2012-06-20 08:16:15 / Fuente: María M. Delgado, Blog Palestina en el Corazón (Traducción: María M. Delgado)
Leila Sansour *

Sansour junto al Muro que rodea Belén
Traducción: María M. Delgado
Han pasado 45 años desde que Israel invadió Cisjordania, incluyendo mi pueblo natal de Belén; prácticamente toda mi vida. No he conocido a mi ciudad bajo otro estado que no sea la ocupación israelí.
Hace un año, mirando un álbum de fotos de un viejo amigo y vecino, me di cuenta cabalmente de cuán ajena era para mí su experiencia de la geografía de Medio Oriente. A mediados de los Cincuenta, él solía pasar la noche del sábado bailando en el Everest, un restaurante apaciblemente ubicado en la cima de la colina más alta de Belén, y al amanecer solía salir en auto hacia Beirut para continuar la fiesta.
Hoy, esa experiencia es inimaginable. El Medio Oriente de su juventud no existe más. Y para quienes tienen menos de 30, el Medio Oriente que yo conocí tampoco existe. Tanto es lo que ha cambiado en estos 45 años.
Yo tomé conciencia de la realidad política de la ocupación por primera vez a comienzos de los Setenta. Por ese entonces era una niña, pero una crece rápido cuando le encargan quemar todos los libros políticos de la biblioteca de su padre cada vez que hay una incursión israelí en el vecindario. Yo tuve que hacer eso en dos ocasiones, la segunda vez causando una obstrucción de todo el sistema de desagüe del edificio al arrojar meticulosamente por las cañerías las cenizas de muchos pensamientos importantes.
En ese tiempo, Belén y otros pueblos palestinos se movilizaban para llevar a cabo elecciones municipales, un derecho básico para cualquier población del mundo. Sin embargo, el derecho a la democracia no era lo que Israel tenía en mente para los palestinos, y quienes se involucraban en campañas electorales y organización comunitaria muy pronto terminaban tras las rejas. Los relatos de sus torturas y tribulaciones en las cárceles israelíes están bien documentados por abogados de derechos humanos, activistas y periodistas. Todo el mundo conocía a alguien que estaba preso; yo, a montones.
Dicho de manera simple, la ocupación significa que estamos gobernados por un poder extranjero hostil, decidido a negarnos el derecho a la autodeterminación. Por supuesto, negarle a un pueblo este derecho nunca es tarea sencilla. Requiere el uso perpetuo de la fuerza y la coerción, que permean cada aspecto de nuestras vidas. Exigir el derecho a la educación fue el crimen que finalmente llevó a mi padre a la cárcel. Él estaba decidido a construir la Universidad de Belén.
Hoy, después de 45 años de esfuerzos internacionales para terminar con la ocupación, los habitantes de Belén estamos confinados en menos del 13% de nuestro territorio original, sin ninguna perspectiva de futuro. Los bolsones densamente poblados están rodeados de muros y encerrados por un anillo de más de 40 asentamientos israelíes construidos sobre tierra palestina. Contrariamente a la percepción común, en la mayoría de los casos esas tierras fueron confiscadas a palestinos cristianos y no musulmanes.
La compacta geografía revela de un vistazo la naturaleza del proyecto israelí y su voluntad de expansión territorial a expensas de los palestinos. El mensaje es siempre claro: si nos ponemos en su camino, seremos sometidos o totalmente sustituidos. Por eso todos los intentos de organización colectiva de parte nuestra siempre fueron enfrentados con tanta violencia.
El fracaso de la comunidad internacional en actuar con determinación para imponer las resoluciones internacionales que garantizarían la creación de un estado palestino sobre las fronteras de 1967 les ha enseñado a los gobiernos de Israel que pueden salir impunes con crímenes cada vez más graves. El aislamiento hermético impuesto a la población palestina, hoy, les permite a muchos israelíes vivir olvidando completamente la tragedia que están causando.
