2012-09-10 06:49:50 / Fuente: Carmen Rengel, Intereconomía
El día 27, la Autoridad Nacional (ANP) buscará el reconocimiento de la Asamblea General de la ONU para Palestina como Estado observador. En 2011 intentó entrar como miembro de pleno derecho, pero el veto anunciado por EE UU en el Consejo de Seguridad hizo que la propuesta ni se votara. Para este aval descafeinado necesita la mayoría simple de los países. Ya tiene 133 votos de 193. Así logrará acceso a las agencias de la ONU y al Tribunal Penal Internacional.
Este aplauso implícito de la existencia del Estado palestino se sustentaría sobre una realidad imprecisa: unas fronteras que no existen. La ANP reclama las de 1967, pero ese dibujo se difumina con el que EE UU y la UE estiman “el mayor obstáculo para la paz” con Israel: las colonias en Cisjordania y Jerusalén Este. 140 enclaves y medio millón de habitantes que se asientan sobre lo que más de 10 resoluciones de la ONU creen suelo palestino.
“Nuestro modus vivendi está asentado. Todos los Gobiernos han promovido, financiado y protegido nuestro espacio. Tenemos derecho. Es tierra conquistada a los árabes en defensa propia o legalmente comprada. Aquí no se puede inyectar una porción de tierra que sea el Estado palestino porque sería recompensar inmoralmente a quien quiere destrozar nuestro hogar”, dice Danny Dayan, líder del Consejo de Comunidades de Judea y Samaria (Cisjordania).
Habla en Migrón, primer puesto de avanzada ordenado desmantelar por la Justicia en más de 30 años. El Gobierno de Benjamin Netanyahu ha pagado nuevas casas a las 50 familias, a dos kilómetros. Dayan confiesa que este día “triste” sirve para coger impulso. “Tenemos planes para ser un millón de personas en pocos años. Uno de cada diez judíos de Israel vive más allá de las fronteras del 67. Esto es irreversible”, insiste.
“Moveos, corred”
Los negociadores israelíes afirman que, de partirse en dos la tierra, su país podría integrar a 60.000 colonos. ¿Y el resto? Habría que desalojarlos como en Gaza en 2005. “Ningún Gobierno puede enfrentarse a la imagen de su gente arrastrada de su casa en esta tierra que es nuestra porque Dios nos la dio. Esta zona era de palestinos que se fueron y la ley de ausencia nos dice que podemos cogerlas”, añade Miri Ovadia, portavoz del Consejo Regional de Benyamin, Migrón.
El problema de las colonias no sólo es su volumen (con una tasa de crecimiento del 5,7%, casi cuatro veces la media israelí; entre otras cosas, gracias a la exención de la mitad de los impuestos, becas o ayudas a vivienda), ni el radicalismo de quienes las habitan, sino su estratégica ubicación, que “impide la continuidad territorial de Palestina complicando el acceso a servicios como hospitales o escuelas, aislando social, económica y culturalmente a unos pueblos respecto a otros”, asegura Hanan Ashrawi, del Comité Ejecutivo de la OLP. La ONU ha designado un equipo de inspectores para revisar el daño de las colonias en la vida de los palestinos. Israel ha anunciado que les negará el paso.
El 45% de la tierra cisjordana, según la OCHA (Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios en Palestina), lo ocupan casas e infraestructuras de colonos, más el muro de separación. Ejemplo: Har Homa (13.000 habitantes) corta las comunicaciones entre Belén y el Este de Jerusalén. La ANP asumiría un intercambio del 1,9% de su tierra. Los colonos responden con el “moveos, corred, lo que tomemos seguirá siendo nuestro”, que decía Ariel Sharon en 1998.
EE UU reclama a Israel que deje de ampliar las colonias, pero 1.000 casas más se han aprobado en un año. La moratoria de 2010 duró sólo 10 meses. Los palestinos no volverán a negociar si no se paran las obras.
Sin fronteras definidas, los demás debates son secundarios: seguridad, Jerusalén, refugiados, agua… Demasiado para festejar con realismo los nuevos pasos ante las Naciones Unidas.
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