2016 · 02 · 08 • Fuente: María Landi, Blog Palestina en el Corazón

Palestina: la puerta de alquitrán

Conmovedor testimonio de la andaluza Cristina Ruiz Cortina a su regreso de una visita a Palestina. Podría suscribir cada una de sus palabras.

He entrado en Palestina esta última vez de la mano de Simone Weil. Ella cuenta el siguiente relato: “Una niña es enviada por su madrastra al bosque y, caminando, se encuentra con una casa de dos puertas; una puerta es de oro y brilla, y la otra es de alquitrán y es negra. Una voz le preguntó que por qué puerta deseaba entrar y la niña escogió la puerta de alquitrán. De inmediato, al pasar por la puerta, moneditas de oro cayeron sobre su cabeza. Cuando regresó a su casa con el tesoro, su madrastra, envidiosa, envió a su propia hija al bosque, pero ésta, cuando encontró la casa, decidió que quería entrar por la puerta de oro. En el momento que la traspasó, el alquitrán cayó sobre ella en forma de lluvia”.

No hace falta decir que en este cuento, el oro significa la verdad y que ésta se consigue traspasando los umbrales que nos piden no traspasar, mirando al mundo en la dirección que no quieren que miremos, luchando contra las guerras y las injusticias aunque nos sintamos solos, asumiendo riesgos y sintiendo dolor. Quien se queda ante la puerta de oro o la traspasa, no encontrará la verdad, porque la verdad no se encuentra fácilmente, sino acudiendo a los lugares donde es necesaria nuestra mirada; y escuchando a la gente que vive luchando por sus derechos, que siente dolor, que vive bajo el umbral de la pobreza, y que aún así, no se rinde. Gentes y pueblos que sufren apartheid, guerras, muerte y que, a pesar de su permanente presencia en los medios de comunicación, viven olvidados de quien tiene la obligación de imponer justicia: esos grandes estados occidentales que se llaman a sí mismos democráticos pero que solo se limitan a imponer “su” democracia a golpe de bombardeos.

Pasar la puerta de alquitrán era constatar, una vez más, la brutalidad animal del ocupante, una brutalidad permitida, institucionalizada, habitual en los medios de comunicación y en las conversaciones diplomáticas. No así combatida, enfrentada, castigada, sancionada. La brutalidad no se puede contemplar desde el exterior, ni entrando por la puerta de oro, la que siguen utilizando la mayor parte de los israelíes que siguen prefiriendo ignorar lo que ocurre al otro lado del muro. Si hace años había constatado este hecho, de este viaje traigo la impresión de que la separación entre ambas sociedades es más grande, y que esta distancia será la que acabe con la ocupación y ponga en peligro al estado de Israel tal y como está hoy concebido, porque no se puede vivir en una farsa ni se puede mantener el asesinato.

Porque si algo es constatable cuando miramos a la realidad palestina, es la decadencia del ocupante, un poder que se ha ejercido de forma tan brutal que se ha embrutecido a sí mismo y no es digno de la mínima misericordia. Un poder que ha querido que los palestinos tuvieran la capacidad nula de reacción que tienen las piedras o cualquier otra cosa, que se ha ejercido sin vergüenza de su despotismo ni de sus crímenes. Y es precisamente la reafirmación constante de la humanidad de las víctimas la que humilla y enfada al ocupante. En la cárcel, este pueblo no desea callarse ni ser buena víctima; más al contrario, se levanta para pintar sus casas de colores, aunque aún falten materiales de construcción; para enviar a los niños y niñas a la escuela aunque no haya luz ni ningún tipo de calefacción; para crear museos sobre su historia, o abrir hermosas y grandes librerías. Un pueblo que reclama desde los escenarios de los teatros su humanidad y su fuerza y sigue inventando, reciclando, asfaltando, encalando, pintando, escribiendo, aprendiendo, caminando, plantando, segando, pescando y cuidando escasos los jardines de los que pueden disfrutar en días soleados. Es decir: resistiendo.

