2017 · 11 · 29 • Fuente: La Vanguardia - España

Setenta años después de la partición de Palestina

Ilan Pappe, historiador, profesor de la Universidad de Exeter y director del Centro Europeo para Estudios Palestinos

La conmemoración del plan de la ONU para la partición de Palestina, el 29 de noviembre de 1947, es decir, hace hoy 70 años, está estrechamente relacionada con el centenario de la declaración Balfour. En la Declaración Balfour, Gran Bretaña presentó a Palestina como promotora de la colonización sionista y el plan de partición proporcionó la legitimidad internacional definitiva para el proyecto judío en Palestina. Así que los dos eventos están estrechamente relacionados. Esto se aclara aún más cuando se revisa el trasfondo de la resolución y su impacto.

Tras la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña recibió de la Sociedad de Naciones el mandato para gobernar Palestina y en 1947 lo devolvió al sucesor de ese organismo: la entonces recién creada Organización de las Naciones Unidas (ONU). El mandato estaba destinado a ayudar a la población originaria a llegar a la autodeterminación, pero Gran Bretaña traicionó esa obligación mediante la incorporación de la Declaración Balfour dentro de la carta del mandato. Y, en lugar de ayudar al pueblo palestino a alcanzar la independencia, los británicos permitieron que el movimiento sionista de colonos construyera una infraestructura para el futuro estado de Israel.

Esta política británica y la consiguiente expansión de los asentamientos se encontraron con la resistencia del movimiento nacional palestino, que recibió represalias tanto por británicos como por sionistas, lo que convirtió a Palestina en una carga para el antiguo Imperio. Tras un invierno particularmente frío y una crisis económica, junto con la decisión de abandonar la India, Gran Bretaña decidió devolver el mandato a la ONU en febrero de 1947.

La ONU debatió el destino de Palestina entre febrero y noviembre de 1947. Encomendó la tarea al Comité Especial sobre Palestina (UNSCOP), compuesto por estados miembros. Hubo dos factores que influyeron muy especialmente a la solución que finalmente ofrecieron las Naciones Unidas. Uno fue el Holocausto. La comunidad internacional buscaba una forma rápida de compensar a los judíos europeos por el horrible genocidio que padecieron durante la Segunda Guerra Mundial legitimando su colonización. El segundo factor fue la decisión de los líderes palestinos y de la Liga Árabe de no cooperar con los esfuerzos de la ONU. Esos políticos sintieron que, cooperando con la ONU, los palestinos estarían concediendo al movimiento sionista -incluso antes de que se llegase a una solución- un derecho sobre Palestina igual al suyo. Cabe destacar que los colonos judíos llegaron a Palestina solo unos años antes, y otorgarles el mismo estatus era impensable desde el punto de vista de los palestinos, por lo que rechazaron de plano que los judíos del mundo fuesen compensados a su costa.

Esa situación llevó a que UNSCOP negociara principalmente con el movimiento sionista, cuyos líderes sugirieron a la ONU que aprobase una partición por la cual se concediese el 80 % del territorio para creación de su futuro estado. Finalmente, el Comité Especial concedió el 56 % a los judíos y el 43 % a los palestinos. El resto iba a quedar bajo dominio internacional.

Este mapa fue presentado a la Asamblea General de la ONU el 29 de noviembre de 1947 y, con la ayuda de grupos de presión estadounidenses, recibió el apoyo de los dos tercios requeridos de la Asamblea. El movimiento sionista se sintió molesto por algunos aspectos, mientras que los palestinos lo rechazaron por injusto e inaceptable. Pero la resolución fue aprobada.

La insatisfacción de los judíos respondía el porcentaje de tierra que se les concedió y a otras cuestiones de la resolución: el futuro estado de Israel iba a incluir un número casi igual de judíos y palestinos y se preveía una unidad económica entre las dos naciones futuras. Sin embargo, el liderazgo sionista aceptó la resolución, siendo consciente del rechazo palestino y queriendo ganar la batalla diplomática. Además, los judíos contemplaban, incluso antes de que se adoptase la resolución, el uso de la fuerza para establecer qué parte de Palestina sería judía y cuántos palestinos permanecerían en el futuro estado de Israel. Finalmente, tomaron el 78 % del territorio y expulsaron por la fuerza a 750.000 palestinos (el 80 % de todos los que vivían en ese 78 %). Esa limpieza étnica tuvo lugar entre febrero y diciembre de 1948 y dejó la mitad de los pueblos palestinos destruidos y casi todas sus ciudades despobladas. Lo que realmente les importaba era el reconocimiento internacional del Estado judío.

Por otro lado, los palestinos, durante años -y en muchos lugares aún hoy-, son acusados de haber perdido una oportunidad para la paz y de merecer su destino por rechazar el plan de partición. Sin embargo, los académicos han comenzado a esclarecer los hechos y empieza a quedar claro que fue un plan injusto, diseñado para resolver la problemática entre Europa y sus comunidades judías y basado en una total ignorancia sobre la realidad en el terreno por la mayoría de los miembros de UNSCOP.

Por regla general, la partición es utilizada por potencias coloniales para facilitar el control o para que movimientos de colonos tomen todas las tierras que puedan, especialmente cuando es su última opción porque no tienen más capacidades de actuación. Y no es algo con lo que los movimientos de liberación habrían estado de acuerdo: los argelinos no habrían dividido su patria con los colonos franceses, ni la comunidad africana habría consentido algo parecido como condición para acabar con el Apartheid. El mundo no debió haber pedido a los palestinos que aceptaran ese plan en 1947, ni debería respaldarlo hoy como una solución. Peor aún, la comunidad internacional debió haber vaticinado que el único resultado de ese plan de partición iba a ser la catástrofe que efectivamente aconteció al pueblo palestino.

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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