Por desgracia, esto significa también que, a diferencia de la mía, la nueva generación de palestinos crecerá sin ninguna experiencia real de los ocupantes, dejándoles aun con menos capacidad de imaginar una verdadera acción política. Un buen número de jóvenes palestinos, al igual que muchos activistas que actúan desde la diáspora, han empezado ya a promover modelos alternativos que poco tienen que ver con la realidad en el terreno. Nunca han tenido oportunidad de experimentar de manera rotunda y práctica la fuerza masiva del proyecto de colonización. Del mismo modo, nunca han oído a los mejores israelíes admitir los crímenes de su país al tiempo que defienden su propio derecho a la autodeterminación y su sueño de un hogar nacional.
Hoy, a 45 años, estamos ante una coyuntura crucial. Si los palestinos no pueden establecer su propio estado en el futuro cercano, la amargura de esta tragedia se va a extender más lejos y más profundamente de lo que podemos imaginar.
Al contrario de lo que sueñan muchos ilusos, tanto quienes del lado israelí piensan que pueden expandir su país desde el río hasta el mar, o quienes sueñan con la posibilidad de una solución alternativa y original donde toda la tierra de Israel y Palestina sea compartida, lo que vaya a emerger del colapso del proyecto nacional palestino será probablemente un conflicto más sangriento y más insoluble, que durará hasta el final de los tiempos. Sólo podemos esperar que el mundo no permita que esto ocurra.
*Leila Sansour es una cineasta palestina, fundadora de “Open Bethlehem”, una organización que trabaja para preservar el patrimonio de la ciudad. Su última película, “El camino a Belén” se estrenará en diciembre de 2012.
Publicado originalmente en Haaretz, el 12/6/12.
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Naksa

Mazin Qumsiyeh *
Traducción: María M. Delgado
Parece que fue ayer que vimos los tanques israelíes rodando colina abajo hacia nuestro soñoliento pueblo de Beit Sahour, hace 45 años. Como niño, fue la imagen más aterrorizadora que podía ver. La segunda etapa de la expansión sionista en la tierra de Palestina desató un terror que nuestra generación no había experimentado todavía, pero sí la de mis padres durante la Nakba, cuando entre enero de 1948 y fines de 1949, unas 530 aldeas y pueblos fueron objeto de limpieza étnica.
Los cambios de los que he sido testigo en los 45 años desde la invasión de los “Seis días” en 1967 han sido más que monumentales. Esas colinas por las que los tanques descendían ahora están todas llenas de asentamientos coloniales que hieren el paisaje ancestral. Las canteras israelíes han literalmente vaciado otras colinas y se han llevado en camiones la tierra y las piedras para construir el “Estado Judío”, destrozando las vidas palestinas.
Pero no quiero tomarme tiempo aquí para escribir sobre esas violaciones. Pienso que cualquiera puede encontrar miles de documentos e informes de grupos independientes de derechos humanos y de organizaciones internacionales que describen los horrores de la colonización, el apartheid y la ocupación en esta “tierra santa”. Ni voy a referirme a la gente que habla a sus hijos acerca del sufrimiento de los judíos a lo largo de los siglos, y les enseña que está bien infligir el mismo sufrimiento a la población nativa de aquí. Ni quiero escribir en esta ocasión de la traición de los países occidentales, que defienden los derechos humanos y el derecho internacional mientras se hacen cómplices de crímenes de guerra y de lesa humanidad. Ni de la traición de los líderes árabes (sí, incluidos algunos palestinos) que ayudaron a convertir a cuatro millones de nosotros en refugiados o desplazados. Quiero hablar sobre nosotros, el pueblo, y especialmente sobre la ocupación mental.
