2017 · 08 · 17 • Fuente: Soraya Misleh, Kaos en la Red

Palestina: Periodismo bajo ocupación

“Incitación a la violencia” y “amenaza a la seguridad nacional”. Bajo estos argumentos, periodistas han enfrentado censura, represión y detención por parte tanto del estado de Israel como por sus aliados.

El 7 de agosto, la Al Jazeera dio cuenta en su portal de la amenaza hecha por las autoridades israelíes de cerrar su agencia de noticias en Jerusalén, revocar las credenciales de medios de sus periodistas actuantes en la Palestina ocupada y también desligar las transmisiones vía coaxil o por satélite.

En el texto, el analista político senior de Al Jazeera, Marwan Bishara, afirmó que las últimas acciones de Israel muestran una “sinergia” de “dictaduras” en el mundo árabe con la “dictadura de la ocupación militar en Palestina”. Dos días después, según denunciaron organizaciones locales, la Autoridad Palestina (AP), dando cumplimiento al convenio de cooperación de seguridad con la ocupación previsto en los Acuerdos de Oslo de 1993, arrestó a cinco periodistas palestinos –los cuales, conforme la noticia dada por los medios israelíes, fueron liberados el 14 de agosto. Hay varios relatos de detenciones como esas, por parte de la AP o de Israel, hasta incluso resultantes de posteos de opiniones y comentarios en las redes sociales.

La tentativa de silenciar las voces críticas frente a la ocupación y el apartheid no es novedad. En 2016, según lo divulgado por el Sindicato de Periodistas Palestinos, más de 500 de esos profesionales sufrieron abusos físicos en el ejercicio de su función, por parte de Israel.

Otra práctica común contra los comunicadores es la detención administrativa sin acusación formal. En el mismo año 2016, el caso del periodista palestino Mohammed Al Qeq ganó proyección internacional: él enfrentó 94 días de negarse a ingerir alimentos, por justicia y libertad.

En 2014 fueron 17 los asesinados en 51 días de bombardeos en Gaza. Cómplices de la censura israelí, los medios extranjeros llegaron de despedir a periodistas por denunciar la masacre en curso.

Actualmente, hay decenas de periodistas palestinos en detención administrativa en las cárceles israelíes. En mayo, 26 de ellos se juntaron a la huelga de hambre de los 1.600 presos políticos, que duró 40 días y alcanzó una victoria parcial.

A pesar de la fachada de “única democracia en Medio Oriente” –parte de su propaganda frente al mundo para encubrir sus crímenes– también es práctica de Israel deportar a aquellos que denuncian la continua ocupación y violación de derechos humanos fundamentales.

Negación al silencio

En la búsqueda por ocultar sus acciones racistas, Israel invierte miles de millones en relaciones públicas y represión. No obstante, su imagen posiblemente nunca estuvo tan golpeada ante el mundo como ahora. Con el auxilio de nuevas tecnologías, periodistas independientes y población palestina han perforado el bloqueo mediático. Y vienen causando impacto, a pesar del alcance absolutamente desigual en relación a los grandes vehículos de comunicación en todo el globo al servicio del poder, bajo la falacia de la “neutralidad” o la “imparcialidad”.

Si por un lado la negación al silencio y la lucha por el derecho a la libertad de expresión y de opinión son parte importante de las acciones en solidaridad internacional a los palestinos, por otro la historia demuestra la imposibilidad de contener el legado y el grito de los oprimidos y explotados.

Parte de ese legado es la popularidad en el mundo árabe de los cuentos escritos por Ghasan Kalafani (1936-1972) y de las ilustraciones del dibujante humorístico Naji al-Ali (1938-1987), creador del personaje Handala, que representa a los refugiados a la espera del retorno. Ambos palestinos, asesinados por las denuncias a los enemigos de la causa palestina que representaron en sus obras: imperialismo/sionismo, regímenes y burguesías árabes. Décadas después, la realidad es que a estos el tiro les salió por la culata, ya que la censura no calló sus voces sino que las perpetuó y las tornó símbolos de una lucha permanente.

Traducción: Natalia Estrada.

Fuente: Soraya Misleh, Kaos en la Red