2017 · 08 · 03 • Fuente: María Landi, Desinformemonos.org

Palestina, las cosas por su nombre: ¿Dejaremos morir a Gaza?

A menos de una hora de la moderna, playera y cosmopolita ciudad de Tel Aviv, Israel ha convertido otro enclave costero en una inmensa prisión de 360 kilómetros cuadrados. Allí sobreviven encerradas dos millones de personas (en su gran mayoría jóvenes y niñas/os) cuyo único delito es ser palestinas.

"Uno de los mayores experimentos con seres humanos que se han llevado a cabo en el mundo

se está realizando justo ante nuestros ojos, y el mundo permanece en silencio". Gideon Levy

A menos de una hora de la moderna, playera y cosmopolita ciudad de Tel Aviv, Israel ha convertido otro enclave costero en una inmensa prisión de 360 kilómetros cuadrados. Allí sobreviven encerradas dos millones de personas (en su gran mayoría jóvenes y niñas/os) cuyo único delito es ser palestinas.

El carcelero controla cada uno de sus movimientos, nacimientos y decesos, decide quién entra y sale ocasionalmente de la prisión, y hasta cuántas calorías diarias necesitan para no morir o qué niveles de aguas contaminadas o residuales pueden tolerar sin que se desate una epidemia generalizada. También, como la población prisionera tiene la mala costumbre de reproducirse, periódicamente el carcelero bombardea la prisión durante varias semanas, provocando la muerte de algunos miles, dejando a otros varios miles con lesiones permanentes y destruyendo la poca infraestructura civil que queda en pie desde el ataque anterior −sin permitir reconstruirla.

La prisión se llama Gaza, y al cumplirse este mes tres años del último ataque al que fue sometida con bombardeos masivos durante 51 días ininterrumpidos –dejando un saldo de 2200 personas muertas (550 de ellas menores de edad) y más de 11.000 heridas o mutiladas−, está atravesando su peor crisis energética, sanitaria y humanitaria.

En 2015, la UNCTAD advirtió de que Gaza será inhabitable hacia 2020. Pero un nuevo informe dado a conocer este mes por el Coordinador de Asuntos Humanitarios de la ONU en Palestina muestra que ya se estaría llegando a ese límite.

Esta situación no se debe a una catástrofe natural, o a falta de recursos humanos para hacerle frente. La población de Gaza es altamente educada, sus jóvenes suelen tener más de un título universitario y hablan varios idiomas. Ese diminuto territorio tiene tres universidades y está lleno de profesionales que no saben qué hacer con sus diplomas y su tiempo vacío, porque no hay trabajo ni posibilidades de salir a buscarlo fuera de la Franja.

Tampoco se debe solamente a la destrucción causada por el último ataque israelí (más de 20.000 viviendas y la infraestructura básica para generar electricidad, agua potable y saneamiento), ni al total incumplimiento por parte de Israel (y de su aliada la ‘comunidad internacional’, que nunca le pide cuentas) de los acuerdos que sellaron el alto al fuego en agosto de 2014, relativos a la reconstrucción y el alivio de las condiciones de vida de la población gazatí. Es ante todo el resultado de diez años de férreo bloqueo por aire, tierra y mar impuesto por Israel en 2007, cuando Hamas se hizo con el control de la Franja, después de haber ganado las elecciones legislativas palestinas en 2006.

En América Latina tenemos siempre presente el bloqueo económico de décadas que Estados Unidos impuso a Cuba, y no nos cansamos de ponderar la enorme creatividad y resiliencia del pueblo cubano para enfrentarlo. Qué no decir de esas cualidades en la población de Gaza, que además de las infinitas carencias cotidianas es bombardeada e invadida cada dos años por aire y tierra, sin tener adónde huir, por una potencia nuclear y militar que recibe el apoyo del ejército más poderoso del mundo.

