2017 · 08 · 18 • Fuente: Lucía Etxebarria, El Periódico

Desde Hebrón: Si nos pinchan, sangramos

Enfermar de odio solo consigue alimentar una espiral inacabable que se reproduce a sí misma

Yehuda Shaul es el codirector de una oenegé, Breaking The Silence (BTS). Foto: Archivo

Este artículo lo escribo desde Hebrón, una ciudad ocupada. El centro histórico está desierto y desolado. Lo he atravesado acompañada por mi guía y por cuatro soldados israelís que nos siguieron todo el camino, armados con fusiles de asalto. No es una sensacion agradable.

Mi guía se llama Yehuda Shaul y es el codirector de una oenegé, Breaking The Silence (BTS). Yehuda Shaul creció en un asentamiento israelí en territorio palestino. Allí le enseñaron que los palestinos eran el enemigo, gente de la que había que desconfiar siempre. Gente que le había robado la tierra a los árabes.

A los 19 años, Yehuda fue enviado como unidad especial de combate a Hebrón. Y allí le enseñaron que los palestinos eran un blanco. Que se les podía robar la tierra aunque la ONU estableciera lo contrario, porque -le decían- los palestinos la habían robado antes y ya se sabe que quien roba a un ladrón… Pero tras tres años en Hebrón, Yehuda empezó a darse cuenta de que no hay ocupación buena. 

El precio moral

Al final, el abuso de poder, las violaciones y la arbitrariedad del ocupante pasan factura al soldado, una factura moral. Síndrome de estrés postraumático, depresión, ansiedad, culpa... El que lucha con monstruos debe tener cuidado en no convertirse en uno de ellos, decía Mark Twain.

Así nació Breaking The Silence en el 2004, cuando un grupo de 'camaradas' compartieron fotos y vídeos de su servicio militar en Hebrón. Más tarde, otros 700 exsoldados israelís se unieron a BTS y aportaron sus vivencias en otros territorios ocupados. Desde entonces, BTS ha ido al Parlamento israelí, a escuelas y oenegés con un mensaje muy sencillo: "Ni siquiera pedimos el fin de la ocupación, solo forzar un debate sobre el precio moral de la ocupación. Esto está pasando en tu nombre, y tu eres responsable".

Ese mensaje les ha costado una campanya de la derecha israelí que les acusa de ser agentes extranjeros o activistas radicales de ultraizquierda. Yehuda, sin embargo, es un judío conservador, muy religioso. Fue precisamente su conciencia moral y religiosa la que le llevó a romper el silencio.

Romper el silencio sale caro

No es este mi primer viaje a Palestina. En otro viaje anterior conocí a palestinos extremadamente radicales que - tal y como Yehuda en un principio era incapaz de concebir que los palestinos podían ser seres humanos como él- eran incapaces de ver a un judío como un ser humano, y no habrían concebido jamás que un judío conservador les ayudara y les defendiera. Yehuda fue capaz de abrir los ojos. Los palestinos del centro desde el que escribo los han abierto también, y saben que no todos los judíos son iguales.

Yehuda y otros miembros de BTS están ahora siendo acosados por el Gobierno israelí. Romper el silencio les puede costar muy caro, saben que se juegan años de prisión.

Antes de hacer mi viaje, yo había enviado a EL PERIÓDICO un artículo para que se publicará este domingo. Después del atentado de Barcelona, he decidido enviar otro, de urgencia, desde Hebrón. La conexión es pésima y no sé siquiera si llegará. Pero creo que la historia de Yehuda nos enseña que judíos, árabes, cristianos, ateos o laicos, todos somos humanos y lo que nos une es mucho más que lo que nos diferencia.

Amor contra el odio

No todos los musulmanes son terroristas, no todos los curas católicos son pederastas, no todos los soldados israelís son unos psicópatas. Parafraseando a Shakespeare, todos sangramos si nos pinchan, reímos si nos hacen cosquillas, morimos si nos envenenan.

Enfermar de odio solo consigue alimentar una espiral de odio inacabable que se reproduce a sí misma. Cuando nos dice que el odio se combate con amor, se entiende que se combate desde el amor a lo que nos une, a lo que nos hace humanos, desde una conciencia espiritual y desde la calma

Por eso envio desde Hebrón a Barcelona -ciudad que me acogió muchos años, ciudad que acoge a muchas personas cada año, judíos, musulmanes, cristianos, laicos- todo mi amor. 

Fuente: Lucía Etxebarria, El Periódico