2017 · 08 · 31 • Fuente: Dr Samah Jabr, Middle East Monitor en Español

La llamada del cielo: Superando los límites de la ocupación

En Gaza, las fronteras se han convertido en una soga que estrangula a su pueblo.

Mujeres palestinas sostienen a sus hijos mientras esperan para atravesar el cruce de Rafah entre Gaza y Egipto [Mustafa Hassona/Anadolu Agency]

En un estado psicótico, una paciente de 16 años de Cisjordania fue más allá de sus propios límites: “Vi el cielo volverse rojo y sentí una llamada… Miré a los ojos de las personas y vi que ellos también estaban emocionados y entendían la llamada del cielo”.

Comprendió que Jerusalén había sido liberada y que la llamada le pedía avanzar en su dirección. Su deseo de libertad, su profundo deseo de fundirse con una Jerusalén liberada surgió para reemplazar la realidad política. Esta bella visión psicótica resultó en su ataque y captura por parte de la policía fronteriza. Aunque docenas de jóvenes palestinos han sido asesinados en los puntos de control, ella sobrevivió para contar su historia.

A diferencia de los débiles límites psíquicos de mi paciente, los límites y fronteras geopolíticas erigidas por la ocupación israelí son rígidamente evidentes. Los check points no sólo nos roban terreno y recursos naturales, clasificando y fragmentando nuestra identidad palestina como habitantes de Jerusalén, de Gaza, cisjordanos, palestinos de 1948, refugiados y exiliados; sino que también continúan forjando nuevas identidades que confirman el privilegio de los ocupadores y nos niegan nuestros derechos e integridad. Los puntos de control definen los muros de exclusión y control, y la humillación y muerte de todo aquel que se arriesgue a “invadir” las fronteras de su estrecha prisión comunitaria. Estas estructuras de hormigón han creado parámetros finitos para nuestras emociones, relaciones, esperanzas, sueños y ambiciones. Los que desafían sus fronteras y se atreven a expandir su amor, relaciones estudios o trabajo más allá de su jaula están condenados.

Una vez, tras dar una charla en Bruselas, un palestino muy joven de Gaza me paró. Sus deseos eran pragmáticos: ayudarle a obtener papeles que testificaran que es palestino. Este joven se había vuelto intolerante a la vida en Gaza y había escapado por los túneles, viviendo terribles viajes a través de Egipto y varios países europeos antes de llegar a Bruselas. Había sacrificado todo su dinero, y había pagado todo lo que le pidieron los contrabandistas y comerciantes. Cuando el barco en el que viajaba llegó a las costas de Italia, se hundió, y varios de sus compañeros murieron. Perdió todas sus pertenencias en el mar, incluidos sus documentos de identidad y su certificado de nacimiento.

En Gaza, las fronteras se han convertido en una soga que estrangula a su pueblo. El asedio contrae el potencial humano al obstruir la electricidad, el trabajo y los estudios, y negando la ayuda médica. Hace poco, el Centro Palestino de Investigación para Política y Encuestas en Cisjordania y la Franja de Gaza reveló que la mitad de los palestinos de Gaza están considerando emigrar. Los que se niegan a aceptar la lenta asfixia del enclave sitiado arriesgan sus vidas en barcos ilegales hacia Europa; por desgracia, muchos de ellos se ahogan. Las llaves que bloquean las fronteras se utilizan para promover la dependencia del abusador. Aquel que cruce está determinado por el chantaje y la explotación; existen varios informes de pacientes de Gaza a quienes se les pidió que fueran informadores para las agencias de inteligencia israelíes a cambio de permiso para cruzar la frontera y recibir atención médica.

Como un palestino de Jerusalén sin pasaporte ni ciudadanía, estoy familiarizado con los sentimientos paradójicas que supone el cruce de fronteras, local e internacionalmente; la desgracia de ser investigado como un sospechoso permanente; la frustración de horas y días después de enormes retrasos; y la ansiedad de no poder cruzar de regreso. Y, aun así, existe el deseo de conectar más allá de las fronteras, el anhelo de intercambiar conocimientos y experiencias con los demás, y la aspiración de trascender los confines de las fronteras colonialistas impuestas por Sykes-Picot, el Plan de Partición de la ONU, la Línea Verde (Armisticio de 1949), las Zonas A, B y C, etc. He aprendido muchos idiomas y el campo de la psiquiatría es mi visa y pasaporte para para fronteras simbólicas a otros mundos.

Trabajando en Cisjordania, cruzo fronteras cada día. Experimento momentos de perplejidad; la degradante espera y multiplicidad, y, al mismo tiempo, la riqueza de experiencia. Veo a jóvenes escalando y saltando temerosamente el muro de ocho metros, con la esperanza de encontrar trabajo en las zonas controladas por Israel. Algunos han muerto o han sido asesinados, y muchos han resultado heridos o detenidos durante esta aventura. Veo como las fronteras existen como hormigón en el terreno y como pensamientos en la mente. Las fronteras hacen que la gente se comporte y se sienta de incontables maneras diferentes. Entre Jerusalén y Cisjordania hay una brecha en el PIB per cápita, educación, sanidad y derechos humanos.

Sin embargo, estas fronteras no tienen por qué ser una barrera física o un punto de control. Las “zonas de ser” y “zonas de no ser” de Frantz Fanor, establecidas a lo largo de la línea virtual que separa a las personas según su poder y dominación relativas sobre las demás.

En mi tierra, las fronteras se dibujan con sangre en el suelo. No son ni naturales ni neutrales. Las fabrica la ocupación israelí para mantener la relación de poder entre los ocupantes y los nativos de Palestina. Aun así, el destino de los palestinos no debería determinarse por una relación de poder. El Artículo 13 de la Declaración de Derechos Humanos de la ONU dicta: “Toda persona que se encuentre legalmente en el territorio de un Estado tendrá derecho a la libre circulación y a elegir su residencia en este mismo territorio. Y todo el mundo tendrá la libertad de abandonar cualquier país, incluido el suyo propio.”

Mientras pensaba en la “llamada” que hacía señas a mi paciente adolescente para cruzar a Jerusalén, miré al cielo azul y vi a una bandada de aves migratorias que cruzaban el horizonte, y recordé el mar azul que se ha tragado a tantos refugiados y a sus pertenencias.

Si hubiese justicia o igualdad en ambos lados de la frontera; si existiese el respeto por los estándares éticos o los derechos humanos dentro de estas fronteras y muros; entonces, la división entre “nosotros” y “ellos” se disolvería. Una humanidad pluralista común emergería en torno a los valores compartidos, y permitiría la creación de una zona nueva para el compromiso humano.

Fuente: Dr Samah Jabr, Middle East Monitor en Español