2017 · 08 · 03 • Fuente: Ylenia Gostoli, Revista Pueblos

Palestina con Trump: ¿Hacia el 'acuerdo definitivo' o hacia otro 'proceso de paz'?

La noche en que Trump ganó las elecciones a la presidencia de los EE UU, muchas palestinas y palestinos de Ramallah, la ciudad de Cisjordania donde se encuentra el Gobierno de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), estaban pegados, como no podía ser de otra manera, a las pantallas de sus televisores, esperando a que el pueblo estadounidense, con sus papeletas electorales, determinara el futuro de su propio país. Un país que aún está por nacer, tras 24 años de los Acuerdos de Oslo, que reconocía el derecho a la autodeterminación de Palestina, y 15 años después de que el Cuarteto de Oriente Medio diseñase la Hoja de Ruta para la paz.

Caricatura: Carlos Latuff

Trump ha sido optimista con respecto a no dejar que los fracasos pasados dañen sus esfuerzos para lograr lo que él llama “el acuerdo definitivo”: la paz entre Israel y Palestina. “No es tan difícil como ha pensado la gente durante todos estos años”, dijo el magnate reconvertido a presidente durante la visita de Abbas a la Casa Blanca a principios de mayo: “lo haremos”.

Sin embargo, el esperado viaje en ese mismo mes de Trump a Israel y a los Territorios Ocupados Palestinos arrojó poca luz acerca de cómo el presidente convertirá su optimismo de empresario en una realidad diplomática. En las declaraciones que realizó con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, en Jerusalén, y el presidente palestino, Mahmoud Abbas, en Belén, Trump reiteró su deseo de conseguir la paz, pero no mencionó ninguna solución que pasase por la articulación de dos Estados, fundamento de la política estadounidense en Oriente Medio que aparentemente desautorizó a principios de este año. Tampoco dijo ninguna palabra acerca de la construcción continuada de asentamientos, cuestión condenada en varias ocasiones por la ONU[1] (la resolución de la ONU más reciente es del 23 de diciembre de 2016).

La llegada de Trump a Jerusalén coincidió con el trigésimo sexto día de huelga de hambre de los presos palestinos que cumplen condena en las cárceles israelíes. La población palestina de los Territorios Ocupados e Israel realizó una huelga general y cerraron tiendas y empresas durante el día, esperando llamar la atención del presidente estadounidense ante las demandas de los presos para mejorar las condiciones en que son detenidos por las autoridades israelíes. Sin embargo, Trump canceló con solo un día de antelación la visita programada que iba a realizar a la Basílica de la Natividad, en Belén, un punto de referencia para cualquier visitante a la Tierra Santa, porque las y los activistas habían planeado reunirse en una carpa solidaria cerca de la Plaza Manger.

Desde Arabia Saudí, con amor

La primera parada de Trump en su viaje por Oriente Medio fue Arabia Saudí, donde cerró un acuerdo de armamento por 110 mil millones de dólares, una de las mayores ventas de armas de la historia. Muchas de estas armas terminarán, muy probablemente, siendo utilizadas en el conflicto abierto en Yemen, donde la coalición dirigida por Arabia Saudí lleva luchando contra los rebeldes chiitas hutíes desde marzo de 2015 en una guerra que ha matado a más de 12.000 civiles.

Tras viajar de Riyadh a Tel Aviv en un vuelo directo no frecuente (los países no tienen relaciones diplomáticas oficiales pero sí un enemigo común, Irán), Trump declaró que había visto “mucho amor allí”. En la cumbre árabe-islámico-estadounidense que tuvo lugar unos días antes prometió una gran coalición entre EE UU, Israel y los Estados árabes sunníes en contra del terrorismo radical islamista y a favor de revertir la influencia de Irán en la zona.

“Quiero que sepan cuánto apreciamos el cambio en la política americana acerca de Irán”, dijo Netanyahu, quien firmemente se había opuesto al acuerdo nuclear de Obama, en un discurso con Trump en Jerusalén. “Creo que juntos podemos revertir la dinámica de agresión y terror por parte de Irán en esta región, y podemos frustrar la ambición desenfrenada de Irán de convertirse en un Estado con armas nucleares”.

Consistentemente inconsistente

El tiempo que lleva Trump en el cargo ha estado lleno de declaraciones contradictorias sobre la cuestión israelípalestina.