Créanme que el bloqueo impuesto a Cuba es un picnic comparado con el inhumano cerco impuesto a Gaza por un enemigo poderoso que no está a pocas millas de mar, sino metido hasta en tu hogar, decidiendo si puedes vivir y con quién, de quién puedes enamorarte o no, si tu vivienda (o la de tus vecinas, o tus parientes) va a ser destruida por un misil, o matando a tu marido o a tus hijos cuando salen a pescar o a plantar, o dejando que tu mujer muera de cáncer sin poder tratarse, o tu bebé prematuro se asfixie cuando la incubadora deje de funcionar por falta de electricidad o de combustible para alimentar el generador que la mantiene.

Una generación entera de gazatíes ha crecido sin conocer lo que es tener electricidad las 24 horas del día, debido al funcionamiento deficitario de la única planta de energía eléctrica, que en cada nuevo ataque se convierte en blanco de las bombas israelíes, y que resultó particularmente dañada en 2014. Gaza necesita unos 400 MW de energía, pero debido a la baja producción de su planta (unos 70-80 MW), a los constantes recortes del suministro que recibía de Israel (120 MW) y de Egipto (30 MW) y a las restricciones impuestas al ingreso de combustible, la población ha estado viviendo sin electricidad durante ocho o más horas al día desde hace años.

La crisis energética se ha extendido hasta incluir el gas para cocinar, pues en febrero Israel redujo a la mitad su suministro. Además de las aguas residuales que son vertidas al mar sin tratamiento, y del agua que no puede ser potabilizada, la falta de energía también hace imposible bombear agua hacia las viviendas de los edificios de altura. En mayo la Cruz Roja Internacional alertó de otra “crisis inminente” en el sector sanitario de Gaza debido a la falta de electricidad, y dijo que Gaza estaba al borde de “un colapso sistémico”.

Pero esta ya difícil situación se agravó dramáticamente el mes pasado, cuando el gobierno israelí, accediendo a un pedido de la Autoridad Nacional Palestina (que decidió dejar de pagarle la energía destinada a Gaza) cortó el ya insuficiente suministro eléctrico, dejando a la gente con dos a tres horas de electricidad al día −en un verano en el que las temperaturas están arriba de los 40 grados.

Israel es sin duda el principal responsable de la actual crisis, pero no es el único. La población de Gaza está siendo rehén de la eterna disputa política entre los rivales Fatah (que controla la ANP, asentada en Cisjordania) y Hamas, que controla Gaza. Una disputa que ciertamente Israel se ha encargado de aceitar por todos los medios posibles. Ahora la ANP de Mahmud Abbas parece decidida a golpear a Hamas a cualquier precio, y no le importa sumir a dos millones de compatriotas en la desesperación. A principios de año anunció un recorte severo (entre 30 y 70 por ciento) en los salarios de sus funcionarios asentados en Gaza; un duro golpe para una economía estrangulada por el bloqueo que necesita vitalmente del consumo interno, con un desempleo de 60 por ciento y 80 por ciento de la población viviendo de la ayuda humanitaria. En abril Abbas también anunció que reestablecería los impuestos al combustible destinado a la Franja; ello resultó en que Hamas no pudiera pagarlos, por lo cual la planta local dejó de funcionar y Gaza quedó recibiendo solo los 120 MW de Israel, que ahora también se cortaron.

En la unidad de cuidados intensivos del hospital infantil Al Rantisi, los pequeños están conectados a respiradores que solo pueden funcionar unas pocas horas al día. Sus vidas dependen de un generador, que a veces se estropea. El Dr. Mohammed Abu Sulwaya, director del hospital, califica la situación como catastrófica. Bara Ghaben, Ibrahim Tbeil y Mus’ab Araeer, menores de un año, y Yara Ismail, de tres, sufrían de insuficiencia cardíaca congénita. Están entre los 16 pacientes que murieron recientemente esperando el permiso para ser trasladados a hospitales fuera de Gaza donde podrían salvar sus vidas. Las solicitudes son tramitadas ante Israel por la ANP, que −como parte de su guerra contra Hamas− desde abril está demorándolas o ignorándolas. Según Médicos/as por los DD.HH., más de 1600 gazatíes están esperando traslado médico.

