientras sigan así las cosas, y haya presidentes usureros y megalómanos, como Netanyahu y Trump, el Próximo Oriente se enfrenta a una difícil solución.

No hace todavía dos años, en 2016, gracias a la abstención de Estados Unidos, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó una resolución que exigía a Israel la paralización de asentamientos en territorio ocupado. No se ha respetado, e Israel sigue imponiendo su fuerza bruta, mientras los palestinos aguantan.

El pasado día 15 se celebró en Madrid una manifestación frente al Ministerio de Exteriores en protesta no sólo por la ocupación militar del gobierno israelí en Palestina, reivindicando el respeto a los derechos humanos y el derecho al retorno de los refugiados, sino también contra la respuesta desmesurada y sangrienta de la artillería del ejército de Israel ante la población inocente, que ha dejado más de 40 muertos, la mayoría niños y adolescentes, y más de 2000 heridos, medio millar muy graves. Esta manifestación junto a  las celebradas en otras ciudades del mundo, se unían a las que en Gaza de manera pacífica se realizan en estas fechas como parte de la NAKBA, la Gran Marcha del Retorno. Con ella, la población de Gaza quiere mostrar su indignación ante el 70 aniversario de la Nakba, cuando el ejército israelí expulsó a casi 730.000 palestinos de su hogar. En este triste aniversario asistimos, de nuevo, a la brutalidad que durante 70 años ha sufrido la población de Palestina. Para que luego hablen los judíos de su triste historia y de su holocausto. Se les debería caer la cara de vergüenza.

Mientras haya presidentes catatónicos, como Trump y Netanyahu, que no respetan acuerdos, ni desean negociaciones de paz, y mientras las organizaciones internacionales estén sometidas al capital judío y a su ejecutor, los Estados Unidos, se alejará más una solución justa para Palestina.

El alargamiento temporal y la brutalidad a la que se ve sometida, tanto Palestina como el resto de pueblos en situación semejante, es una vergüenza internacional.

GAZA              

            
Con el deseo de que acabe de una vez el conflicto
entre Israel y Palestina
y en toda esa zona de Oriente Próximo.

Hambre, tragedia,oaleti
dolor y miseria

Barcos de pesca,
frente a barcos de guerra.

Niños heridos o muertos
Bombardeos.
Campos arrasados y yermos.
Bombas y fuego.

Mueren los nietos
ante los abuelos.
Lloran las madres
ante los huérfanos.
La guerra entre hermanos,
donde por el desprecio
de religiones y huertos
algunos sacan buen precio.

Asco y vergüenza,
se matan gentes
y se arrasa la tierra.

¡Qué coraje!
Hablar de holocausto,
de mártires del nazismo,
cuando ellos siguen
haciendo lo mismo.

Poema inédito de la poeta hispano-argentina Inés Iovanetti.
Autora del libro Hemisferios II: Cuadernos del alma (de próxima aparición).

Fuente: Ramón Hdez. de Ávila, Nuevatribuna.es