2017 · 12 · 15 • Fuente: Rashid Jalidi, Palestine Square / Rebelión (Traducción para Rebelión de Loles Oliván Hijós.)

Tras lo de Jerusalén EE.UU. ya no puede ser mediador

No hay mal que por bien no venga. El torrente de problemas que Donald Trump ha desatado al reconocer Jerusalén como la capital de Israel afectará a la política de Estados Unidos y a la construcción de la paz en Oriente Próximo durante muchos años. No se puede des-reconocer un capital una vez que se ha reconocido. Cualesquiera que sean las reservas que pueda ofrecer, Trump ha aceptado la anexión efectiva por parte de Israel de grandes extensiones de Cisjordania ocupada al Gran Jerusalén, y la proclamación de toda esa zona como su “capital eterna e indivisible”.

Pero al precipitar la dilatada crisis de Oriente Próximo y al cargar a los futuros legisladores estadounidenses con el fardo de tener que lidiar con el desastre que ha causado, Trump, sin pretenderlo, ha puesto en evidencia la realidad: ha hecho añicos el podrido statu quo del “proceso de paz” estadounidense que durante un cuarto de siglo no ha servido más que para afianzar y legitimar la ocupación militar y la colonización de territorios palestinos, dificultando aún más una paz justa y duradera entre el pueblo palestino y los israelíes.

Después de lo de Trump, ¿cómo puede pretender seguir mediando quien ha actuado siempre como un indigno intermediario, el “abogado de Israel”, en palabras del veterano oficial del Departamento de Estado, Aaron David Miller? En términos prácticos, Trump ha asumido como propia la posición israelí de que todo Jerusalén pertenece exclusivamente a Israel, y que todo –incluidas las áreas que se extienden más al norte, al sur y al este de la ciudad– es la capital de Israel, negando a los palestinos cualquier derecho nacional o político sobre ellas. Con ello, sitúa a Estados Unidos en una posición que contraría prácticamente a todos los palestinos, a los árabes y a los musulmanes, y a la mayoría de los pueblos y gobiernos de todo el mundo.

Ya no puede haber –y no debería haber– retorno a la periclitada fórmula que ha regido durante décadas según la cual Estados Unidos se confabulaba en privado con Israel y ambas potencias imponían posteriormente su voluntad a los palestinos. Así era imposible lograr una paz justa y duradera; solo sirvió para obligar a la parte más débil a someterse a la voluntad del más fuerte, lo que a su vez intensificó y prolongó el conflicto. Si eso cambia, se abre un rayo de esperanza en lo que promete ser una debacle para la diplomacia estadounidense y para la estabilidad de Oriente Próximo.

Si, además, la acción de Trump opera en contra del nefasto plan que está vendiendo el yerno presidencial, Jared Kushner, –aunque en realidad haya sido elaborado en Israel– eso sería algo muy positivo. Informaciones fiables indican que el plan de Kushner prevé un “Estado” palestino sin continuidad territorial en una fracción de Cisjordania y Gaza, sin su capital en Jerusalén, sin soberanía real, sin control sobre sus propias fronteras o su seguridad, y sin ninguna derecho al retorno para los refugiados palestinos. Llamar a esta parodia un bantustán sería un insulto al apartheid de Sudáfrica. Ningún dirigente palestino podría aceptar algo así sin perder su dignidad y el apoyo de su propia gente.

Otro aspecto positivo es que los monarcas y dictadores árabes que cortejan a Israel con la esperanza de aliarse con él contra su hombre del saco, Irán, se han visto forzados a ponerse a cubierto. Ahora vendrá la sonora y hueca unanimidad habitual de los Estados árabes y de la Liga Árabe en apoyo de los palestinos para enmascarar una realidad ineludible: en la región del mundo con más monarquías absolutas y dictaduras del mundo, los gobernantes se ven obligados una vez más a prestar atención a las opiniones de los gobernados. Por mucho que los opriman esos terribles regímenes, la mayoría de los árabes se identifica profundamente con los palestinos, y sean musulmanes o cristianos consideran que Jerusalén es sagrada y que forma parte de su patrimonio. Ningún gobernante árabe se atreve a oponerse a esta realidad.

Al asestar un golpe al derecho internacional, a múltiples decisiones de Naciones Unidas y a 70 años de política estadounidense, al retroceder a la Resolución de la partición de noviembre de 1947, Trump, a pesar de sí mismo, ha mostrado involuntariamente una vía para abordar la cuestión de Palestina de mejor forma que cualquiera que se haya ofrecido durante mucho tiempo.

Hay que abandonar la idea de que el partidario más ferviente de Israel y su principal proveedor de dinero y armas puede ser un mediador. Estados Unidos no es neutral: es parte en este conflicto porque respalda incondicionalmente a Israel. Y ello a pesar de que las encuestas muestran nítidamente que la mayoría de los estadounidenses quieren que Estados Unidos sea neutral e imparcial en sus relaciones con israelíes y palestinos, y que casi la mitad de todos los estadounidenses, y la mayoría de los demócratas, estarían a favor de apoyar sanciones o acciones más contundentes contra Israel por la construcción de asentamientos.

En lugar de que Estados Unidos monopolice las negociaciones, lo que hace falta es un intermediario internacional verdaderamente imparcial. Hay que abandonar ya la camisa de fuerza de Oslo diseñada expresamente por el gobierno israelí para confinar y controlar a los palestinos y permitirle colonizar y ocupar territorios palestinos a su antojo.

Las bases completamente renovadas para establecer negociaciones deben ser todas las resoluciones de la ONU, incluida la Resolución 181 de la Asamblea General, que reconoce el derecho de los palestinos a un Estado mucho más grande que Cisjordania y Gaza (o que las porciones previstas en el plan de Kushner), y la Resolución 194, que garantiza el retorno y la indemnización a los refugiados palestinos expulsados durante el establecimiento de Israel. Frente a los argumentos sesgados que han guiado todas las negociaciones previas, hay que retornar a los principios fundamentales de justicia e igualdad para ambos pueblos involucrados en este conflicto.

Está claro que Donald Trump no lo pretendía pero tal vez con su último movimiento ha acabado tirando piedras contra su propio tejado y ello puede ayudar a los palestinos y a los árabes a salir del desierto en el que vagan desde hace demasiado tiempo. Ojalá su acción aliente a los europeos y a otros actores internacionales a superar la resistencia de Estados Unidos, a asumir sus responsabilidades internacionales y a empezar a comprometerse de verdad en Oriente Próximo. Porque Trump nos ha demostrado que la paz en Palestina es un asunto demasiado serio como para dejarlo en manos del siniestro grupo de Keystone Cops que gobierna actualmente en Washington.

Fuente: After Jerusalem, the US Can No Longer Pretend to Be an Honest Broker of Peace

Fuente: Rashid Jalidi, Palestine Square / Rebelión (Traducción para Rebelión de Loles Oliván Hijós.)