A pesar de que el 70% de su población está en el desempleo, a pesar de que el 90% de la población vive por debajo del umbral de la pobreza,  no hay nada que lamentar en Gaza – y por extensión en Palestina- porque siguen siendo tan humanos a pesar de todo y siguen teniendo una sociedad tan estructurada, culta y vivaz  que su capacidad para dignificar su vida es una verdadera lección de esperanza. Todo eso a pesar de que no pasan dos años entre cada nuevo ataque masivo contra la ciudadanía y de que el 85% de la población vive de la ayuda internacional

Al otro lado del muro, sin embargo, hay una sociedad éticamente enferma  que es profundamente supersticiosa y banal, y que ha perdido el norte. Una sociedad dominada por el odio, incapaz de sentir generosidad, y, peor aún, incapaz de pararse a pensar en qué se están convirtiendo al permitir que los niños crezcan entre escombros, que sus escuelas no tengan luz ni agua, que no haya ningún tipo de calefacción, que no tengan los alimentos y los medicamentos necesarios, que no puedan ejercer libertades básicas. Ni sobre el odio ni sobre los escombros de otros pueblos, puede crecer una sociedad sana y libre y por eso el estado de Israel hoy, nos resulta detestable.

En toda Palestina descubrimos, a simple vista, las enormes dentelladas a los territorios y a la vida y capacidad económica de la gente. En el cielo de Gaza 35 drones espían permanentemente a la población. Y mientras, en una ciudad como Hebrón, dos mis soldados defienden a quinientos colonos extranjeros e ilegales, frente a los sesenta mil palestinos que viven en la ciudad que están marcados, sometidos a órdenes militares, al apartheid y a la pobreza tras ver cerrar más de 900 comercios por razones de seguridad.

Esta situación se repite en cada aldea, en cada pueblo, en cada ciudad o campo de refugiados donde viven los palestinos, porque simplemente su existencia es motivo de “inseguridad” para Israel que desea un estado étnicamente puro. Centenares de puestos de control no solamente hacen la vida de los palestinos imposible, sino que les controlan en cada momento y de forma arbitraria, cada uno de sus movimientos. Pasar un puesto de control es como cruzar las fronteras en un aeropuerto: lo hicimos en Gaza, lo hicimos en Belén. La presencia militar es fantasmal, están ahí, te miran por miles de cámaras, controlan tus movimientos, lo que llevas, las dificultades para pasar por los tornos. Pero sobre todo maltratan a los palestinos con tiempos muertos, con días muertos, con semanas de cierres, y si consiguen llegar a la frontera se ven sometidos a infinitas preguntas capciosas, las mujeres son humilladas, los hombres vejados. Las esperas se eternizan en las jaulas del ocupante. Un puesto de control es una frontera cerrada.

Pero allí mismo, en estas aldeas y pueblos, saben que una buena educación es el mejor antídoto contra el DAESH y que, justamente por esto, Israel impide el normal desarrollo de la educación. Saben que la cultura es libertad, pero Israel se apropia de la cultura y de las tradiciones de los palestinos. Saben que la resistencias es cuidar los olivos centenarios, pero Israel los arranca de los campos palestinos.

Nosotros hemos pasado por la puerta de alquitrán en dirección a la verdad. Y nos hemos encontrado en el lado justo de la historia. La otra cara de la luna resultó ser la cara de la verdad, de la ética, de la justicia, de la resistencia, del derecho, de la legalidad. Como la primera niña del cuento, salimos llenos de oro. Una de las monedas más grandes y brillantes es la de la amistad y la generosidad con la que nos recibieron y atendieron. Otras monedas eran las miradas alegres de los niños en escuelas lúgubres y frías. Pero quizás el mayor tesoro que nos llevemos es el comprobar que nuestro trabajo sirve, que nuestra presencia fue un rayo de esperanza, que merece la pena trabajar para ellos, porque no han claudicado ni de sus derechos, ni de su dignidad ni de su humanidad.

La bestia que habita al otro lado del muro explotará víctima de su propia animalidad, cegada, como está por un espejismo, como quien no quiere ver la propia ruindad moral que se ha vuelto consustancial a su existencia.

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Fuente: María Landi, Blog Palestina en el Corazón