2017 · 06 · 06 • Fuente: Juan Carlos Sanz, El País - España

Israel completa el cerco a Cisjordania

El muro de la barrera de separación construida desde hace 15 años se prolonga en el sur de Cisjordania

Palestinos cruzando la parte aún abierta del muro de Cisjordania, en Yata. EDWARD KAPROV

La llamada barrera de separación o de seguridad erigida por Israel a partir de 2005 discurre a lo largo de 700 kilómetros, en gran parte por la Línea Verde que servía de frontera hasta hace 50 años con Cisjordania. Una sucesión de vallas, rejas y tapias con grandes tramos de altos muros de hormigón jalonados por torres de vigilancia rodea el territorio palestino. Su trazado completo sigue pendiente de concluir después de que se iniciara su construcción hace 15 años, en plena Segunda Intifada, con el objetivo de impedir el paso de atacantes.

Su serpenteante recorrido penetra en más de un 10% del suelo cisjordano en beneficio territorial de Israel, por ello el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya lo declaró ilegal en 2004. La ola de violencia que comenzó en octubre de 2015, en la que han muerto 43 israelíes, 257 palestinos —dos tercios de los cuales fueron abatidos por las fuerzas de seguridad al ser considerados atacantes— y 6 extranjeros, ha llevado al Gobierno israelí a completar su cierre en la zona sur de Cisjordania, en los entornos de Hebrón y Yata, de donde procedía uno de cada tres presuntos agresores.

Parte del muro de Cisjordania, aun sin terminar, en la parte de Yata.

Parte del muro de Cisjordania, aun sin terminar, en la parte de Yata.

Las obras del paredón de cemento avanzan a buen ritmo desde Meitar, donde se alza el puesto de control militar israelí. La construcción de barreras de separación se ha extendido por casi todos los confines del Estado hebreo, que va camino de convertirse en un país cercado por todas partes menos por el mar para prevenir la infiltración de grupos armados o de inmigrantes indocumentados. Está sellada con muros y verjas la frontera norte con Líbano. También la de los Altos del Golán, la meseta de Siria ocupada desde 1967. Ambos países siguen teóricamente en guerra con Israel, pero el vallado también se ha expandido al sur, frente a Egipto, y al este, con Jordania, Estados árabes con los que suscribió tratados de paz.

Paradójicamente, los nuevos tramos cerrados por el muro al sur de Hebrón han dejado espacios abiertos por los que transitan palestinos que buscan una escapatoria a la miseria en el mercado laboral israelí. Más de 100.000 habitantes de Cisjordania cuentan con un permiso de trabajo reconocido y otros 20.000 están empleados en los asentamientos, pero otros miles cruzan a diario la barrera de separación aun a riesgo de ser tiroteados por las fuerzas de seguridad.

Los pasos para los trabajadores clandestinos son especialmente patentes en el bosque de Sansana, donde la proximidad a la carretera y la protección que otorga la zona arbolada facilitan el tránsito por una frontera teóricamente clausurada. Los intermediarios israelíes les contactan por teléfono en Cisjordania y les recogen en las últimas brechas abiertas en el muro. En los sectores de la agricultura o la construcción pueden ganar 200 o 300 shequels (50 o 75 euros) al día, tres veces más que en Hebrón.

La población palestina sigue sometida a estrictas restricciones a su libertad de movimientos desde hace medio siglo. El Ejército controla 41 carreteras (unos 700 kilómetros) de Cisjordania en los que está vetada o limitada la circulación de vehículos palestinos, así como 27 puestos de control de paso en el interior de Cisjordania y otros 12 en el interior de la ciudad de Hebrón, dividida en zonas israelí y palestina, según la ONG pacifista israelí B’Tselem. Existen otros 26 puntos cruce en la Línea Verde (la línea frontera vigente hasta 1967), muchos de los cuales —como el de Qalandia, entre Jerusalén y Ramala— se ven colapsados de forma inhumana en los momentos de mayor aglomeración de transeúntes y vehículos. El bloqueo impuesto a Gaza acabó hace una década con el tránsito de trabajadores palestinos desde la Franja.

Fuente: Juan Carlos Sanz, El País - España