Abbas, un ‘Presidente’ al servicio de sus ocupantes, cuyo mandato legal terminó en 2009 y no tiene autoridad real ni moral (según reiteradas encuestas, más del 60 por ciento quiere su renuncia), espera con estas medidas que la población de Gaza se rebele contra Hamas. Y también quiere castigar a su rival que, en una búsqueda desesperada de apoyos externos para superar la crisis insostenible de Gaza, ha decidido aliarse con su antiguo enemigo Mohammed Dahlan, ex hombre fuerte de Fatah pero hoy rival de Abbas. Dahlan –que en 2007 fue el operador de Abbas para intentar derrotar a Hamas en Gaza− es el favorito del ‘cuarteto árabe’ (Egipto, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Jordania) para suceder a Abbas.

Esta movida insólita se explica también porque las sanciones impuestas a Qatar por Arabia Saudita y sus aliados han dejado a Hamas en un aislamiento aún mayor: Qatar era hasta ahora el único apoyo externo que le quedaba, y su contribución a la reconstrucción de Gaza fue fundamental desde 2014. Dahlan, que tiene muy buenas relaciones con los países del Golfo, puede gestionar ayudas que Hamas necesita desesperadamente. A su vez, el acuerdo incluiría que Egipto suministre combustible a Gaza y abra el paso de Rafah, también vital para aliviar el bloqueo. A cambio, el régimen de Al-Sissi espera que Hamas lo ayude a combatir a los grupos yihadistas que operan en el Sinaí.

El Primer Ministro israelí Benjamín Netanyahu dijo que la decisión de cortar el suministro eléctrico a Gaza es fruto de “un conflicto interno entre palestinos”. Pero Amnistía Internacional, Human Rights Watch y 16 organizaciones de derechos humanos le recordaron a Israel que, según el Derecho Internacional, como potencia ocupante tiene obligaciones directas e irrenunciables hacia la población ocupada, y dejarla sin suministro eléctrico constituye un crimen de guerra.

La población de Gaza agoniza ante la indiferencia y complicidad de gobiernos, medios y organismos internacionales, que están permitiendo este castigo colectivo; y que siguen presentando la resistencia de un pueblo oprimido como “terrorismo”, haciendo suya la narrativa del agresor. No importa que los judíos encerrados en el gueto de Varsovia también construyeran túneles y resistieran con armas a los nazis, ni que todos los pueblos oprimidos del mundo hayan resistido por todos los medios a su alcance, aun en condiciones de gran asimetría. Culpar a las víctimas es el recurso favorito de los opresores y sus cómplices. Y cuando se trata de Israel, todo vale para garantizar que siga siendo el guardián de los intereses occidentales en una región estratégica.

Gaza es un laboratorio de pruebas donde Israel experimenta desde su moderno y sofisticado armamento (que luego nos vende con el valor agregado “probado en terreno”) hasta cuánto puede resistir un grupo humano hacinado, hambreado y encerrado en un pequeño pedazo de tierra sin energía eléctrica, sin agua potable, sin saneamiento, sin combustible, sin medicamentos, sin equipamiento hospitalario, sin economía funcionando, sin trabajo, sin presente y sin futuro.

Gaza se está muriendo, lentamente”, escribió estos días el periodista israelí Gideon Levy. “Su sufrimiento no le importa a nadie en otras partes del mundo. Ni en Washington, ni en Jerusalén, ni en El Cairo, ni siquiera en Ramala. Es increíble que a nadie le preocupe que dos millones de personas hayan sido abandonadas a la oscuridad de la noche y al calor sofocante de los días de verano, sin ningún sitio a donde ir y sin esperanza.”

Pero los pueblos tenemos la palabra y podemos −debemos− pasar a la acción para no dejar solo al pueblo de Gaza y del resto de Palestina, que se niega a ser borrado de la faz de la tierra. Como dijo hace tiempo Nelson Mandela: “Sabemos demasiado bien que nuestra libertad es incompleta sin la libertad de las y los palestinos”, y como recientemente agregó el gran periodista John Pilger: “Al entender la verdad y los imperativos del internacionalismo, y al rechazar el colonialismo, entendemos la lucha de Palestina”.

Fuente: María Landi, Desinformemonos.org