2015 · 06 · 25 • Fuente: Natasha Roth, +972 Magazine / Traducción: Javier Villate, Blog Disenso

El legado vivo de la ‘Nakba’

Para los millones de palestinos refugiados que, hasta hoy, no han podido regresar a sus hogares, la Nakba no es algo del pasado únicamente. Lo que parecía ser una breve interrupción, se ha convertido en una realidad permanente.

Una mujer beduina cerca de las ruinas de su casa, en el pueblo “no reconocido” de Sawa, después de que su familia demoliera la vivienda para evitar que lo hicieran las autoridades israelíes. Desierto del Neguev, 23 de diciembre de 2014. (Foto: Yotam Ronen / Activestills.org)

¿Sabías que me da miedo dormir? Tengo miedo de dormirme y despertarme en una tierra extraña cuyo idioma no pueda hablar. Tengo miedo. No me voy a despertar. — Elías Jury, Gate of the Sun

Hay una vieja casa palestina en la calle Baal HaTurim de Yafa que se asienta silenciosamente tras los árboles. Es el tipo de edificio junto al cual uno podría pasar todos los días y no verlo. No lo vi hasta que una noche, un amigo y yo, paseando por el lado de la calle opuesto a la casa, vimos de repente agua a nuestros pies. Seguimos su rastro hasta que la casa apareció ante nosotros como si hubiera surgido de la nada, dejando escapar suavemente el agua hasta la calle.

Esta casa es casi invisible. No está vacía, pero tiene aspecto de estar abandonada. Junto a ella, un enorme complejo de nuevas viviendas de estilo colonial. Una arcada de la vieja casa se adentra en la explanada del nuevo complejo, como una rama colgando de un árbol que un paisajista olvidó recortar.

Israel/Palestina está repleta de este tipo de casas, restos de más de 400 pueblos palestinos que fueron despoblados y destruidos durante el periodo previo a la creación del estado de Israel y durante la misma. Las ruinas de la Nakba [nombre que los palestinos dan a la limpieza étnica de 1948, N. del T.] salpican la geografía del país, testigos de comunidades y viviendas que desaparecieron de la noche a la mañana.

Para los millones de palestinos refugiados que, hasta hoy, no han podido regresar a sus hogares, la Nakba no es algo del pasado únicamente. Lo que parecía ser una breve interrupción, se ha convertido en una realidad permanente. Con su narrativa frecuentemente reprimida, los refugiados de 1948 y sus descendientes están ahora en tierras extrañas, y sus pueblos se han convertido en bosques, lo que iba a ser temporal se ha vuelto permanente y donde una vieja casa y su historia detenida llora silenciosamente.

Sanda Abulkian está sentada junto a las ruinas de su casa demolida del pueblo “no reconocido” de Atir, el 12 de julio de 2013. La casa de los Abulkian ha sido demolida en cuatro ocasiones, tres de ellas en 2013. (Foto: Keren Manor / Activestills.org)

Una guerra que captura sueños y los vuelve a soñar. Arundhati Roy, El dios de las pequeñas cosas

Sin embargo, el legado de la Nakba no solo se expresa en el desplazamiento permanente de los refugiados palestinos. Los impulsos que llevaron a la desposesión de 1948 siguen actuando en la actualidad en ambos lados de la Línea Verde.

Cuando los palestinos corren el riesgo de ser expulsados de sus hogares para dar paso a una ciudad judía o los árboles de un bosque, hay que reconocer que la Nakba no es un acontecimiento histórico, sino un proceso que hoy todavía está en marcha.

Cuando las casas palestinas son demolidas regularmente en Jerusalén Este, Cisjordania, el Neguev, Dahmash, Lod, el valle del Jordán…, hay que reconocer que existe una política permanente de desplazamiento étnico en marcha.

Cuando las órdenes de demolición se ciernen sobre un pueblo que está atrapado entre los colonos y el ejército israelíes, y cuyas súplicas por la existencia son sumariamente desestimadas por los tribunales, la Nakba está lejos de haber terminado.

Cuando decenas de miles de beduinos se enfrentan a su reubicación forzosa y la destrucción de sus aldeas —por su propio bien y progreso, les dicen—, el desplazamiento y la desposesión no son solo físicas, sino mentales. No solo se ocupan las tierras, sino también las aspiraciones y los futuros. Ben Gurión tuvo un sueño para el Neguev y, en la actualidad, debe ser también el sueño de los beduinos.

En los últimos meses, el destino de los beduinos se ha convertido en un premio que va a ser abordado en las negociaciones entre los dos partidos políticos mayoritarios. Un apretón de manos, una firma y el sueño será sellado.

En este sueño, una familia palestina se va a dormir a su casa por la noche y se despierta al día siguiente para ser trasladada por la fuerza, contra su voluntad, a otro lugar. Se despierta para descubrir que su casa está a punto de convertirse en escombros por las excavadoras. Es tan surrealista y horrible como una pesadilla, de la que, además, no pueden despertar.

Algunos años más tarde, tal vez pases delante de una casa vieja o un espacio vacío, desapercibidos en medio de las novedades. Es posible que te detengas a pensar, solo por un momento, en aquellos sueños que ganaron la guerra.

Fuente: A living legacy of displacement

Sobre el autor: Natasha Roth es escritora y activista, y vive en Yafa. Ha escrito para The London Review of Books, Haaretz, The Daily Beast y The Fair Observer.

Sobre el traductor: Javier Villate mantiene el blog Disenso, con artículos, análisis y traducciones sobre Palestina, Israel y Medio Oriente. Le puedes seguir en Twitter como @bouleusis

Fuente: Natasha Roth, +972 Magazine / Traducción: Javier Villate, Blog Disenso