2017 · 09 · 20 • Fuente: Mauricio Amar Díaz, El Desconcierto - Chile

Palestina: Más allá de la identidad

Han sido los palestinos de Gaza, encerrados en el campo de exterminio más grande del mundo, los que han articulado redes de solidaridad con el movimiento Black Lives Matters en Estados Unidos, reconociéndose como parte de una lucha común. Y son los palestinos que luchan contra el muro del Apartheid los que han interpelado al mundo con la campaña por el Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) contra Israel, cuyo llamado apela menos a los Estados que a sus ciudadanos, independientemente de su nacionalidad, religión u otra adscripción.

El problema palestino pertenece al siglo XX. Al doloroso proceso de formación de identidades nacionales, que hicieron coincidir en la fórmula del Estado tanto la pertenencia indiscutible a un colectivo homogéneo como la fijación de un destino inalcanzable llamado progreso. En ocasiones la homogeneidad se articuló discursivamente a partir de las teorías raciales heredadas del siglo XIX, que tanto dolor causaron en la medianía del XX; en otras, el vínculo se justificaba como un proyecto cultural, especialmente allí donde los Estados se conformaban o modificaban profundamente a partir de oleadas de migrantes. Es en ese contexto del fortalecimiento de lo propio que un territorio como Palestina, históricamente atravesado por múltiples identidades, termina transformándose en el suelo a controlar para teorías nacionalistas y, como tales, exclusivistas.

El sionismo (nacionalismo judío), que nace a fines del XIX en Europa, encuentra en el siglo pasado la posibilidad concreta de construir un Estado en Palestina, dejando a los habitantes de ese país la única alternativa de colocar en su propio horizonte la figura estatal, pues de eso dependía la posibilidad de integrarse en el mundo de las naciones. En este sentido, el sionismo anula el tránsito identitario, la mezcla que le era propia a un territorio. La Palestina árabe, armenia, hebrea, griega podría haber sido nuevamente el lugar de la experiencia de lo común, pero terminó siendo solamente un cúmulo de cárceles y campos de exterminio.

El Estado sionista nace adoptando las tesis del antisemitismo, que indicaba que los judíos no podrían más que vivir en un Estado-judío, en un nuevo gueto que, sin embargo, al separarse de Europa acuerda con ella y con las potencias, mimetizarse lo más posible, hacer una réplica europea de gran poderío militar, con un mito fundacional poderoso, el sueño de la civilización frente a la barbarie nativa y el imaginario ingenuo, pero mortal, de ser parte de un grupo homogéneo e impermeable. El antisemitismo es, de esta manera, consumado por Israel.

La identidad conflictuada y heterogénea del judío europeo –que precisamente se había ganado la odiosidad de los Estados racistas, por su carácter permanentemente subversivo, profanador de teorías esencialistas- da paso, con la creación de este Estado a una masa compacta que asume como propio el destino del desarrollo civilizatorio, siempre tan coqueto con el exterminio. Élisabeth Roudinesco dice de Theodor Herzl -el padre del sionismo político- que evidentemente “había interiorizado el odio a los Judíos y así mismo hasta el punto de considerar que los antisemitas tenían razón al querer librarse de aquellos intrusos” [1]. El odio a sí mismo es una característica fundamental de todos los proyectos racistas modernos. El otro al que se debe domar o exterminar tiene diferentes formas y aparece bajo diferentes signos. Puede ser el pasado y la memoria que se debe invisibilizar y opacar para hacer surgir recuerdos cronológicamente –causalmente- coherentes con el presente victorioso o el futuro esperanzador; puede ser otro pueblo –los palestinos- en el que se representa el propio pasado o la negación de todo lo que no se quiere ser, pero se es desde siempre; y puede ser también, por qué no, la imagen de lo que no se ha podido capturar –la identidad judía en su totalidad- que ronda como el enemigo interno. El Estado nación no puede sobrevivir sino bajo el recurso del miedo a lo múltiple, a lo otro que es desde siempre el flujo en el que toda identidad se encuentra modulada.

