2017 · 10 · 24 • Fuente: El Espectador

De los olivos a las cenizas

"Un reino de olivos y ceniza" (Random House) recopila textos de 26 escritores que están en contra de la ocupación de Palestina por parte del Estado de Israel. Desde Mario Vargas Llosa (Perú), hasta Anita Desai (India), pasando por Fida Jiryis (Palestina), cada autor presenta distintas facetas de la ocupación.

En 1948 se declaró el acuerdo Tel Aviv, que pactaba la creación del Estado de Israel, asignándosele así un territorio dictaminado por las Naciones Unidas. En  1967, en el marco de ‘La guerra de los seis días’, comenzó el denominado ‘conflicto árabe-israelí’, cuyo núcleo ha sido una problemática de soberanía entre la Autoridad Nacional de Palestina y el Estado de Israel, dado que en ese año Israel comenzó una ocupación a los territorios de la Franja de Gaza, el Este de Jerusalén y Cisjordania, bajo el nombre de un supuesto protectorado, justificado a partir de citas de la Torá.

Si bien no todos los árabes son musulmanes -como lo aclaró Maxime Rodinson en su libro Los árabes-, también los hay cristianos y judíos, ni todos los musulmanes son árabes, quienes han padecido mayoritariamente estos 50 años de ocupación han sido árabes musulmanes y árabes cristianos.

Entre los 26 textos, algunos son cuentos y otros están escritos como nota periodística, tal es el caso de Jugar por Palestina, donde el autor, nacido justamente en Israel, Assaf Gravon, cuenta algunas de las vicisitudes que ha sufrido la Selección Palestina para salir de su país al momento de cumplir con las Fechas FIFA, en las que la fuerza armada israelí tiene la posibilidad de dejarlos salir o no, o de dejar salir o no a algunos de sus jugadores: la mayoría de veces lo hacen con alguna de sus figuras más importantes; la ocupación tiene amenazada a Palestina hasta en el fútbol.

Es interesante el comienzo de la nota de Gravon. “En un anuncio televisivo de 2009 para la operadora de telefonía Cellcom, un jeep circula junto a un muro de hormigón gris, que tiene exactamente la misma apariencia que la barrera de separación existente entre Israel y Cisjordania”, entonces, de la nada, como llegó Israel a Palestina, cae un balón sobre el capó del Jeep y los soldados que en él se encuentran lo devuelven por encima del muro, luego regresa, lo devuelven, regresa, lo devuelven, y así la operadora se legitima como constructora de armonía en medio de esa nefasta ocupación cerrando el comercial con un narrador que dice “¿qué es lo que quieren todos? ¡solo un poco de diversión!”. Ante esto, Gravon añade: “Pocos días después de que fuera emitido (…) el anuncio, los palestinos de Bil’in decidieron estudiar el escenario que refleja y qué aspecto podría tener en el mundo real. En su vídeo se escucha la misma banda sonora playera, unos palestinos juguetean con el balón de fútbol y a continuación lo lanzan de una patada al otro lado de la valla. En respuesta, los soldados israelíes lanzan granadas de gases lacrimógenos”.

En muchos de los otros relatos se presentan varios aspectos distintos a la ocupación militar, algo a lo que se ha limitado el cubrimiento mediático. Se humanizan los palestinos que se han invisibilizado a los largo de estos 50 años, se le da voz a una enorme cantidad de personas que seguramente se culpan a diario por el hecho mismo de haber nacido, que lamentan constantemente la ausencia de libertad al momento de transportarse puesto que nunca saben si el control israelí estará abierto o cerrado, por la imposibilidad de vivir en cualquier parte del propio país simplemente por ser árabe y no agradar a los colonos israelíes; se tiene en cuenta la inocencia de tantos pequeños que aún no entienden por qué los desalojan de su hogar, por qué en la noche entran a sus casas a asesinar a algún familiar, por qué si tienen clase en la mañana deben salir desde las 5am no sea que más tarde les cierren el puesto de control. Esta situación ha llegado a ocupar la esencia misma de la identidad palestina, desapareciendo así su dignidad, escupiendo en las páginas de su historia y asesinando una a una las esperanzas de ser libres en pleno siglo XXI. En síntesis, me atrevería a afirmar que cada uno de esos relatos tiene como inicio y fin, entre otras, la idea de que “los palestinos están haciendo un favor histórico colosal a Israel llamando ocupación a esto”.

El teórico palestino Edward Said (1935-2003), en su libro Orientalismo puso en cuestión la forma en que Occidente (principalmente Estados Unidos) estudiaba desde la Academia a Oriente, y cómo ello “puede apoyar las caricaturas que propaga la cultura popular” para con Oriente, bien sea a través de la xenofobia o la estigmatización. Por ejemplo, Said menciona que “la guía del curso 1975 publicada por los estudiantes no graduados del Columbia College decía, a propósito de los cursos de árabe, que una de cada dos palabras en esta lengua tenía que ver con la violencia y que el espíritu árabe, según lo refleja la lengua, está siempre lleno de afectación”, nada lejano de que, por tanto, “en el cine y en la televisión, el árabe se asocia con la lasciva o con una deshonestidad sanguinaria. Aparece como un degenerado hipersexual  (…), sádico, traidor y vil. Comerciante de esclavos, camellero, traficante, canalla subido de tono: estos son algunos de los papeles tradicionales que los árabes desempeñan en el cine".

Por ello, ante tanta falsedad que se ha construido en Occidente desde la Edad Media sobre los árabes, sobre el Islam, y sobre Oriente Próximo y Medio, a Said le resulta curioso que las importantes facultades occidentales de ciencias sociales que estudian las culturas y la historia de dichos territorios, no fijen su atención en la literatura que allí se ha creado, quizás porque al hacerlo se desmontaría la barbaridad de construcción que se ha hecho sobre Oriente, y, entonces, ese salvaje e inculto objeto de estudio pasaría a ser un ‘otro’ reconocido, se humanizaría.

Siendo así, quisiera cerrar con esta cita tomada de Sami, escrito por el palestino Raja Shehadeh: “Toda la zona había sido en otro tiempo propiedad de los palestinos. Los sesgados rayos de sol de media tarde iluminaban la piedra caliza y bañaban de brillo las ramas de los olivos, resaltando su lustre plateado. En medio del campo situado más allá había ásperos arbustos de retama que brillaban al sol como si fueran faroles. Cómo podían afirmar los colonos que no había nadie viviendo en aquellas tierras antes de que ellos llegaran resulta verdaderamente desconcertante”.

Fuente: El Espectador