2018 · 04 · 10 • Fuente: Ramzy Baroud, Middle East Monitor en Español

Por qué Israel se siente amenazado por la resistencia popular de Palestina

¿Por qué mato Israel a tantos manifestantes desarmados en Gaza y dejó más de 2.000 heridos el 30 de marzo y los días posteriores cuando claramente éstos no suponían ninguna amenaza para los soldados israelíes?

Las fuerzas de seguridad israelíes atacan a los palestinos con gas lacrimógeno durante la "Gran Marcha del Retorno" en Khan Yunis, Gaza, el 1 de abril de 2018 [Agencia Mustafa Hassona / Anadolu]

Cientos de soldados israelíes, la mayoría francotiradores, fueron desplegados en la zona letal que el ejército israelí ha creado entre la sitiada Gaza e Israel, cuando decenas de miles de familias palestinos celebraron concentraciones masivas en la frontera.

“Ayer vimos a 30.000 personas”, twitteó el ejército israelí el 31 de marzo. “Llegamos preparados y con los refuerzos precisos. Nada se llevó a cabo de forma descontrolada; todo estuvo medido y sabemos a dónde llegó cada una de las balas”.

El tweet, recogido por el grupo activista israelí B’Tselem, fue eliminado al poco tiempo. El ejército israelí debió darse cuenta de que matar a niños y alardear de ellos en las redes sociales es demasiado cruel, incluso para ellos.

La movilización popular palestina es un gran problema para Israel, en parte porque supone una pesadilla en cuanto a relaciones públicas. Al matar y herir a tal número de palestinos, Israel esperaba que las masas dieran un paso atrás y que las protestas se calmaran hasta eventualmente desaparecer. Pero este no ha sido el caso.

Pero el miedo israelí está más infundado. El poder del pueblo palestino unido, más allá de lealtades entre facciones, es inmenso. Interrumpe por completo la política y las tácticas militares de Israel, y pone a Tel Aviv totalmente a la defensiva.

Israel mató a esos palestinos para evitar precisamente esta situación. Dado que el asesinato a sangre fría de personas inocentes no ha pasado desapercibido, es importante que profundicemos en el contexto social y político que llevó a decenas de miles de palestinos a acampar y manifestarse en la frontera.

Gaza se asfixia. Los diez años de asedio israelí, sumados al abandono árabe y a la disputa entre las facciones palestina, han llevado a los palestinos al borde de la hambruna y de la desesperación política. Alguien tiene que ceder.

[Sarwar Ahmed/MiddleEastMonitor]

La movilización masiva de la semana pasada no se limitó a reclamar el derecho al retorno de los refugiados palestinos (reflejado en el derecho internacional) ni a conmemorar el Día de la Tierra, un acontecimiento que ha unido a los palestinos tras las protestas sangrientas de 1976. Esta manifestación pretendía trascender las luchas políticas internas y devolverle la voz al pueblo.

Existen muchas similitudes históricas entre este acto de movilización y el contexto que precedió a la Primera Intifada (o ‘levantamiento’) de 1987. En aquel momento, los gobiernos árabes de la región habían relegado la causa palestina como ‘el problema de otro’. Antes de acabar 1982, y tras ya haber sido exiliada a Líbano, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), junto a miles de combatientes palestinos, fue expulsada más lejos, a Túnez, Argelia, Yemen y otros países. Este aislamiento geográfico convirtió al gobierno tradicional de Palestina en irrelevante frente a lo que estaba sucediendo.

Y, en aquel momento de total desesperación, algo cambió. En diciembre de 1987, la gente (en su mayoría, niños y adolescentes) se lanzó a las calles en una movilización pacífica que duró más de seis años culminando con la firma del Acuerdo de Oslo en 1993.

Hoy en día el gobierno palestino se encuentra en un estado similar; cada vez es más irrelevante. Aislado, de nuevo, por la geografía (Fatah controla Cisjordania y Hamas, Gaza), pero también por las divisiones ideológicas.

En Ramallah, la Autoridad Palestina (AP) pierde cada día más credibilidad entre los palestinos, gracias a las muchas acusaciones por corrupción, y muchos piden la dimisión de su líder, Mahmoud Abbas, cuyo mandato, técnicamente, expiró en 2009. El pasado diciembre, el presidente de los EEUU, Donald Trump, empeoró el aislamiento de la AP al reconocer a Jerusalén como la capital de Israel, desafiando al derecho internacional y al consenso de la ONU. Muchos consideran esta decisión como un proyecto para marginar aún más a la AP.

Hamas – originalmente un movimiento de base surgido en los campamentos de refugiados de Gaza durante la Primera Intifada – también se ha visto debilitado por el aislamiento político.

Recientemente parecía haber un rayo de esperanza. Tras varias iniciativas fallidas para la reconciliación con Fatah, se firmó un acuerdo entre ambas partes rivales el pasado octubre en El Cairo.

Por desgracia, al igual que los intentos previos, empezó a fallar casi inmediatamente. El primer obstáculo apareció el 13 de marzo, cuando primer ministro de la AP, Rami Hamdallah, sufrió un intento de asesinato. Hamdallah se dirigía a Gaza a través de un cruce fronterizo israelí. La AP culpó a Hamas del ataque, lo cual negó vehemente. La política de Palestina retrocedió a la casilla de salida.

Pero entonces llegó la semana pasada. Miles de palestinos caminaron pacíficamente hacia la ‘zona de amortiguamiento’ de la frontera de Gaza bajo la mirada de los francotiradores israelíes con una intención clara: que el mundo les viera como ciudadanos normales, demostrar ser seres humanos como todos los demás, personas que, hasta ahora, han sido invisibilizadas por los políticos.

Los ciudadanos de Gaza montaron tiendas de campaña, socializaron y ondearon banderas palestinas – no banderas de las distintas facciones. Las familias se reunieron, los niños jugaron, e incluso había payasos de circo para entretenerles. Se creó un momento único de unidad.

La respuesta del ejército israelí era predecible. Para disciplinar a los palestinos, asesinaron a 15 manifestantes desarmados e hirieron a otras 773 personas tan sólo durante el primer día.

Respetadas personalidades de todo el mundo condenaron esta masacre, entre ellos el Papa Francisco o Human Rights Watch. Puede que esta pizca de atención suponga una oportunidad para los palestinos para llevar a los titulares mundiales la injusticia del asedio que sufren pero, por desgracia, eso no es consuelo para las familias de las víctimas.

Consciente de este momento de atención internacional, Fatah se atribuyó rápidamente este acto espontáneo de resistencia popular. El vicepresidente Mahmoud Al-Aloul afirmó que los manifestantes se movilizaron para apoyar a la AP “frente a la presión y las conspiraciones ejercidas contra nuestra causa”, refiriéndose, sin duda, a la estrategia de Trump para aislar a la AP.

Pero nada de esto es cierto. La movilización consistió en un pueblo que quiso expresarse más allá de los límites de los intereses faccionales; una nueva estrategia. Esta vez, el mundo debe escuchar.

Fuente: Ramzy Baroud, Middle East Monitor en Español