Tanto durante la campaña presidencial como al comienzo de su administración, Trump se comprometió a trasladar su embajada de Tel Aviv a Jerusalén, en un acto que iba a hacer de los EE UU el primer país en tener la embajada en Ciudad Santa. Esto generó una fuerte oposición por parte del pueblo palestino, por entender que ello legitimaba la declaración israelí de 1980 que denominaba a Jerusalén su “capital única e indivisible”. La anexión de Israel nunca fue reconocida por la comunidad internacional y la población palestina ve Jerusalén Este como la capital de su futuro Estado. La Casa Blanca descartó enseguida cualquier cambio inmediato.

El tiempo pasa y sigilosamente la construcción de asentamientos continúa en la palestina ocupada por Israel. Estos camiones están detenidos en un área al otro lado del muro que divide Hizma del resto de Jerusalén y justo en frente del asentamiento Pisgat Ze´ev. Fotografía: Elizabeth Masero Visiga, mayo de 2017.

“Veo tanto la posibilidad de dos Estados como la de un Estado, y me quedaré con la opción que les guste a ambas partes, yo puedo vivir con cualquier de ellas”, afirmó Trump en una declaración controvertida durante la visita de Netanyahu a la Casa Blanca en febrero, aparentemente rompiendo con décadas de política exterior americana, además de con el consenso internacional acerca del conflicto israelí-palestino.

Estos comentarios de tono despreocupado eran en realidad coherentes con la línea seguida en campaña, donde omitió cualquier referencia a la solución de los dos Estados. Poco después, un funcionario de la Casa Blanca declaró que el presidente respaldaría la “autodeterminación” palestina, lo que algunos analistas interpretaron como un desmarque de lo dicho anteriormente.

En la misma conferencia de prensa, Trump había pedido a Netanyahu que pospusiese la construcción de asentamientos “un poco”. Sin embargo, durante las primeras semanas de la nueva Administración americana, Israel aprobó la construcción de más de 6.000 viviendas sin encontrar oposición alguna por parte de EE UU. El parlamento israelí, el Knesset, aprobó un proyecto de ley para legalizar retroactivamente los asentamientos “salvajes” construidos sobre tierras privadas palestinas.

Al mismo tiempo se alcanzó un nuevo récord de demoliciones de viviendas palestinas en Área C, el 60 por ciento en Cisjordania bajo el control completo por parte de Israel. En enero de 2017 el número de demoliciones duplicó el promedio de 2016, año que tenía ya el récord desde 2009. En doce meses fueron desplazadas 1.600 personas palestinas, alrededor de la mitad, niños y niñas.

Entonces llegó la propuesta de ley para anexionar Ma’ale Adumim, uno de los asentamientos más grandes del Cisjordania, que presentó el partido derechista Jewish Home, encabezado por Naftali Bennet. Aunque el proyecto de ley ha sido archivado por el momento, Bennet y los partidos a la derecha de Netanyahu son cada vez más insistentes en cuanto a la anexión del Área C, pues consideran que la nueva administración estadounidense es, como poco, indulgente acerca de los asentamientos, y de las más pro-Israel de la historia reciente de América.

La primera controversia fue el nombramiento como embajador de EE UU en Israel de David Friedman, un hombre que recauda al año más de dos millones de dólares para el asentamiento de Beit El. Friedman, además, ha afirmado que las y los activistas de J Street (una organización estadounidense que trabaja por la paz entre Israel y Palestina) son “peores que los kapos”, término utilizado para los judíos que colaboraron con los nazis.

El asesor principal de Trump en asuntos de Oriente Medio, su yerno Jared Kushner, también está bajo el punto de mira. Kushner, que fue criado en una familia judía ortodoxa, ha sido objeto de una investigación por conflicto de intereses, ya que hay informes que apuntan a que su compañía inmobiliaria hace negocios con una de las familias más poderosas de Israel.

La nueva embajadora estadounidense en la ONU, Nikki Haley, por su parte, ha acusado a la comunidad internacional de tener un sesgo anti-Israel y hasta de antisemitismo. En el Congreso Judío Mundial (CJM) del pasado mes de abril, Haley afirmó: “EE UU no se mantendrá más tiempo en silencio mientras Israel esté siendo atacado injustamente por Naciones Unidas. El silencio no es lo mío en cualquier caso, pero mucho menos cuando se trata de alzarme en defensa de nuestros aliados. No tenemos mejor amigo en Oriente Medio que Israel”.

¿Trato o no trato?