Hanna Arendt, que coqueteó con el sionismo y terminó siendo objeto de duras críticas por su implacable análisis de las terribles consecuencias del nacionalismo, denuncia, algunos años antes de la creación de Israel, el fiasco que supone la esencialización identitaria de los judíos, cuyo punto de partida es el sionismo europeo-occidental de Herzl. En él, “el odio a los otros ha llegado a ser una fijación y luego es desplazado hacia un falso objetivo: la substancia Judía. Esta substancia Judía toma la forma de Judíos en una situación anómala y puede ser expresada, por lo tanto, anómalamente. El último objetivo de la política judía [del sionismo] es la normalización de las condiciones para el desarrollo de la substancia Judía. Llegar a ser un pueblo como todos los otros pueblos –este es el objetivo, pero siempre con una provisión específica: como todos los pueblos”[2]. La consigna «como todos los pueblos» no diluye la identidad en una comunidad internacional, sino por el contrario, es la nomenclatura a partir de la cuál se establece la diferencia absoluta, que no es opuesta de ninguna manera a la idea de «pueblo elegido», en tanto en el imaginario estatal cada nación es, en su carácter homogéneo, desde siempre un Pueblo elegido (la mayúscula es importante). La alternativa al pueblo elegido no es un pueblo como los demás, en estos términos, sino sólo el fin de las categorías esenciales como Pueblo, Nación y de la coincidencia entre ellas y el Estado.

Si a los palestinos no les ha quedado más remedio que ingresar en la problemática nacional bajo la lógica estatal y buscar a toda costa constituir un Estado para frenar el expansionismo sionista, la propia experiencia de la lucha palestina sólo puede ser entendida desde su cosmopolitismo. Fueron los exiliados palestinos los que construyeron una organización paraestatal que viajaba por todos los continentes buscando apoyo a la causa de liberación nacional. Fueron los refugiados palestinos, desplazados dentro y fuera de la palestina histórica, los que se levantaron contra el ejército de ocupación reclamando igualdad de derechos civiles y políticos. Han sido los palestinos de Gaza, encerrados en el campo de exterminio más grande del mundo, los que han articulado redes de solidaridad con el movimiento Black Lives Matters en Estados Unidos, reconociéndose como parte de una lucha común. Y son los palestinos que luchan contra el muro del Apartheid los que han interpelado al mundo con la campaña por el Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) contra Israel, cuyo llamado apela menos a los Estados que a sus ciudadanos, independientemente de su nacionalidad, religión u otra adscripción.

En la misma resistencia contra la ocupación, salta a la vista que la única posibilidad es la comprensión de su fundamental cosmopolitismo. Frente a la destructiva idea de un Israel para los judíos, los palestinos han planteado la necesidad del fin del sistema de ocupación y Apartheid, la igualdad de derechos para todos los habitantes del territorio y la necesidad de encontrar una solución justa al problema de los refugiados. Probablemente ese no sea el programa de Abbas y la ANP, que a estas alturas se han convertido en los carceleros mejor cuidados por Israel y no ven en el horizonte más que el poder que les entrega el status quo. Si para Israel y la ANP el Estado funciona como el dispositivo de separación entre dos identidades propias, lo que la Intifada palestina, el BDS y la propia solidaridad mundial muestran, es que lo común no tiene territorio definido, ni lengua particular, sino sólo un caudal por el que fluir, más allá de cualquier identidad.

[1] Roudinesco, E., A vueltas con la cuestión judía, trad. Moya, A., Anagrama, Barcelona, 2011, p. 99.

[2] Arendt, H., “Antisemitism”, en The Jewish Writings, Schoken Books, New York, 2007, pp. 46-121, pp. 54-55.

Fuente: Mauricio Amar Díaz, El Desconcierto - Chile