Los ocupantes/colonizadores siempre dependen, por supuesto, no sólo de las armas sino también de la propaganda y la manipulación sicológica para alcanzar sus fines. Por ejemplo, desde fines del siglo XIX los sionistas infiltraron con éxito las mentes de sus víctimas con nociones como “árabes” y/vs. “judíos”. Con este simple concepto, los sionistas lograron eficazmente: 1) equiparar a un grupo lingüístico con una religión y elevar al judaísmo a una supuesta categoría nacional (“un pueblo”); 2) eliminar a los judíos árabes como un grupo viable cuya lealtad se ubica naturalmente con sus hermanos de habla árabe; 3) fomentar sentimientos anti-judíos (mal llamados “anti-semitismo”) para servir a su propósito de asimilar sionismo con judaísmo. Antes de eso, acuñaron y popularizaron el término ‘anti-semitismo’ para confundir a los europeos y reivindicarse como semitas. Desde esos tempranos esfuerzos del siglo XIX, el mundo entero fue sometido a operaciones sostenidas e intensivas de lavado de cerebro.
Uno sabe que esos esfuerzos de propaganda son naturales y esperables para impulsar una ideología racista. Lo que no se entiende es por qué muchos palestinos originarios aceptaron la derrota y adoptaron la versión sionista de la historia. Incluso algunos de nuestros textos escolares perpetúan las mitologías que hacen de la pesadilla sionista una realidad. Es fácil mantener esa pesadilla viva cuando nosotros, las víctimas, mantenemos los mitos del éxodo de Egipto, de Masada, de la historia falsificada de José, de la supresión de nuestra ascendencia cananea, de la noción de la judeidad como algo biológico.
En parte esto se debe a las personas religiosas que confunden las metáforas y los mitos con la historiografía. Otra parte se debe a la ignorancia: por ejemplo, del hecho que los filisteos eran en realidad un pueblo cananeo y no originario de Creta, o que tanto el antiguo árabe como el hebreo eran dialectos del arameo cananeo. Y en parte es pura estupidez: por ejemplo, pensar que de alguna manera podemos hacer que Palestina “vuelva” a un idealizado (ficticio) estado islámico o judío.
¿No sería mejor admitir el daño que se hizo al pueblo indígena, hacer justicia restaurativa, y empezar a discutir entre nosotros de qué manera cristianos, musulmanes, judíos, ateos y otros podemos vivir JUNTXS, en igualdad plena, en este país? ¿Qué tal un movimiento político conjunto para reformar y desmantelar las estructuras políticas israelíes y palestinas disfuncionales y construir una nueva realidad? ¿No son 64 años de Nakba y 45 años de Naksa suficientes? Hay 11 millones y medio de palestinos en el mundo, y muchos millones más de seres humanos que tienen claro lo que es correcto, para impugnar a -como máximo- medio millón de sionistas judíos engañados (y a los igualmente engañados cristianos sionistas que les apoyan). Lo que impide alcanzar la justicia (es decir, la paz) es la apatía y la ignorancia. ¿No es hora de deshacernos de ambas?
* Mazin Qumsiyeh es un activista y académico palestino que enseña en las universidades de Belén y Ramalah, y vive en su pueblo natal, Beit Sahour, en las afueras de Belén. Es autor de “Compartir la tierra de Canaán: los derechos humanos y el conflicto palestino-israelí” (edición en español: 2007) y de “Popular Resistance in Palestine” (2011).
Publicado originalmente en su blog “Popular Resistance”
Acerca de María M. Delgado
María M. Delgado es una activista de derechos humanos, co-fundadora del Servicio Paz y Justicia (SERPAJ) en su Uruguay natal. También trabajó varios años para el Servicio Internacional para la Paz (SIPAZ) en Chiapas (México), y colaboró con Jubileo Sur-Américas, el Women Peacemakers Program de IFOR (Holanda) y el Fund for Nonviolence (California). María tiene un master en Gender & Peacebuilding (UPEACE). Ha participado en el Foro Social Mundial y en otras redes globales por la justicia social, la justicia climática y la justicia de género. Su vocación es apoyar a personas y comunidades -en particular a las mujeres- que sufren injusticia y exclusión en situaciones de conflicto y violencia política. Entre 2011 fue acompañante y observadora internacional en Yanun (Nablus) con el EAPPI, y en Al-Khalil/Hebron con CPT.
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