Todas estas cuestiones han alentado a la extrema derecha israelí, que se opone radicalmente a cualquier concesión a la población palestina, aumentando la sospecha acerca de qué tipo de trato, si hay alguno, podría tener Trump en la recámara dada su demostrada falta de una estrategia clara.

A pesar de controlar solamente ocho de los 120 asientos del Knesset, el partido Jewish Home, de Bennet, ha sido cada vez más capaz de marcar la agenda política. Bajo la visión de Bennet, los aproximadamente 300.000 palestinos y palestinas que viven en Área C tendrían la opción de acogerse a la ciudadanía israelí, mientras que el resto tendría alguna forma de autogobierno limitado (en cantones fragmentados confinados a las Áreas A y B, sin ninguna contigüidad territorial ni viabilidad económica).

“Lo que estoy dispuesto a dar a los palestinos”, dijo Netanyahu durante la junta de gabinete mantenida en febrero, “no es exactamente un Estado con autoridad completa, sino más bien un “Estado de mínimos”.

Las encuestas recientes muestran que el apoyo para la solución de dos Estados ha ido disminuyendo constantemente, contando en la actualidad con la aprobación del 44 por ciento de la población palestina y el 55 por ciento de la israelí. Alternativas como la opción de una confederación (apoyada por una mezcla ecléctica de seguidores que incluye a activistas jóvenes por la paz y colonos israelíes) no han logrado ir aumentando de manera significativa su acogida.

“Al contrario que el plan de Netanyahu, de un Estado y dos sistemas, el apartheid, la única alternativa a dos Estados soberanos y democráticos con las fronteras de 1967, es un sólo Estado secular y democrático con derechos de igualdad para todos, cristianos, musulmanes y judíos, en la Palestina histórica,” reprochó Saeb Erekat, negociador principal y secretario general de la Organización para la Liberación de Palestina.

Mientras el líder palestino en Ramallah parece estar apostando por entender la falta de un plan de Trump como una oportunidad, las encuestas han puesto de manifiesto la poca confianza que las y los palestinos tienen en el nuevo presidente estadounidense. Una abrumadora mayoría (un 77 por ciento) opinó el pasado diciembre que Trump está a favor de Israel.

Participar en otro “proceso de paz” hacia “un acuerdo” quizás pueda mejorar la posición de la Autoridad Nacional Palestina como un jugador legítimo en la región, pero hará muy poco por su popularidad entre las y los palestinos en Cisjordania y Gaza. Según una encuesta reciente, dos terceras partes de la población palestina quieren que Abbas, cuyo mandato de cuatro años expiró en 2009, dimita. La expansión continua de asentamientos, la inestabilidad económica y la división política entre la ANP, dominada por Al Fatah, que gobierna en Cisjordania, y Hamas, que tiene el control de facto en la Franja de Gaza, han contribuido al descontento generalizado.

Aunque Trump dijo que “abrir el potencial de la economía palestina” sería una de sus prioridades, las y los palestinos se muestran escépticos ante la posibilidad de que otro “proceso” basado en una estrategia de “paz económica” pueda conducir a una paz duradera o a la consecución de los derechos palestinos.

Por supuesto, siempre existe la alternativa, más probable, de mantener el statu quo: que Israel construya más asentamientos, que el Knesset apruebe mas leyes discriminatorias y que las y los palestinos sean empujados cada vez más cerca del “Estado de mínimos” de Netanyahu.

A pesar de saber que el presidente no llegaría, los activistas y familiares de los prisioneros en huelga de hambre se manifestaron el día de la visita de Trump a Belén. La madre de uno de los huelguistas, sosteniendo un cartel con una foto de su hijo de 22 años, dijo que quería que el presidente de los Estados Unidos escuchase por qué su hijo, que está en condiciones críticas, había decidido arriesgar su vida. Esperaba que Trump estuviera dispuesto a escuchar.

*Ylenia Gostoli es periodista freelance. Escribe para Al Jazeera en inglés, entre otros medios de comunicación. Desarrolla su trabajo en Israel y Palestina desde 2014.

Artículo publicado en el nº74 de Pueblos – Revista de Información y Debate, tercer trimestre de 2017.

Artículo traducido para Pueblos por Alba Onrubia García y Krysia Howard.

Notas:

1.- La última resolución de condena adoptada por la ONU es de 23 de diciembre de 2016. Más información en www.un.org.

Fuente: Ylenia Gostoli, Revista Pueblos